Preguntas que escuecen, silencios que matan

{Banda Sonora: Héroes del Silencio – La herida}

Por ÀLEX OLLER

“¿Y Soler? ¿Dónde está Soler?”, preguntaría algún tardío incorporado a la retransmisión de la duodécima etapa del Giro de Italia, la más larga hasta la fecha de la carrera y que se disputa entre Siena y Bagno de Romana y pasa por Ponte a Ema, localidad natal del gran Gino Bartali.

“¿Dónde está Bartali? ¿Y Fausto Coppi? ¿Dónde está Coppi?”. Eran las preguntas más repetidas por los aficionados italianos en las carreteras durante la edición de 1949, a tenor de las brillantes crónicas del no menos legendario periodista Dino Buzzati, traducidas al castellano y editadas por Gallo Nero. En sus relatos, el enviado especial de El Corriere della Sera mezcla ficción y fantasía, añade figuras místicas, relativiza gestas, se inventa otras y destila grandes dosis de humor para retratar un país de posguerra sin mentarla, escribiendo de un deporte desprovisto de la sabiduría del erudito pero con la libertad de una mirada fresca que posa en detalles aparentemente ajenos a la competición; o pone el acento en los gruñidos del pelotón cuando los tifosi insisten en inquirir por el paradero de sus ídolos.

“¿Es Bartali? ¿Es Coppi?”. “No, hijo, no. No soy más que un fugado en busca de un triste triunfo de etapa”, hubiera respondido, escocido, más de un escapado con ganas de cruzar la meta en solitario, alzar la vista y silenciar al respetable. Ya lo escribió Buzzati en Noche en transatlántico del proletario de la carretera, fantástica crónica-prólogo de El Giro de Italia, en que imagina el sueño de un gregario la víspera del inicio de la carrera:

La gente grita: “¡Bravo, Bartali!”, pero él sacude la cabeza para darles a entender que no es él. ¿Entonces quién es? Nadie lo conoce. Para identificarlo hay que buscar su número en la tabla que trae el periódico. El pánico recorre Sicilia.

¿Y Soler? ¿Dónde está Soler?

La respuesta la da, como siempre, Pepe, El Ruso, spoiler oficial del grupo de Whatsapp. Y la da al más puro estilo diario Marca, con hasta tres puntos de exclamación: “¡¡¡Marc Soler ha abandonado!!!”.

Una semana después del accidente que supuso el precipitado adiós de Mikel Landa, el ciclismo español pierde a otro estelar representante en el de Vilanova y la Geltrú, que se presentó al Giro por vez primera en calidad de líder del Movistar y, como tal, recibió por parte de un sector de la prensa trato de candidato al triunfo final. Con 27 años, victorias en el Tour del Porvenir 2015 y la Clásica Paris-Niza 2018, Soler luce cualidades y un prometedor futuro sobre la carretera, pero su participación en la pasada Vuelta a España, en que se adjudicó una etapa, se diluyó en claroscuros y reservó un sombrío desenlace cuando, en la penúltima jornada, protagonizó una maniobra de dudosa interpretación junto a su compañero y compatriota, Enric Mas, al rescatar al líder, Primoz Roglic, del Jumbo, de un más que posible naufragio ante el ecuatoriense Richard Carapaz, del Ineos. Con todo su talento, el catalán quedó marcado por tan sospechada remolcada, y quizás fue por ello que, en su reciente victoria en el Tour de Romandía, previo a la disputa del Giro, sintió la necesidad de llevarse el dedo índice a los labios al cruzar la meta. “Aguantamos muchas cosas y a veces uno es humano y explota. Es muy fácil criticar desde el sofá”, explicó luego, sin disculparse, ni acabar de asimilar el dicho de que uno es maestro de sus silencios y esclavo de sus palabras. Hay preguntas que escuecen y silencios que matan. Soler, que en su defensa nunca se presentó como favorito, se despide este jueves del Giro por la puerta de atrás, después de sufrir una caída en los primeros kilómetros de la etapa y dolerse del costado derecho. No es el único en despeñarse: la jornada, que acaba con triunfo de Andrea Vendrame tras una meritoria fuga y sprint mano a mano con Chris Hamilton, contabiliza hasta cinco abandonos, y peor parece la tarrascada de Alessandro DeMarchi, que se retira en ambulancia. Como dice Javier Ares en Eurosport, “son etapas duras y exigentes en que, si hay alguna noticia, no acostumbra a ser buena”. En espera del parte médico, deseamos una pronta recuperación a ambos y verles de nuevo pronto, a ser posible en el próximo Tour de Francia.

La otra pregunta que colea es el qué pasó el miércoles entre Remco Evenepoel –que acaba el día como lo empezó: séptimo en la general, a dos minutos y 22 segundos del líder, Egan Bernal– y su compañero del Deceuninck, Joao Almeida, quien no acudió a socorrerlo cuando el belga se estancó en el sterrato de la Toscana y cedió dos minutos y ocho segundos en su lucha por la maglia rosa. Tanto Evenepoel como su director de equipo, Davide Bramatti, rebajan el incidente en que el corredor soltó momentáneamente el pinganillo que les comunicaba –otro mutis–, pero Almeida alimenta la polémica con declaraciones a la prensa nacional, que le interroga sobre su evidente desilusión: “Prefiero estar callado y no decir lo que pienso”, zanja, sin esconder que se sentía “fuerte como para medirse a los mejores”.

Ni Almeida, ni Soler podrían considerarse proletarios de la carretera. En el transatlántico de Buzzati probablemente viajarían en camarote privado. Pero me da que sentirán un similar escozor cuando, al paso por las cunetas, oigan cómo la fanaticada ruge por otros. Y mascullarán en silencio. Hoy, por lo menos, preguntaron por ellos.

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