Una vez me reí de Marc Gasol

{Banda Sonora: City Of Stars – Ryan Gosling, Emma Stone}

Por ALEX OLLER

Una vez me reí de Marc Gasol. Pero fue, como diría Jacinto Antón del asalto al Congreso de los Diputados en 1981 (casi) sin querer. Fue en privado, una simple charla entre colegas. Hace tiempo. Bastante tiempo. Una fanfarronada sin más, propia de un impostor al que, de vez en cuando, le gusta dárselas de entendido. Y aquel día me equivoqué. No entendí nada. No había entendido que Marc Gasol, el objeto de mi desafortunado chiste, un competidor como la copa de un pino del que más bien poco sabía, había venido para quedarse. Que de broma, nada.

Marc era entonces el hermano pequeño de Pau. Perdón, el hermano gordito. El hermano malo, según se atrevieron incluso a definir algunos desaprensivos. Hasta allí no llegué, pero sí me pareció un stretch, como dicen en Estados Unidos, aventurar que a ese joven pívot, por entonces todavía en formación, le esperaba un brillante futuro en la NBA.

Marc disputaba su primera temporada con los Grizzlies tras dar el salto desde el ya desaparecido Akasvayu Girona de la liga ACB de España, donde ya había rendido bastante bien. De hecho, podríamos decir que el Akasvayu Girona, un equipo sin historia surgido prácticamente de la nada a 100 kilómetros de Barcelona, era prácticamente Marc Gasol. Pero de Girona a la NBA, y concretamente a los Lakers de Kobe Bryant, de Shaquille O’Neal, de Magic Johnson, de Kareem Abdul Jabbar, de Jerry West, del Showtime, mediaba un trecho. Y pese a todo, habían apostado por él en el Draft de 2007.

Mi recelo se basó en otra desafortunada apreciación por parte de otro colega durante el All Star de Houston de 2006, cuando Marc aún luchaba por hacerse un hueco en la rotación del Barça y el serbio Dusko Ivanovic, célebre por sus severos métodos de entrenamiento, ejercía de técnico azulgrana. “Al gordito lo va a hacer llorar”, predijo el experto (aquí sin ironía alguna).

Desconozco si Marc lloró, pero lo pasó mal hasta que se reencontró con Svetislav Pesic, quien supo ver en el patito feo, si bien no las cualidades de un cisne, sí el tesón de un guerrero capaz de convertirse en un hombre importante; tanto que se lo llevó con él a Girona. Y a orillas del río Ter, Marc se convirtió en Marc.

Algunos no lo supimos ver hasta más adelante. Hasta que soltó amarras en el Mississippi y cuadró el círculo que había iniciado años antes en el instituto local de Memphis, cuando aún ejercía de hermano pequeño de Pau. Con el tiempo, se ganó el corazón de los aficionados, formando un formidable dúo interior junto a Zach Randolph, así como el respeto de los analistas, que vieron como el poste iba quemando etapas, mejorando sus prestaciones, puliendo su físico y ampliando su juego. Dicen que en el FedEx Forum muchos lo prefieren incluso a Pau, que su estilo combativo encaja más con una ciudad de las consideradas blue collar de Estados Unidos y que, al haber crecido a la sombra de su hermano, es uno más entre ellos.

Desde aquel mal chiste en una ya difunta redacción, Marc ha superado cualquier expectativa tras ejercer de moneda de cambio a los Lakers para fichar a Pau. Su palmarés incluye dos Mundiales, dos platas olímpicas, tres elecciones al All Star de la NBA y un anillo de campeón con los Raptors. Incluso escribió el prólogo de El sueño de mi desvelo, del compañero Antoni Daimiel. En él explicaba cómo empezó a soñar despierto viendo los partidos de Hakeem Olajuwon, “uno de los pívots de los que más he aprendido”, de los Bulls de Michael Jordan y, sí, “de los Lakers de Shaq y Kobe”, y escribía lo siguiente: “Apenas podía imaginar en aquel momento lo que vendría después”.

Así de aplicado, atento y generoso es Marc Gasol, capaz, sin tan siquiera proponérselo, de que el mas patán de los pronosticadores se sienta un poco menos patán por meter la pata. Al fin y al cabo, hasta Dirk Nowitzi no se podía creer que fuera el hermano de… cuando se lo encontró por primera vez.

Ahora, como bien apunta otro del gremio, viene a Los Ángeles “a cuadrar el (otro) círculo”, junto a LeBron James y –esperemos– Anthony Davis. Sus números ya no son los de Memphis, está mayor, va sufriendo achaques físicos tras fracturarse el pie derecho en 2016 y su rol se ha visto reducido.

Pero no seré yo quien descarte aquí un final made in Hollywood. Con Marc, no más bromas.

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Volver (Etapa prólogo en diferido)

{Banda Sonora: Lametavolante – Facto Delafe y las flores azules}

Cuenta mi amiga Ángela que cuando su marido, Gerald, generoso administrador del blog donde suelo escribir mis disparates, le comentó que estaba elaborando un diario de la Vuelta a España respondió entusiasmada que qué gran idea. Que fenomenal.

Ángela es periodista, lee muchas cosas no necesariamente relacionadas con el ciclismo, reportea en varios formatos y sabe bastante de esto. O sea, que valoro su opinión, vamos.

La cosa es que Ángela interpretó “Vuelta” con minúscula y el artículo “la” como “mi” o, en su defecto, “nuestra”, si incluimos a mi mujer. Tras un periodo de casi dos años viviendo en Uruguay, la pandemia interrumpió nuestro intento de sabático por el sudeste asiático y precipitó un caótico regreso a España en abril. Y Ángela pensó que este Diario de una Vuelta –con mayúscula– iba de eso, y que resultaría de lo más interesante.

La idea no era mala. De hecho, ya la tenía pensada. Y había entrenado un ejercicio similar durante el Mundial de fútbol de Rusia 2018. Pero, como soy más vago que un chuparruedas en un puerto de quinta categoría, se quedó durante meses en un cajón. Y allí sigue, como tantas otras…

Una cosa es andar de sabático saltando de una isla pirata a otra en chancletas y otra muy distinta estar confinado en Poble Sec sin oficio ni beneficio y tirado en el sofá en pantuflas, por mucho que uno admire el estilo de vida de The Dude, el inimitable héroe de The Big Lebowski. Llevaba demasiado tiempo sin darle al teclado. Urgía, como decía un antiguo jefe, “mover esos deditos”.

Y entonces empezó la Vuelta y me fui a ver Volta, 100 anys de ciclisme, el estupendo documental de Gerard Peris y Jon Herranz que me puso definitivamente las pilas. A la mañana siguiente, estaba delante del ordenador, tecleando. “A ver cuánto duro…”, me dije. Por la tarde vi la segunda etapa y repetí. Y así hasta completar las 18 jornadas de carrera. Todo sin tener ni la más pajolera idea de ciclismo, más allá de las eruditas crónicas de Carlos Arribas y las deliciosas columnas de Pedro Horrillo, verdadera fuente de inspiración de este particular formato.

Tres semanas dan para mucho en esta nueva normalidad: el diario empezó con mi mujer confinada por coronavirus y acabó con su regreso –aparentemente sana– al trabajo, entremedio hubo un fallido intento de moción de censura al presidente del gobierno, nuevos confinamientos –o restricciones de movilidad social, como prefieran–, toques de queda, protestas de todo tipo, elecciones a la presidencia de Estados Unidos, una reforma constitucional en Chile, otra crisis institucional en el Barça, el último disco de Bruce Springsteen y decesos ilustres como el de Sir Sean Connery o todo un referente como Javier Reverte que vinieron a engordar la dolorosa lista de fallecidos de este 2020 que no acaba.

La pandemia ha cambiado cosas. Aunque no necesariamente nuestra percepción de las mismas. A quienes nos gusta el deporte y el periodismo siguen sin gustarnos muchas cosas relativas al deporte y al periodismo. Pero, como quien se sube de nuevo a una bicicleta tras un largo paréntesis sin pedalear, inevitablemente regresamos, ni que sea por disfrutar del espectáculo y el simple placer de darle de nuevo a los deditos.

Este es (ha sido) el diario de una vuelta. O Vuelta. Ya no sé.

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La llegada

{Banda Sonora: En las calles de Madrid – Loquillo y Trogloditas}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – Es domingo: toca quiosco, toca pastelería, toca A Vivir que son dos días y toca Vuelta a España con despedida en Madrid. Leo de buena mañana en El País la columna de Manuel Vicent titulada La salida que nos habla, entre otras cosas, de la desbordante inteligencia de los pulpos, y añade La Maja que Juan José Millás viene de explicar en La Ser que cada tentáculo de estos fascinantes cefalópodos cuenta con autonomía propia pese a obedecer a un cerebro central, y que no hay que perderse My Octopuss Teacher, el documental que nos revela todo esto y más en Netflix. La cosa hoy va de pulpos, parece.

Toca también paella casera – sin pulpos pero con calamares y gambas, cortesía de Angela y Gerald– y sobremesa, aunque acortada por la disputa de la decimoctava y última etapa; no tanto por la competitividad de la jornada, reservada para los brindis de los protagonistas y un último sprint, sino por conocer algo más sobre el extraño desenlace del día anterior, cuando Movistar asumió un papel principal en una escena final en la que el espectador pedía un clásico duelo al sol entre los dos grandes pistoleros del cartel, Primoz Roglic y Richard Carapaz.

Pero parece que los comentaristas no están por la labor de esclarecer la polémica. Sea por la marca que les patrocina o porque se trate, al fin y al cabo, de una fecha destinada a la celebración, pasan página y se centran en las numerosas razones para la enhorabuena: la 75 edición de la Vuelta ha llegado sana y salva a Madrid en un año de enormes dificultades y la alegría no es para menos. Roglic es un digno bicampeón, Carapaz se siente en cierto modo ganador moral y sigue creciendo, y el ciclismo, pese al drama sanitario que nos azota, parece gozar de excelente salud deportiva, pues sus tres grandes rondas –Tour, Giro y Vuelta– se han definido este convulso 2020 por menos de un minuto cada una, recuerda Carlos Arribas.

Pasa también página Estados Unidos –y el mundo– con Donald Trump, aunque permanezcan los nocivos efectos del trumpismo, advierten los politólogos. Al final, los ganadores de la Vuelta y de las elecciones presidenciales se conocieron prácticamente al unísono, con ventaja de pocos minutos para el ciclista esloveno sobre Joe Biden. No le vendrá de eso al casi octogenario político, una loa a la constancia. También celebramos.

Tras 20 días de sufrido pedaleo, el pelotón despierta en la capital española y se pasea ufano por una Castellana vacía de espectadores rumbo al podio, igualmente huérfano de aplausos por las restricciones. En el último sprint de la temporada se ha impuesto por la mínima Pascal Ackermann a Sam Bennett, Movistar se lleva finalmente el triunfo por equipos y la diferencia que separa a Roglic de Carapaz se queda en 24 segundos en la clasificación general. A 75 del vencedor ha acabado el inglés Hugh Carthy, quien se sube por primera vez al podio en una gran ronda, mientras que Alejandro Valverde despedirá 2020 sin una sola victoria, una anormalidad para el murciano. El Bala asume que “ha sido un año extrañísimo. Esperemos que el próximo sea mejor para todos”; Roglic, feliz, irradia humanidad en sus declaraciones, se muestra agradecido con la organización y nos desea “buena salud”; y Carapaz, sin un ápice de rencor en sus palabras, asegura estar “contento” y con ganas de asaltar la próxima Vuelta. Cuesta no comparar la elegancia de estos hombres en un escenario prácticamente desierto con la pataleta de un Trump que, a estas horas, sigue parapetado en La Casa Blanca sin reconocer al vencedor de las elecciones, rompiendo así una venerable tradición de la democracia norteamericana. El deporte, tantas veces rico en la transmisión de valores pese a sus notables verrugas, vuelve a ejercer de inmejorable modelo a seguir, incluso para un sociópata como el todavía presidente. Tú puedes, Donald Trump, señala con un video plagado de ejemplos a pie de pista el New York Times. “Es hora de saber perder”, concluye el editorial.

Le cuenta un patrón de pesca a Vicent como, al caer en la redes de arrastre y luego a cubierta, los pulpos buscan rápidamente los imbornales para escapar de nuevo al mar; y argumenta el escritor que muchos intelectuales, que desconocen el motivo de tal clarividencia animal, tampoco suelen acertar con la salida por falta de gimnasia neuronal.

En este diario por lo menos entrenamos. No sé si acertamos, ganamos o perdimos, pero lo intentamos y, al final, llegamos como llegaron 142 valientes hoy a Madrid: algo cansados, pero agradecidos de poder seguir haciendo lo que les gusta y de que otros lo aprecien.

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Carapaz, ni feliz, ni perdiz

{Banda Sonora: Malamente-Cap.1: Augurio – Rosalía}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – Caen las etapas de la Vuelta a España y las páginas de este diario como caen caducas la hojas de los árboles de la sierra castellana, conforme los ciclistas avanzan hacia el Ato de la Covatilla, penúltima y exigente parada de la carrera antes del protocolario paseo dominical por Madrid.

“La Vuelta debería correrse siempre en noviembre”, comenta el colega Joe, admirador de la ampliada paleta de colores del follaje que enmarca este año la competición. Pisa el pelotón el adoquinado y coqueto pueblo de Candelario, donde los locales interrumpen la sobremesa para alentar –distancia de seguridad mediante– a los corredores; y tan prietas están sus calles que uno teme que algún despistado cruce el portal de casa a por tabaco y se tope de bruces con el maillot rojo.

En otra jornada húmeda y fría, esta vez con 178 kilómetros de recorrido y nuevo final empinado, las zonas más rurales las envuelve por momentos una espesa niebla y, aunque la organización se ha encargado de peinar las carreteras de su frondosa moqueta otoñal, la escenografía se asemeja bastante a la que dio lugar al rodaje de la exquisita película del añorado Don Luis García Berlanga, La escopeta nacional. “Jaume, ¿ves algo por allí?”, le preguntaban en la cinta al modesto pero ambicioso empresario catalán Jaume Canivell, (interpretado por el gran José Sazatornil) durante la surrealista cacería de fin de semana en la finca de un marqués madrileño. “Aquí no se ve nada”, contestaba Jaume.

Poco movimiento se observa entre el grupo de favoritos durante buena parte de la etapa, que ha salido a buen ritmo de Sequeros, y tanto el líder, Primoz Roglic, como su escolta, Richard Carapaz, dejan que un grupo de fugados, entre los que se encuentran Ion Izaguirre, Marc Soler, Guillaume Martin, Gino Mäder; David Gaudu y David De La Cruz apuesten por la victoria de etapa. No habrá pues bonificaciones para el maillot rojo, quien cuenta 45 segundos de ventaja sobre el ecuatoriano y 53 respecto al inglés Hugh Carthy, tercer clasificado. Así, el último asalto a la Vuelta se peleará a pelo, de tú a tú, como mandan los viejos cánones del ciclismo. O eso pensamos…

Roglic cuenta la baza del potente equipo Jumbo y especialmente el joven Sepp Kuss, gregario de lujo a quien debe gran parte de su éxito en la ronda española. Pero el último puerto de la temporada ciclista, de categoría especial, engaña: sus anchas curvas dibujan un trazado en apariencia menos áspero que otras cimas míticas como la pirenaica Hautacam, pero permiten que el viento azote sin descanso la cara de sus exhaustos escaladores. Y, cuando Carapaz y Carthy se deciden finalmente a atacar a falta de cuatro kilómetros para la meta, el rostro de Kuss exhibe la impotencia del derrotado. El as en la manga del líder cae como naipe entre las hojas, y el esloveno intenta desesperadamente, con un pundonoroso golpe de riñón, que no se le derrumbe toda la baraja por segunda gran partida consecutiva.

Ya con Gaudu camino del triunfo tras un impresionante ascenso final en que suelta a a Mäder e Izaguirre, Roglic lucha contra la tenacidad de Carapaz, que a su vez se va de Carthy, así como el fantasma de la penúltima etapa del Tour de Francia, cuando Tadej Pogacar le quitó contra pronóstico el maillot amarillo. La losa emocional tira de su bicicleta mientras el aspirante ecuatoriano, la cabeza gacha, los ojos clavados en la cumbre y los dientes apretados, aumenta el ritmo en solitario, arañando segundos que puedan voltear la general: 10, 12, 15, 20…

“Es una jornada de ciclismo puro”, se felicita anticipadamente en la retransmisión Perico Delgado. Pero, cuando andamos todos con el cronometro en la mano y el corazón en un puño, aparecen en el plano Soler y Enric Mas para ejercer de salvavidas de un Roglic que se hunde. Agarrado a los dos Movistar, resguardado del viento, el líder reflota y alcanza, maltrecho pero aún líder, la orilla de La Covatilla. Al final solo 21 segundos le ha podido sacar Carapaz, que sigue segundo en la carrera, a 24 del ex saltador de esquí. Le felicita, siempre elegante, el esloveno y seguidamente saluda a Soler y Mas, sin duda agradecido por una sospechosa remolcada que quizás – ya nunca lo sabremos a ciencia cierta– haya acabado por definir al vencedor de la Vuelta.

Ni Perico ni Carlos de Andrés dan crédito a la maniobra, aunque el segundo apunta que la salida del ecuatoriano de Movistar no fue precisamente amistosa. ¿Venganza servida en frío del equipo español?

La situación parece tan absurda que podría colarse en cualquier escena de Berlanga pero, por si acaso, le preguntan por ello a Mas en Televisión Española. El balear no se da por aludido: “No ha sido ni ayudar a uno, ni joder a otro. Ha sido una situación de carrera”, alega, homenajeando sin saberlo otro impagable diálogo de La escopeta nacional:

-¿Así que usted políticamente no está comprometido?

-Apolítico. Total. De derechas, como mi padre.

Estimat Enric, ya se sabe que excusatio non petita, accusatio manifesta. Y si bien Movistar acusó en su día de desleal a Carapaz, la deslealtad en el día de hoy ha sido del equipo español con los aficionados al ciclismo. Algo huele a podrido en lo alto de la Covatilla y, por mucho que Carapaz ponga buena cara bajo la mascarilla –“no tengo comentario, tendrían sus intereses”, despacha–, uno siente que se queda un poco como el amigo Canivell al final de la película. Y recitarán, los más berlanguianos, su irrebatible moraleja: “Y ni fueron felices ni comieron perdices… desgracia habitual mientras existan ministros y administrados”.

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Nielsen vence, Roglic convence

{Banda Sonora: El Día de la Raza– Alejandro Amenábar}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – “Venceréis, pero no convenceréis”, espetó Miguel de Unamuno a los fascistas que se reunieron el 12 de octubre de 1936 para celebrar el entonces llamado Día de la Raza en el paraninfo de la universidad de Salamanca, donde sentaba cátedra el escritor y filósofo bilbaíno. De la capital salmantina sale hoy rumbo a Ciudad Rodrigo la decimosexta y antepenúltima etapa de la Vuelta a España, que sigue liderando Primoz Roglic con 39 segundos de ventaja sobre Richard Carapaz.

Con el final en Madrid ya a vista de pájaro, Roglic por ahora aún no vence, pero convencer, convence. Y no por fuerza bruta, como atribuyó Unamuno a los sublevados su eventual victoria. “Convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”, sentenció el intelectual, que originalmente había apoyado el golpe militar. Al ciclista esloveno, todo un prodigio de deportista tras cambiar los esquíes por la bicicleta, no le falta lo uno ni lo otro tras exhibir un método competitivo basado en el raciocinio táctico, pundonor y ardor competitivo, cualidades que no le privaron de sufrir un disgusto de aúpa en la penúltima etapa del Tour de Francia, cuando perdió la carrera a manos de su joven compatriota, Tadej Pogacar.

El jefe de filas del Jumbo parece llegar con la lección aprendida a la ronda española, donde suma ya cuatro triunfos de etapa, y no pierde de vista a Carapaz, ganador del Giro de Italia 2019 y principal amenaza para sus aspiraciones, seguido del inglés Hugh Carthy, a 47 segundos del maillot rojo. El recorrido de la jornada se prevé nuevamente relativamente tranquilo, aunque los toboganes obligan a los favoritos a mantenerse vigilantes ante posibles escapadas, sin desgastarse en exceso dado que el exigente trazado del sábado, con ascenso final a la temible Covatilla, se presenta como la última oportunidad de voltear la carrera.

“El día es ideal para los segundas espadas”, opina en la retransmisión Perico Delgado. Y como si lo escucharan por el pinganillo,  Rémi Cavagna y Robert Stannard saltan en busca del triunfo, como hiciera Mattia Cattaneo la etapa anterior. Cuentan 14 segundos de ventaja tras descender El Robledo, mientras otros sufren con la humedad del asfalto, como el alemán Jannik Steimle, tercero el jueves, quien se estrella sin mayores consecuencias en una curva. La Vuelta se va cobrando víctimas por el camino y cuenta ya 33 abandonos, entre ellos el de Luis León Sánchez, quien no toma esta vez la salida por motivos personales.

No siempre es fácil subirse a la bici por mucho placer que esta depare a su jinete. Y una etapa viene a ser como el capítulo de un libro (o un diario) que no siempre sabemos si vamos a acabar de leer… o de escribir, si nos hallamos del otro lado del papel. El síndrome de la página en blanco puede ser un fenómeno de lo más desasosegante, incluso para superdotados como Unamuno, capaces de romper el silencio de toda una institución docente y todo un país con un discurso demoledor.

A veces tampoco hace falta decir tanto. Basta con pulsar el botón del mute como hacen, y a buena hora, los presentadores de las cadenas de televisión estadounidenses con la última diatriba de Donald Trump tras verse relegado en el conteo de votos en favor de Joe Biden. Al todavía inquilino de la Casa Blanca tan solo le faltó gritar “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia”, como hiciera el general José Millán-Astray en el paraninfo de Salamanca. Comparte el amigo Edu la viral desconexión de periodistas como Shepard Smith, de la NBC, y, conforme avanza el pelotón, el colega Joe me informa de que el candidato demócrata acaricia los estados de Georgia y Pennsylvania. Sería una victoria no demasiado convincente, pero victoria, al fin y al cabo.

A por la gloria se precipita Cavagna, ya sin escolta. Pero, al igual que 24 horas antes con Cattaneo, el grupo alcanza al fugado a dos kilómetros del final y el italiano cede el paso a no tan segundas espadas como Alejandro Valverde. Aprieta El Bala antes que el resto, pero la fuerza bruta no le basta ante el empuje tardío de Dion Smith y la pericia de Magnus Nielsen, el último en soltarse del resto y el primero en cruzar la meta. Tercera etapa para el Education First, que además tiene a Carthy tercero en la general.

Roglic, ya con un póker en la mano y siempre atento a cualquier oportunidad, ha aprovechado el tirón para posicionarse entre los punteros, rebasar a Smith, llevarse seis segundos de bonificación y ampliar así a 45 el colchón sobre Carapaz y 53 respecto a Carthy. Mientras dure la guerra, el esloveno no rehuirá la lucha. Ya solo La Covatilla le separa de la victoria en Madrid.

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Contramano contra ‘Contromano’

{Banda Sonora: Me cago en el amor – Tonino Carotone}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – La etapa más larga de la Vuelta no lo fue tanto porque los 148 ciclistas que tomaron la salida en Mos dieron pedales como si no hubiera un mañana y el más lento llegó a Puebla de Sanabria apenas seis horas y 37 minutos después. Las grandes rondas suelen deparar más de una sorpresa en sus trazados y, de la misma manera que hay magnas jornadas sobre el papel que acaban decepcionando al personal, otras, declaradas anticipadamente de transición, se revelan más peliagudas de lo esperado. Al menos eso apunta en la retransmisión Perico Delgado, que de esto sabe bastante más que nosotros.

No todo es lo que parece, según desde donde se mire; un poco como los cortellos o curros dos  lobos que salpican los montes gallegos, donde los pastores transformados en cazadores colocaban antiguamente un cebo en el centro de un empedrado circular para atraer y encerrar en él a los depredadores antes de reducirlos como fuese menester. La efectividad de la trampa, ideada antes que circularan las armas de fuego, radicaba en su ubicación a media ladera y el efecto visual engañoso que la pared a nivel de terreno producía en el cánido; y era utilizada como un elemento de defensa más que como instrumento de exterminio, nos informan.

No da tregua la prensa con lluvia de datos procedentes de Estados Unidos, donde la madrugada del martes parecía que Joe Biden iba a arrasar en las elecciones presidenciales, horas después se vislumbraba el horror de una nueva campanada de Donald Trump y, conforme avanzan las horas, vuelve a adivinarse la victoria del candidato demócrata, aunque ajustada y pendiente del conteo de votos llegados por correo; para algunos ilícitos, por lo visto. Pero no todo es cuestión de percepción en este mundo, por mucho que ciertos desubicados se empeñen en ir a contramano.

El viento en contra sopla fuerte para el pelotón y este se calienta acelerando el ritmo rumbo a tierras zamoranas, buscando el refugio de las carreteras estrechas y arboladas, aislándose de las gotas que caen de los nubarrones con chaquetas impermeables y pensamientos aventureros. “Lo peor para los ciclistas es el viento. Gastas fuerzas inútiles y te entra sensación de impotencia. Van muertecitos”, remarca Perico. ¿Qué no curará una victoria?

Un buen chocolate con churros nos iría bien a todos en estos tiempos achuchados, más para unos que otros. Remedios simples para problemas grandes, como los que ofrecían los mecánicos Alberto Bruccoleri y Alberto Monasterolo en el documental Contromano que proyectó hace unos años el Rueda Film Festival en Barcelona. La película, toda una pequeña joya de Steffano Gabbiani, desgranaba la labor social de los propietarios de dos talleres de bicicletas en la industrializada Turín, donde tiene su sede la Fiat, y exponía, de paso, sus respectivas filosofías de vida, instintivamente perspicaz la del primero, más metódica y analítica la del segundo, refrescantes, generosas y esclarecedoras ambas. “Manos sucias, perfume de dignidad”, decía Bruccoleri, el más locuaz de la pareja.

La otra dupla, que forman Perico y Carlos De Andrés en Televisión Española, loa el esfuerzo de los ciclistas, y el ex campeón explica cómo estos estrujan sus chopados guantes contra el manillar para enjuagarlos, calentar sus palmas y recobrar sensaciones. Hoy se siente mejor que nadie el italiano Mattia Cattaneo, quien se lanza a pelo a por la etapa a 30 kilómetros de la meta y, por momentos, parece que se llevará el cebo. Pero el grupo, donde apenas avistamos al maillot rojo, el racional Primoz Roglic, ni al segundo clasificado, el más impulsivo Richard Carapaz, recupera terreno sobre el lobo solitario, al que acorrala a falta de cuatro kilómetros para el sprint. No llega en cabeza esta vez Sam Bennett y se impone finalmente en la recta Jasper Philipsen tras el sinsabor de la cuarta etapa, cuando le ganó por velocidad el irlandés. Le acompañan en el podio dos alemanes, Pascal Ackermann y Jannik Steimle

El vencedor de la Vuelta deberá esperar al menos una jornada más para definirse. Aunque, a este ritmo, es muy probable que se anuncie antes que el próximo presidente estadounidense. Es lo que tiene el deporte: los tiempos son los tiempos y el reglamento es el reglamento. La política, estos días, parece moverse por otros derroteros. Contra los que se empeñan en ir a contramano, recetamos Contromano, y más concretamente píldoras de sabiduría como esta otra de Bruccoleri: “Si todos usáramos la bici de un modo un poco más justo, el mundo sería mejor”, zanja el mecánico.

Ni percepciones, ni leches.

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‘The horror, the horror’ (parte 2)

{Banda Sonora: The Ride Of The Valkyries – Vernon Handley}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – Ayer sonó el despertador. Esta mañana me desvelo, como quien huele a podrido e intuye que se dejó la nevera abierta, y me levanto antes de que se active la alarma. Pongo la radio y las noticas no son nada buenas. De hecho, son las peores posibles: las encuestas se han vuelto a equivocar y Joe Biden no gana de calle las presidenciales de Estados Unidos, con lo que la jornada electoral depara un largo e incierto desenlace. Además, la etapa de la Vuelta de España se antoja de transición, poco propicia para las escapadas, ya sean de los ciclistas o de quienes anhelemos un respiro mental.

Hace cuatro años desperté con un insospechado post-it de La Maja sobre la repisa de la cocina y dos desasosegantes palabras repetidas que lo resumían todo: the horror, the horror. Sí, el horror del coronel Kurtz en Apocalypse Now estaba en casa. Y en la Casa Blanca. Donald Trump había conseguido lo impensable. Esta vez quise avanzarme a la noticia y salí pronto a practicar footing, pero imposible evadirse, ni con deporte ni con nada. Sobre las 8h30 sale Trump y declara ante el mundo que le están intentando robar la victoria (no especifica quienes), transitando cada vez más peligrosamente la cornisa del apocalipsis. No hay escapatoria en lo más profundo de la selva mediática, por mucho que uno corra, y opto por subirme a la bicicleta. Nada como la dulce cadencia de los pedales y la caricia de la brisa para alejar malos espíritus. Pero hace un frío inusual para la época en Barcelona, más propio de invierno, y la mente me traiciona con la cabalgata de las valquirias de Wagner. Ya saben, Charlie Don’t Surf. Y no, definitivamente no me gusta el olor a napalm por las mañanas.

Ya en casa, las tomas del helicóptero de Televisión Española muestran un paisaje verdoso, húmedo y gélido durante esta segunda jornada en tierras gallegas, con 151 ciclistas abrigados –tres se quedarán por el camino– y muchos buscando el adicional resguardo del pelotón para recorrer los 205 kilómetros de la etapa, primera en superar los 200 y segunda en longitud total. El trazado, sin puertos de gran categoría, asemeja una penillanura levemente ondulada – como enseñan en las escuelas uruguayas para definir topográficamente a su país– y, junto al viento favorable, permite a los competidores rodar a un ritmo alto, que adelanta la llegada a Ourense en casi 30 minutos del horario previsto.

“El final es trampa”, avisa Perico Delgado en la retransmisión, mientras se separan del grupo Tim Wellens, Michael Woods y Marc Soler, los tres buscando el doblete en la Vuelta. Los dos primeros exhiben más piernas que el catalán, fundido tras su anterior intento del viernes y que finalmente se ve también superado por Zdenek Stybar y Dylan Van Baarle. Woods, quien se inició en el atletismo, parece tener opciones en los metros de la verdad, pero Wellens le roba el carril interior en la última curva y cruza la meta, que aparece de sopetón, un soplo por delante del canadiense. De la batalla se han abstenido el líder Primoz Roglic y su escolta, Richard Carapaz, quien esperará otra oportunidad –cada vez le quedan menos– para intentar ganar la guerra, separado aún del maillot rojo por 39 segundos.

Se desconoce a esta hora el margen de votos que necesita Biden para proclamarse ganador en Estados Unidos ante un Trump disconforme, capaz de ponerse colorado y patalear hasta el infinito para celebrar su propio doblete. “De Trump a trampa solo va una letra”, escucho en una tertulia radiofónica. Ya lo advirtió Perico: ojo con los finales, que los carga el diablo.

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Roglic para el reloj, suena el despertador

{Banda Sonora: El Afilador – Los Suaves}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – Suena el despertador y la radio nos recuerda que hoy Estados Unidos decide si echa o no a Donald Trump de la Casa Blanca. No, no fue un mal sueño. Fue una pesadilla de lo más real. También se celebra la decimotercera etapa de la Vuelta a España, una contrarreloj con salida en Muros y final en otro muro, este literal, de 28% de inclinación rumbo a la meta en el Mirador de Ézaro. “Mil ochocientos metros infernales”, remarca Perico Delgado durante la retransmisión televisiva, justo cuando Alejandro Valverde cambia a una bicicleta más ligera para afrontar la subida.

Para infierno, el que nos espera en caso de volver ganar Trump las elecciones presidenciales. Con ganas de oxígeno, salimos con La Maja a trotar y nos topamos con el impresionante mural de Juanjo Surace junto a las Tres Chimeneas del Poble Sec. Pues eso: buenos días a todos.

La jornada ciclista depara una bella lucha contra el crono, fresca y soleada por tierras gallegas, y el clima invita también al paseo en Barcelona, ni que sea por la amenaza de lluvia vespertina. Quedo en el centro con Joe, habitual cómplice de mañanas canallas, para ir de librerías –de los pocos placeres no restringidos aún– y caen dos ejemplares para cada frente: Ciclismo y capitalismo, interesante ensayo de Corsino Vela, y The Border, cruda novela fronteriza de Don Winslow. La tercera adquisición es un encargo personal de La Maja: Contra la igualdad de oportunidades, un panfleto igualitarista, según su autor, César Rendueles, quien considera que “hay razones éticas, económicas, sociales y medioambientales para aspirar a una sociedad más equilibrada. Una que no dé a todo el mundo lo mismo, sino a cada uno lo que necesita”.

El esloveno Primoz Roglic, ex saltador de esquí nacido en el antiguo pueblo minero de Zagorje ob Savi, necesita recuperar los diez segundos que el domingo cedió ante el ecuatoriano Richard Carapaz, oriundo de la localidad rural de El Carmelo y quien rescató su primera bici de un cargamento de chatarra que arrastró a casa su padre. La etapa se presenta favorable para el europeo, considerado más especialista en la contrarreloj que el sudamericano, capaz de arrebatarle el liderato la jornada previa en la temida subida al Angliru, aunque por escaso margen.

Es una oportunidad pintiparada para Roglic, pero este empieza a menor ritmo de lo esperado y apenas supera por cuatro segundos a Carapaz en el primer punto intermedio, lo que despierta cierto alarmismo entre Perico y Carlos De Andrés; mientras, el estadounidense Will Barta vuela por delante y el inglés Hugh Carthy, tercero en la general, recorta diferencias.

Es ahora o nunca para Biden, el niño que tartamudeaba, padre que superó tragedias familiares, sexagenario que llegó a vicepresidente con Barack Obama y hoy casi octogenario que aspira a derrocar a Trump.

Mientras Barta contempla el resto de la etapa por televisión, Enric Mas de desfonda, Carapaz aprieta los dientes en la rampa y Roglic cambia ágilmente de bicicleta y va de menos a más. Al final, el esloveno para el reloj con un segundo de ventaja sobre el estadounidense, le mete 25 a Carthy y le saca 49 al sudamericano, al que vuelve a relegar en la general, ahora por 39 de diferencia. “Buena gestión de carrera: ha reservado fuerzas para el final”, concluye Perico.

“He sufrido, pero me he sentido fuerte. Mejor ganar 39 segundos que perderlos. Tenemos que seguir concentrados”, resume, empapado, Roglic antes de dirigirse al podio y enfundarse de nuevo el maillot rojo. No en vano, perdió el pasado Tour de Francia cuando parecía tenerlo ganado, naufragando en la penúltima etapa, precisamente en la contrarreloj.

Esperando ahora otro cambio de maillot en La Casa Blanca, en este caso del rojo al azul, nos agarramos al atinado análisis del esloveno. Hemos sufrido, pero aún nos sentimos fuertes. Biden no es la panacea, desde luego, pero cualquier cosa es mejor que Trump –hasta una jirafa, opinaba esta mañana en la radio una votante–. Y pase lo que pase, debemos seguir concentrados. Ahora y siempre.

Tic, toc, tic, toc… Mañana, de nuevo, el despertador.

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Roglic, ‘tocable’ pero no hundido

{Banda Sonora: The Untouchables (End Title) – Ennio Morricone}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – Puede que la etapa reina de la Vuelta fuera la Villaviciosa-La Farrapona del sábado, en opinión de algunos; pero la ascensión este domingo al Angliru es, según expertos de primera mano como Purito Rodríguez “la rampa más dura de Europa”.

Así lo reconoció el ex ciclista de Parets del Vallès durante la retransmisión junto a Perico Degado y Carlos De Andrés, cuando parte de la elite del pelotón empezaba a escalar el puerto final de la duodécima jornada. Digo “parte de la elite” porque algunos primeras espadas como Alejandro Valverde, Marc Soler o el mismísimo Chris Froome quedaron descolgados de antemano, cediendo ante la inmensidad del reto ante sus ojos.

La montaña asturiana puede ser tan bella como cruel, y Soler fue de los primeros en comprender que el peaje del día anterior, cuando acarició la victoria de etapa, pasaba por renunciar a mayores enjundias que no fueran mantener distancias en la general. Y ni eso pudo el de Vilanova, que cedió casi 15 minutos respecto al maillot rojo. Nada que reprochar en otro más que exigente recorrido de esta Vuelta, que se cobró un enorme desgaste entre los 156 valientes que se atrevieron a tomar la salida.

“¡Buf! Esto cada tres años, está bonito, pero cada año… y en la duodécima etapa en noviembre, es muy duro. Mejor ni pensar en las rampas”, resumió en la meta Óscar Cabedo, víctima de una hipotermia la primera semana y convenientemente abrigado esta vez para la entrevista. El sentir general de los más  mortales del pelotón parecía claro: ¿Para qué me habré metido yo en esto?

Lo mismo pensaría Eliott Ness cuando lanzó al río de Chicago una bola de papel que cambiaría su suerte y el destino del temido Al Capone en la Ciudad del Viento. Al menos según la célebre ficción de Brian De Palma, de obligado visionado la víspera para los admiradores del fallecido Sean Connery, el incivismo de Kevin Costner en el puente de la Avenida Michigan provoca la intervención del policía de a pie Jimmy Malone (Connery) y, de paso, el nacimiento de Los Intocables. La película es muy ochentera, pero la disfruté tanto o más que entonces, y le valió el Óscar al escocés como mejor actor secundario.

El tête à tête entre Primoz Rogliz y Richard Carapaz en esta Vuelta parece bastante más parejo que el duelo interpretativo entre Connery y Costner; aunque el norteamericano tampoco desentonó como protagonista, el reparto lo completaba también otro monstruo como Robert De Niro en el papel de Capone. Si la estación de tren de Chicago es la escena más recordada de la cinta, con la sobrecogedora caída a cámara lenta de un carrito de bebé por su escalera principal, el Angliru bien podría acabar definiendo a su vez la ronda española, con su no menos vertiginosa inclinación del 23,5%.

“Cinco metros aquí son 150 en otras subidas”, advierte Purito conforme se lanza a por la cima Enric Mas, la mirada turbia y las venas marcadas en los antebrazos, agarrando fuerte el manillar como quien se aferra a la vida. “¡Esto es eterno!”, exclama Perico en la recta, a menos de 2,5 kilómetros del final. Avanza el grupo de elite a chepazos, con Roglic disimulado sufrimiento y Carapaz disimulando, a secas. Y –plato pequeño y piñón grande mediante– alcanza a Mas, que se mantiene en la pugna. Alega Capone en Los Intocables, bate de béisbol en mano para una gráfica y memorable demostración, que uno no es nada sin su equipo, y el ecuatoriano del Ineos se antoja el más vulnerable de quienes pelean la general, pero sabe esperar su momento. A Roglic lo acompaña en la aventura Sepp Kuss, gregario de lujo para el Jumbo; pero al esloveno le acaban fallando las piernas cuando ataca en última instancia Carapaz y le saca diez segundos, entrando por detrás de Mas, Aleksandr Vlasov y el ganador de la etapa, un Hugh Carthy que desplaza a Dan Martin del podio de la general.

Habla la lengua de Sir Connery el vencedor del día. El otro, Carapaz, nuevo líder, esperará la jornada de descanso el lunes y no perder lo ganado el martes en la contrarreloj. El  golpe de efecto, en tanto, está dado: Roglic es ‘tocable’. Así de crudo, ‘touchable’, se lo escribieron con la sangre de su compañero asesinado a Ness en el ascensor de la comisaria de Chicago.

Pero la última palabra la tiene siempre Connery. “Al acabar tu turno, asegúrate de llegar vivo a casa”, alecciona a Costner tras su fortuito encuentro nocturno.

Y Roglic acabó tocado pero no hundido. Esta Vuelta está muy viva.

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El descosido de Soler

{Banda Sonora: Qué puedo hacer – Los Planetas}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – Sin duda no es la mejor idea afrontar el visionado de la undécima etapa de la Vuelta con un tremendo cachopo entre pecho y espalda pero, ¿cómo homenajear si no el épico ágape que nos pegamos –hace tres años ya– La Maja y yo al poner pie a tierra en Villaviciosa, de donde parte este sábado la carrera rumbo al alto de La Farrapona?

Fue nuestra propia ronda ciclista de mes y medio, desde Toulouse hasta Gijón bordeando el Canal du Garonne y luego la costa atlántica. Conforme nos acercábamos a Asturias, crecía con cada pedalada mi ansiedad por saborear de una vez el típico plato asturiano. ¿Recuerdan cuando aún podíamos ir a restaurantes?

Poca broma con el cachopo. La primera vez que lo caté fue con mi padre en Oviedo, tras un partido de Copa del Rey del equipo local contra la Real Sociedad. Casi a medianoche. Craso error. Y fue uno por cabeza. Pa’ morir de la fartà. No recuerdo cuantos orujos de hierbas siguieron para bajar tal monstruo de carne empanada, jamón y queso, pero por suerte el hotel quedaba a dos pasos.

La segunda fue en Villaviciosa, compartido, a mediodía y a medio paso de la pensión. Flor de cachopo, que dirían los uruguayos, otros enamorados de lo que allí denominan milanesas. Solo hubo que tomar el ascensor para asegurar la digestión. Eso sí, la siesta fue de aúpa. La Maja desconectó durante cuatro horas, lo que me dio tiempo para atender pendientes como el visionado del documental Aigua, infern, cel, desgarradora crónica de la selección española de waterpolo que se colgó la plata en Barcelona’92. Muy recomendable.

Volviendo a la Vuelta, cabe decir que el recorrido sabatino lo hubiera firmado el propio Dragan Matutinovic, el seleccionador croata al que todos los integrantes del equipo coincidieron en odiar por su áspero carácter, severidad y exigentes métodos de entrenamiento. Hasta cuatro puertos de primera categoría depara la considerada por muchos etapa reina, con permiso de la ascensión al Angliru del domingo, sin apenas tiempo para recuperarse.

Primoz Roglic, de nuevo líder empatado a tiempo con Richard Carapaz tras exhibirse el viernes, reserva piernas para más adelante junto al ecuatoriano y deja que tanto Marc Soler como Guillaume Martin y David Gaudu, entre otros, se escapen a 80 kilómetros de la meta. Pero ambos favoritos llegan justos de fuerzas, a 1:03 del ganador y acompañados por Dan Martin, tercero en la general, y Enric Mas, quinto. Hugh Carthy, cuarto clasificado, es el único de los candidatos en ceder siete segundos.

El plato del día se lo disputan un bravo Soler quien, tras liderar un buen tiempo la escapada sin demasiada colaboración, da un golpe de riñón a falta de 5 kilómetros y logra descolgar a Martin pero no a Gaudu, quien le sigue a rueda, amenazando con zamparse de un bocado la etapa que durante tan largo rato ha estado cocinando el catalán.

Tras a batir los huevos y esparcir el pan rallado, es indispensable para la elaboración de un buen cachopo –según aprendo de mi admirado Alberto Chicote en Pesadilla en la cocina–  golpear y espalmar la carne para romper sus fibras, asegurando así que el bistec se enternezca y sea lo suficiente fino como para admitir sin hincharse la capa del rebozado y el relleno del queso.

La receta es simple pero la elaboración casera tiene su truco, especialmente si uno se empeña en complicarse la vida respetando las mastodónticas cantidades –ideales para llenar el estómago de un minero asturiano, no tanto para una plácida digestión urbana– y opta además por la variedad del Cabrales para completar el invento. Ante el riesgo de desastre, La Maja aparece con una solución a la antigua (no aprobada por Chicote pero que en este espacio amateur validamos) para evitar que el librito acabe perdiendo hojas por toda la cocina: con unos simples palillos, cose los bordes de la carne y ¡voilà!: Vuelta y vuelta en la freidora y a degustar.

Pues bien, Soler puso todo lo que tenía que ponerle a la etapa – sobre todo, amor– pero olvidó los palillos; y Gaudu, que como buen bretón seguramente también sienta cierto aprecio por la sidra, se bebió los últimos 200 metros de un trago y le hizo un descosido. El postre, en lo alto del podio; a poder ser, cuajada con miel.

“Siento rabia porque quizás me he precipitado”, reconoció a Televisón Española el de Vilanova.

¿Qué más puedo hacer?, se preguntará Soler.

Y quizás tararee entonces aquel pegadizo estribillo de Los Planetas: pero nunca más, pero nunca, nunca más.

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