Carapaz, ni feliz, ni perdiz

{Banda Sonora: Malamente-Cap.1: Augurio – Rosalía}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – Caen las etapas de la Vuelta a España y las páginas de este diario como caen caducas la hojas de los árboles de la sierra castellana, conforme los ciclistas avanzan hacia el Ato de la Covatilla, penúltima y exigente parada de la carrera antes del protocolario paseo dominical por Madrid.

“La Vuelta debería correrse siempre en noviembre”, comenta el colega Joe, admirador de la ampliada paleta de colores del follaje que enmarca este año la competición. Pisa el pelotón el adoquinado y coqueto pueblo de Candelario, donde los locales interrumpen la sobremesa para alentar –distancia de seguridad mediante– a los corredores; y tan prietas están sus calles que uno teme que algún despistado cruce el portal de casa a por tabaco y se tope de bruces con el maillot rojo.

En otra jornada húmeda y fría, esta vez con 178 kilómetros de recorrido y nuevo final empinado, las zonas más rurales las envuelve por momentos una espesa niebla y, aunque la organización se ha encargado de peinar las carreteras de su frondosa moqueta otoñal, la escenografía se asemeja bastante a la que dio lugar al rodaje de la exquisita película del añorado Don Luis García Berlanga, La escopeta nacional. “Jaume, ¿ves algo por allí?”, le preguntaban en la cinta al modesto pero ambicioso empresario catalán Jaume Canivell, (interpretado por el gran José Sazatornil) durante la surrealista cacería de fin de semana en la finca de un marqués madrileño. “Aquí no se ve nada”, contestaba Jaume.

Poco movimiento se observa entre el grupo de favoritos durante buena parte de la etapa, que ha salido a buen ritmo de Sequeros, y tanto el líder, Primoz Roglic, como su escolta, Richard Carapaz, dejan que un grupo de fugados, entre los que se encuentran Ion Izaguirre, Marc Soler, Guillaume Martin, Gino Mäder; David Gaudu y David De La Cruz apuesten por la victoria de etapa. No habrá pues bonificaciones para el maillot rojo, quien cuenta 45 segundos de ventaja sobre el ecuatoriano y 53 respecto al inglés Hugh Carthy, tercer clasificado. Así, el último asalto a la Vuelta se peleará a pelo, de tú a tú, como mandan los viejos cánones del ciclismo. O eso pensamos…

Roglic cuenta la baza del potente equipo Jumbo y especialmente el joven Sepp Kuss, gregario de lujo a quien debe gran parte de su éxito en la ronda española. Pero el último puerto de la temporada ciclista, de categoría especial, engaña: sus anchas curvas dibujan un trazado en apariencia menos áspero que otras cimas míticas como la pirenaica Hautacam, pero permiten que el viento azote sin descanso la cara de sus exhaustos escaladores. Y, cuando Carapaz y Carthy se deciden finalmente a atacar a falta de cuatro kilómetros para la meta, el rostro de Kuss exhibe la impotencia del derrotado. El as en la manga del líder cae como naipe entre las hojas, y el esloveno intenta desesperadamente, con un pundonoroso golpe de riñón, que no se le derrumbe toda la baraja por segunda gran partida consecutiva.

Ya con Gaudu camino del triunfo tras un impresionante ascenso final en que suelta a a Mäder e Izaguirre, Roglic lucha contra la tenacidad de Carapaz, que a su vez se va de Carthy, así como el fantasma de la penúltima etapa del Tour de Francia, cuando Tadej Pogacar le quitó contra pronóstico el maillot amarillo. La losa emocional tira de su bicicleta mientras el aspirante ecuatoriano, la cabeza gacha, los ojos clavados en la cumbre y los dientes apretados, aumenta el ritmo en solitario, arañando segundos que puedan voltear la general: 10, 12, 15, 20…

“Es una jornada de ciclismo puro”, se felicita anticipadamente en la retransmisión Perico Delgado. Pero, cuando andamos todos con el cronometro en la mano y el corazón en un puño, aparecen en el plano Soler y Enric Mas para ejercer de salvavidas de un Roglic que se hunde. Agarrado a los dos Movistar, resguardado del viento, el líder reflota y alcanza, maltrecho pero aún líder, la orilla de La Covatilla. Al final solo 21 segundos le ha podido sacar Carapaz, que sigue segundo en la carrera, a 24 del ex saltador de esquí. Le felicita, siempre elegante, el esloveno y seguidamente saluda a Soler y Mas, sin duda agradecido por una sospechosa remolcada que quizás – ya nunca lo sabremos a ciencia cierta– haya acabado por definir al vencedor de la Vuelta.

Ni Perico ni Carlos de Andrés dan crédito a la maniobra, aunque el segundo apunta que la salida del ecuatoriano de Movistar no fue precisamente amistosa. ¿Venganza servida en frío del equipo español?

La situación parece tan absurda que podría colarse en cualquier escena de Berlanga pero, por si acaso, le preguntan por ello a Mas en Televisión Española. El balear no se da por aludido: “No ha sido ni ayudar a uno, ni joder a otro. Ha sido una situación de carrera”, alega, homenajeando sin saberlo otro impagable diálogo de La escopeta nacional:

-¿Así que usted políticamente no está comprometido?

-Apolítico. Total. De derechas, como mi padre.

Estimat Enric, ya se sabe que excusatio non petita, accusatio manifesta. Y si bien Movistar acusó en su día de desleal a Carapaz, la deslealtad en el día de hoy ha sido del equipo español con los aficionados al ciclismo. Algo huele a podrido en lo alto de la Covatilla y, por mucho que Carapaz ponga buena cara bajo la mascarilla –“no tengo comentario, tendrían sus intereses”, despacha–, uno siente que se queda un poco como el amigo Canivell al final de la película. Y recitarán, los más berlanguianos, su irrebatible moraleja: “Y ni fueron felices ni comieron perdices… desgracia habitual mientras existan ministros y administrados”.

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