(Algunos) siempre tendremos seis años

{Banda Sonora: La Trinca – Dansa del Sabre}

Por ÀLEX OLLER

Nada como ver un Atlético de Madrid-Chelsea resuelto por la mínima en Bucarest para darse cuenta del incalculable valor del tiempo en nuestras vidas y de cómo lo solemos desperdiciar algunos con infumables tostones –por usar un adjetivo recientemente al uso en ciertos sectores–: otro partido más, este de ida de octavos de final de la Liga de Campeones, del que apenas podemos rescatar un golazo de Olivier Giroud.

“Cuando sabes que el tiempo es corto, el tiempo te hace muy feliz”, le dijo Pau Donés a Jordi Évole en su última charla antes de despedirse de la vida, que definió como “momentos, personas, vivencias, colores, sensaciones y emociones”. La entrevista, emitida dos días antes del 40 aniversario del 23-F, acabó con el cantante interpretando a pelo El sitio de mi recreo del también añorado Antonio Vega, canción que incita como pocas al viaje espacio-temporal. Eso que nos da por llamar nostalgia.

Parecido efecto produce la lectura de Siempre tendremos 20 años, el último cómic de Jaime Martín, aunque su banda sonora discurra por circuitos más rockeros. El autor de Jamás tendré 20 años y Las guerras silenciosas, entre otras obras, retrata con destreza una juventud española marcada por la transición, con las frustraciones e inquietudes propias de la edad y un telón de fondo cambiante del blanco y negro al tecnicolor que él mismo se encarga de dibujar, lápiz en mano, desde el instituto a las editoriales barcelonesas y francesas.

Consta, como no, el frustrado golpe de estado que conmemoramos estos días –su fracaso, no el intento– con multitud de programas y reportajes especiales, también sobre la música que acompañó aquel inicio de los 80 y la que surgiría como consecuencia de tan funesto arrebato militar. A muchos ciudadanos, como ilustraba la versión de Dansa del Sabre de La Trinca, se les aparecieron viejos fantasmas; otros, como Martín, alcanzaron a contextualizar el histórico momento; y algunos, demasiado niños aún para comprender el significado de cuanto acontecía, llegamos a intuir que algo, efectivamente, estaba aconteciendo por primera vez en nuestras cortas vidas.

“Demasiado mayor para entender tik tok, muy joven para soportar la turra del 23-F”, escuché esta mañana en la radio; y si bien es cierto que a menudo tendemos a la sobrecobertura informativa –así como a entronizar figuras poco edificantes en representación de causas de lo más venerable–, conviene recordar, como hizo Meritxell Batet en el Congreso, que “los peligros existen”.

El mayor que nos ocupa tiene un nombre bien claro: se llama fascismo. Y más nos vale no olvidar que 40 años atrás retomó momentáneamente la escena para generar no pocas emociones entre quienes padecieron la dictadura.

Momentos, personas, vivencias, colores, sensaciones y emociones. Pasa el tiempo y pasan los tostones infumables. Mientras, algunos seguimos buscando a diario, ya sea mediante partidos de fútbol, cómics o canciones, el sitio de nuestro recreo.

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París a toda vela

{Banda Sonora: New Funk Génération – F.F.F}

Por ÀLEX OLLER – Empecé el miércoles trotando por delante del ya icónico Hotel Vela, escenario la madrugada del martes de un piromusical no solicitado por parte de algunos desubicados aficionados culés. “Recurso de equipo pequeño”, pensé, constatando que no quedaba ya rastro de la gamberrada, destinada a interrumpir el sueño de los futbolistas del Paris Saint-Germain allí hospedados.

Mal asunto para el Barcelona cuando una eliminatoria de octavos de la Liga de Campeones parece disputarse más en la calle que en el campo, donde los azulgrana se vieron arrollados por el que, a día de hoy, es su principal rival en Europa desde el punto de mira institucional. Tras años de rifirrafes en los despachos, siempre ganados por los parisinos, Ronald Koeman calentó la previa quejándose de los insistentes guiños desde la capital francesa hacia su principal activo futbolístico: Leo Messi.

Al goleador de la primera Champions del Barça y hoy técnico se le empieza a torcer el tupé, irritado por la creciente presión sobre su continuidad, las críticas sobre el juego en otra frustrante temporada y la escasa competitividad del equipo en la sonada derrota, 4-1 en casa contra el PSG. Apenas las paradas de Marc-André ter Stegen y un arrebato verbal de Gerard Piqué –ventajas de la nítida acústica que proporcionan los estadios vacíos en tiempos de pandemia–, esbozaron una mínima resistencia por parte de un equipo venido a menos en el que bien pudo ser el último partido internacional de Messi en el Camp Nou defendiendo –es un decir–los colores azulgrana.

Algunos culparán al diez, que estuvo peor en la sala de prensa –o sea, no estuvo– que sobre el campo, aunque tampoco allí se distinguiera, precisamente. Otros apuntarán a Koeman, no sin argumentos, y no faltarán los dedos que señalen los despachos, pendientes por ahora de que los ocupe una nueva junta directiva; o no tan nueva, de imponerse Joan Laporta en las próximas elecciones.

Entretanto, Kylian Mbappé levantó la mano en las oposiciones a relevar a Messi del trono del fútbol mundial con una pletórica demostración de técnica, velocidad y goles que evocó la memorable exhibición de George Weah en el mismo Camp Nou hace 25 años y con la misma camiseta. No menos brillante, pese a no marcar, estuvo Mauro Icardi, quien regresó a la casa donde se formó para firmar un auténtico partidazo con presión defensiva incluida sobre Messi, acusado en ocasiones de vetarle en las convocatorias de la selección argentina. Marco Verratti, otro objetivo del Barça retenido por el PSG, se multiplicó para borrar del campo a Sergio Busquets, Frenkie De Jong, Pedri y quien se pusiera por delante, sin atender al carné de identidad.

Tranquilo en la zona técnica, Mauricio Pochettino, dirigía sin aspavientos a los suyos, consciente de que este Barça dista mucho del Dream Team de Johan Cruyff que tantas veces le amargó la existencia como central del Espanyol; no digamos ya de la versión mejorada luego por Pep Guardiola, que dio el martes su último coletazo sin más testigos presenciales que los propios protagonistas.

Ni necesitó el PSG a Neymar, baja por lesión, para sentenciar a los azulgrana y anunciar su firme candidatura a conquistar de una vez por todas la Champions. En el Camp Nou, escenario en 2017 de su más sonado batacazo, el club parisino evidenció el martes que su ambicioso proyecto continental no solo parece asentado, sino que navega a toda vela, con sueño o sin.

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Le vale madre

{Banda Sonora: One More Time – Daft Punk}

Por ÀLEX OLLER – Primero lo primero. Hace 12 días, tras glosar a lo largo de seis párrafos las virtudes de Tom Brady, acabé apostando en este prestigioso espacio por el triunfo de Kansas City en la Superbowl; y además, de paliza.

Pues bien, sí fue paliza. Pero del lado contrario. Escribo estas líneas con el marcador fresco, 31-9 a favor de los Buccaneers, y la imagen en pantalla –sí, una vez más– de Tom Brady sujetando el trofeo de campeón mientras le nombran MVP. Un inmaifeis en toda regla por parte del mejor jugador de todos los tiempos. Especificamos lo de jugador por encima de quarterback, porque nadie puede toserle ya al Golden Boy, tras la conquista de su séptimo título a los 43 años.

Si mi predicción pareció atrevida, me explico a continuación: Patrick Mahomes, el mariscal designado como sucesor de Brady –si algún día a este señor le da por retirarse– apenas suma 10 derrotas en 54 partidos disputados en la NFL, la ofensiva de Kansas City está marcando época bajo su dirección y la defensa, en especial su secundaria, se antojaba capaz de frustrar al veterano pasador, susceptible a la presión de los linieros.

No fue así, exactamente.

Lo único que rozó el dorsal 12 fue el confeti al final del partido, y Brady fue capaz de desmontar con precisión quirúrgica y no poca paciencia a los campeones defensores. Se llevó merecidamente el MVP por completar, una vez más, una Superbowl para enmarcar, libre de fallos y en la que aupó nuevamente el nivel de sus compañeros como solo lo pueden hacer los realmente grandes: en los mayores momentos. Y es que el efecto del GOAT va más allá de la cancha. Por él regresó tras retirarse Rob Gronkowski, clave en la final con dos touchdowns, logró reclutar al mercurial Antonio Brown, reivindicado con otro TD, y ejerció de reclamo para Leonard Fournette, quien también anotó después de sufrir el ninguneo del resto de la liga.

¿Qué pensarán en Boston al ver cómo, en su primera campaña en Florida, Brady canta victoria de la mano del veterano entrenador Bruce Arians y el prometedor asistente Byron Lefwitch? Argumentaba en la previa el colega Ricardo López, que de esto sabe bastante más que yo, que Tampa tenía mejores piezas, que sus linebackers podrían contener a Travis Kelce entre líneas y tanto Jason Pierre-Paul como Shaquil Barrett aprovecharían la debilitada protección de Mahomes para sacarle de su zona de confort y forzar errores.

Debo reconocer que el premiado analista de los Rams las clavó todas. Mi razonamiento era el siguiente: en caso de llegar apretados al último cuarto, la balanza podría decantarse del lado de la mística y saber hacer de Brady pero, de empezar con mal pie, al ultra competitivo quarterback le podrían entrar las prisas y exponerse así al rodillo de Kansas City. Aposté por una ventaja temprana para los Chiefs y, si bien anotaron un primer gol de campo, luego cedieron la iniciativa y remaron siempre a contracorriente. Los Bucs, que arrancaron la campaña con claroscuros, fueron de menos a más y, ya en la gran cita, parecieron un calco de los Patriots al ejecutar un plan perfecto, sin jugadas para la galería pero tampoco costosas faltas o turnovers que dieran alas al rival.

El pundonor de Mahomes fue digno de aplauso, aunque Brady no esté listo aún para ceder el relevo. Las estadísticas, los análisis y las predicciones simplemente no sirven ya para explicar la grandeza del mito, que sí resumió acertadamente Ricardo con el siguiente razonamiento: “Los Superbowls, los MVPS, los récords, todo lo que ha ganado… le vale madre. A sus 43 años, sigue queriendo ganar el próximo partido más que cualquier otra cosa. Siempre quiere más”.

Y si por si acaso quedaban dudas, el siete veces campeón lo dejó bien claro desde el podio. “Volveré”, avisó cual Terminator.

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Séptimo partido en el Madison

{Banda Sonora: Rhapsody in Blue – George Gershwin, Gary Graffman, Zubin Mehta, New York Philarmonic}

Por ÀLEX OLLER

“Algo se cuece a orillas del río Hudson”, podría pregonar nuestro añorado Andrés Montes. Y sí, parece que algo de humo emana de la cocina del Madison Square Garden. No es el vapor de las fantasmagóricas alcantarillas del pavimento de Manhattan. Debe ser la cabeza pensante de Tom Thibodeau –Thibs, para los amigos– dándole vueltas al próximo plan de acción de los Knicks, el equipo estandarte del baloncesto neoyorquino y que suma ya demasiadas temporadas ejerciendo de hazmerreir de la NBA.

Campeones por última vez en 1973, solo han clasificado a los Playoffs en cuatro de sus últimas 19 temporadas, recopilando sonoros fracasos deportivos y bochornos de lo más variopinto lejos del parqué. La sufrida afición del Madison acusaba al cierre de la pasada campaña un estado anímico bordeando la indiferencia, algo harto difícil de conseguir en una ciudad que se considera a sí misma el ombligo del mundo, donde impera la ley del más fuerte, tanto en las moquetas de las entidades financieras como el asfalto de las canchas callejeras.

Nos ahorraremos pues la lista de agravios bajo el mandato del propietario James Dolan, cuyo último intento de reflotar el barco pasó por el reclutamiento de un entrenador chapado a la antigua y que recopiló grandes éxitos como asistente defensivo en Boston antes de destacar –ya con plenos poderes– en Chicago y defraudar en Minnesota.

La contratación de este entusiasta del catenaccio baloncestístico, solterón y contrastado workaholic vino a corroborar las intenciones de alterar profundamente lo que a algunos les ha dado por llamar “cultura de club”. No sé si cabe atribuir demasiada estrategia a los movimientos de la gerencia a lo largo de las últimas dos décadas, más acordes a un arrebato con tres copas de más en un casino que al análisis profesional de las posibilidades de mercado.

El caso es que Thibs asegura, por lo menos, un mínimo de seriedad a la hora de la toma de decisiones y, junto con el general manager, Scott Perry, se espera que pueda moldear un plantel competitivo a su imagen y semejanza. Ya se intuyeron algunos brotes verdes la pasada campaña y, con 22 partidos disputados en la actual, podemos afirmar que estos Knicks no son ningún chiste. Tras sufrir una grave lesión en su debut con los Lakers y pasar a ser uno de los jugadores más infravalorados de la liga en las cinco siguientes temporadas, Julius Randle está que se sale en la pintura, siguiendo la tradición de ala-pívots de corte clásico de la franquicia – Dave Debusschere, Charles Oakley, Larry Johnson, Anthony Mason, Xavier McDaniel, Chris Smith…–, RJ Barrett florece en su segunda campaña como alero multiusos capaz de medirse de tú a tú con los mejores y, mientras el rookie Obi Toppin se foguea, Immanuel Quickley ejerce de grata sorpresa en el puesto de base, con un desparpajo muy propio de los directores de juego del agrado de Thibodeau.

Pendiente de retocar algunas piezas –quizás el exterior Austin Rivers, poco riguroso en el manejo de la ofensiva–, el efecto Thibs ya se nota en el todavía vacío Madison, tal es la maldición sobre la apasionada hinchada knickerbocker. La duda es si el veterano técnico, ideal para dar el primer paso fuera del pozo, será capaz de pisar firme en el segundo… y los que falten hasta poder competir nuevamente por el campeonato.

Lo bueno del nativo de Connecticut conlleva también lo malo: una alta exigencia física y mental que acaba por desfondar a sus jugadores. Guerreros como Joakim Noah, Luol Deng, Derrick Rose o Jimmy Butler brillaron bajo su tutela, pero los dos primeros sufrieron apagones súbitos cuando su cuerpo dijo basta, el tercero nunca volvió a ser el mismo tras destrozarse la rodilla en los minutos de la basura, y el cuarto por ahora aguanta como un titán en  Miami; tanto que tampoco sería de extrañar una nueva reunión con su mentor en Nueva York.

“Con Thibs, todos los partidos son un séptimo partido. Todas las posesiones son un séptimo partido”, bromeaba en Chicago Noah.

Ese mismo espíritu se palpa hoy a orillas del Hudson. Algo se cuece en el Madison, sí. Y el chef no está para bromas.

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Brady ya ganó, le pongo a Kansas City

{Banda Sonora: Kansas City – Albert King}

Por ALEX OLLER

Tom Brady ya ganó. Ganó cuando tomó su primer snap en sustitución de Drew Bledsoe el 23 de septiembre 2001. Generalmente, los elegidos en el número 199 del Draft no llegan a debutar en la NFL. Y menos en la posición de quarterback. Brady, que como novato lanzó tres pases, le ganó luego la titularidad a uno de los mejores en su posición y ganó la Superbowl en su segunda temporada. Y luego otra. Y otra. Y otra… y así hasta contar media docena.

Dentro de 11 días, el apodado Golden Boy tendrá, a sus 43 años, ocasión de ampliar su palmarés con la consecución de su séptimo trofeo Vince Lombardi en caso de tumbar a los Kansas City Chiefs en Tampa Bay, donde ahora imparte cátedra. Pero es que el flamante mariscal de los Buccaneers ya ganó. Lo hizo durante 20 temporadas en New England, donde creó de la nada una dinastía junto al entrenador jefe Bill Belichick, con quien entrará de la mano algún día en el Salón de la Fama. El viejo cascarrabias sin duda también merece su cuota de crédito y, como Brady, probablemente deba considerarse el mejor de todos los tiempos en su rol; o G.O.A.T, como prefieren abreviar algunos. Quien sepa por qué se rompió el matrimonio hará un año, tras la derrota de los Patriots en el Wild Card contra Tennessee. Pero el caso es que el veterano jugador decidió emigrar a Florida. Un sorprendente golpe de teatro como conclusión a una brillante y singular carrera, no exento de riesgos. Y, sin embargo, una vez más, Brady estará en la gran final.

Venza o pierda contra los Chiefs del electrizante Pat Mahomes el día 7, Brady ya ganó, cerrando definitivamente el debate sobre a quién corresponde mayor autoría en el prolongado éxito de los de Massachusetts. Si el gerente de los Chicago Bulls de Michael Jordan, Jerry Krause, abrió hace años la polémica con su famosa declaración de que “son las organizaciones las que ganan campeonatos, no los jugadores”, el último triunfo de Brady logra también desacreditar al ya fallecido directivo. Porque triunfazo es alcanzar la Superbowl con los Bucs, una franquicia que cuenta un título en sus vitrinas, en 2002, y apenas clasificó tres veces a los Playoffs desde entonces.

Al imponerse el pasado domingo en Green Bay, su tercera victoria seguida a domicilio, Brady dejó en la cuneta a otro grande como Aaron Rodgers, seis años menor, y pasó con nota su decimocuarta final de Conferencia en 21 campañas en la NFL, una estadística inaudita junto a sus 33 triunfos en postemporada, más del doble del segundo de la lista: el legendario Joe Montana, con 16.

El Golden Boy ya ganó. Derrotó a todos sus rivales, incluido Belichick cuando este pasó a ocupar la trinchera enemiga, un movimiento que empezó en los despachos al fantasear el coach con un futuro post-Brady en el que obraría parecida magia con el emergente Jimmy Garoppolo. El supuesto sucesor acabó con sus huesos en San Francisco, perdió la Superbowl el año pasado contra los Chiefs y este año ni olió los Playoffs mientras Tompa Bay aspira a coronarse ante Mahomes y compañía en su propia casa.

A Brady no le quedan rivales en el fútbol americano. Si busca más alicientes, quizás los encuentre en otros deportes: ¿superar los seis campeonatos de Jordan en la NBA? No dudo de su capacidad, al igual que MJ, para la automotivación; pero me permitiré en este caso apostar (es un decir) por los Chiefs de Mahomes, el único que se antoja ahora mismo capaz de seguir medianamente su estela. Con 25 años recién cumplidos, cuenta ya con una Superbowl y luce mejor reparto, incluyendo al entrenador. Cuesta ir contra quien lo ha ganado todo, pero precisamente por ello opino que, completada definitivamente una obra maestra, toca abrir otro libro cuya portada promete.

Le pongo a Kansas City. Y por amplio margen. Que no se diga.

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Una vez me reí de Marc Gasol

[Esta columna fue editada y publicada en noviembre de 2020 por LA OPINIÓN]

{Banda Sonora: City Of Stars – Ryan Gosling, Emma Stone}

Por ALEX OLLER

Una vez me reí de Marc Gasol. Pero fue, como diría Jacinto Antón del asalto al Congreso de los Diputados en 1981 (casi) sin querer. Fue en privado, una simple charla entre colegas. Hace tiempo. Bastante tiempo. Una fanfarronada sin más, propia de un impostor al que, de vez en cuando, le gusta dárselas de entendido. Y aquel día me equivoqué. No entendí nada. No había entendido que Marc Gasol, el objeto de mi desafortunado chiste, un competidor como la copa de un pino del que más bien poco sabía, había venido para quedarse. Que de broma, nada.

Marc era entonces el hermano pequeño de Pau. Perdón, el hermano gordito. El hermano malo, según se atrevieron incluso a definir algunos desaprensivos. Hasta allí no llegué, pero sí me pareció un stretch, como dicen en Estados Unidos, aventurar que a ese joven pívot, por entonces todavía en formación, le esperaba un brillante futuro en la NBA.

Marc disputaba su primera temporada con los Grizzlies tras dar el salto desde el ya desaparecido Akasvayu Girona de la liga ACB de España, donde ya había rendido bastante bien. De hecho, podríamos decir que el Akasvayu Girona, un equipo sin historia surgido prácticamente de la nada a 100 kilómetros de Barcelona, era prácticamente Marc Gasol. Pero de Girona a la NBA, y concretamente a los Lakers de Kobe Bryant, de Shaquille O’Neal, de Magic Johnson, de Kareem Abdul Jabbar, de Jerry West, del Showtime, mediaba un trecho. Y pese a todo, habían apostado por él en el Draft de 2007.

Mi recelo se basó en otra desafortunada apreciación por parte de otro colega durante el All Star de Houston de 2006, cuando Marc aún luchaba por hacerse un hueco en la rotación del Barça y el serbio Dusko Ivanovic, célebre por sus severos métodos de entrenamiento, ejercía de técnico azulgrana. “Al gordito lo va a hacer llorar”, predijo el experto (aquí sin ironía alguna).

Desconozco si Marc lloró, pero lo pasó mal hasta que se reencontró con Svetislav Pesic, quien supo ver en el patito feo, si bien no las cualidades de un cisne, sí el tesón de un guerrero capaz de convertirse en un hombre importante; tanto que se lo llevó con él a Girona. Y a orillas del río Ter, Marc se convirtió en Marc.

Algunos no lo supimos ver hasta más adelante. Hasta que soltó amarras en el Mississippi y cuadró el círculo que había iniciado años antes en el instituto local de Memphis, cuando aún ejercía de hermano pequeño de Pau. Con el tiempo, se ganó el corazón de los aficionados, formando un formidable dúo interior junto a Zach Randolph, así como el respeto de los analistas, que vieron como el poste iba quemando etapas, mejorando sus prestaciones, puliendo su físico y ampliando su juego. Dicen que en el FedEx Forum muchos lo prefieren incluso a Pau, que su estilo combativo encaja más con una ciudad de las consideradas blue collar de Estados Unidos y que, al haber crecido a la sombra de su hermano, es uno más entre ellos.

Desde aquel mal chiste en una ya difunta redacción, Marc ha superado cualquier expectativa tras ejercer de moneda de cambio a los Lakers para fichar a Pau. Su palmarés incluye dos Mundiales, dos platas olímpicas, tres elecciones al All Star de la NBA y un anillo de campeón con los Raptors. Incluso escribió el prólogo de El sueño de mi desvelo, del compañero Antoni Daimiel. En él explicaba cómo empezó a soñar despierto viendo los partidos de Hakeem Olajuwon, “uno de los pívots de los que más he aprendido”, de los Bulls de Michael Jordan y, sí, “de los Lakers de Shaq y Kobe”, y escribía lo siguiente: “Apenas podía imaginar en aquel momento lo que vendría después”.

Así de aplicado, atento y generoso es Marc Gasol, capaz, sin tan siquiera proponérselo, de que el mas patán de los pronosticadores se sienta un poco menos patán por meter la pata. Al fin y al cabo, hasta Dirk Nowitzi no se podía creer que fuera el hermano de… cuando se lo encontró por primera vez.

Ahora, como bien apunta otro del gremio, viene a Los Ángeles “a cuadrar el (otro) círculo”, junto a LeBron James y –esperemos– Anthony Davis. Sus números ya no son los de Memphis, está mayor, va sufriendo achaques físicos tras fracturarse el pie derecho en 2016 y su rol se ha visto reducido.

Pero no seré yo quien descarte aquí un final made in Hollywood. Con Marc, no más bromas.

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Volver (Etapa prólogo en diferido)

{Banda Sonora: Lametavolante – Facto Delafe y las flores azules}

Cuenta mi amiga Ángela que cuando su marido, Gerald, generoso administrador del blog donde suelo escribir mis disparates, le comentó que estaba elaborando un diario de la Vuelta a España respondió entusiasmada que qué gran idea. Que fenomenal.

Ángela es periodista, lee muchas cosas no necesariamente relacionadas con el ciclismo, reportea en varios formatos y sabe bastante de esto. O sea, que valoro su opinión, vamos.

La cosa es que Ángela interpretó “Vuelta” con minúscula y el artículo “la” como “mi” o, en su defecto, “nuestra”, si incluimos a mi mujer. Tras un periodo de casi dos años viviendo en Uruguay, la pandemia interrumpió nuestro intento de sabático por el sudeste asiático y precipitó un caótico regreso a España en abril. Y Ángela pensó que este Diario de una Vuelta –con mayúscula– iba de eso, y que resultaría de lo más interesante.

La idea no era mala. De hecho, ya la tenía pensada. Y había entrenado un ejercicio similar durante el Mundial de fútbol de Rusia 2018. Pero, como soy más vago que un chuparruedas en un puerto de quinta categoría, se quedó durante meses en un cajón. Y allí sigue, como tantas otras…

Una cosa es andar de sabático saltando de una isla pirata a otra en chancletas y otra muy distinta estar confinado en Poble Sec sin oficio ni beneficio y tirado en el sofá en pantuflas, por mucho que uno admire el estilo de vida de The Dude, el inimitable héroe de The Big Lebowski. Llevaba demasiado tiempo sin darle al teclado. Urgía, como decía un antiguo jefe, “mover esos deditos”.

Y entonces empezó la Vuelta y me fui a ver Volta, 100 anys de ciclisme, el estupendo documental de Gerard Peris y Jon Herranz que me puso definitivamente las pilas. A la mañana siguiente, estaba delante del ordenador, tecleando. “A ver cuánto duro…”, me dije. Por la tarde vi la segunda etapa y repetí. Y así hasta completar las 18 jornadas de carrera. Todo sin tener ni la más pajolera idea de ciclismo, más allá de las eruditas crónicas de Carlos Arribas y las deliciosas columnas de Pedro Horrillo, verdadera fuente de inspiración de este particular formato.

Tres semanas dan para mucho en esta nueva normalidad: el diario empezó con mi mujer confinada por coronavirus y acabó con su regreso –aparentemente sana– al trabajo, entremedio hubo un fallido intento de moción de censura al presidente del gobierno, nuevos confinamientos –o restricciones de movilidad social, como prefieran–, toques de queda, protestas de todo tipo, elecciones a la presidencia de Estados Unidos, una reforma constitucional en Chile, otra crisis institucional en el Barça, el último disco de Bruce Springsteen y decesos ilustres como el de Sir Sean Connery o todo un referente como Javier Reverte que vinieron a engordar la dolorosa lista de fallecidos de este 2020 que no acaba.

La pandemia ha cambiado cosas. Aunque no necesariamente nuestra percepción de las mismas. A quienes nos gusta el deporte y el periodismo siguen sin gustarnos muchas cosas relativas al deporte y al periodismo. Pero, como quien se sube de nuevo a una bicicleta tras un largo paréntesis sin pedalear, inevitablemente regresamos, ni que sea por disfrutar del espectáculo y el simple placer de darle de nuevo a los deditos.

Este es (ha sido) el diario de una vuelta. O Vuelta. Ya no sé.

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La llegada

{Banda Sonora: En las calles de Madrid – Loquillo y Trogloditas}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – Es domingo: toca quiosco, toca pastelería, toca A Vivir que son dos días y toca Vuelta a España con despedida en Madrid. Leo de buena mañana en El País la columna de Manuel Vicent titulada La salida que nos habla, entre otras cosas, de la desbordante inteligencia de los pulpos, y añade La Maja que Juan José Millás viene de explicar en La Ser que cada tentáculo de estos fascinantes cefalópodos cuenta con autonomía propia pese a obedecer a un cerebro central, y que no hay que perderse My Octopuss Teacher, el documental que nos revela todo esto y más en Netflix. La cosa hoy va de pulpos, parece.

Toca también paella casera – sin pulpos pero con calamares y gambas, cortesía de Angela y Gerald– y sobremesa, aunque acortada por la disputa de la decimoctava y última etapa; no tanto por la competitividad de la jornada, reservada para los brindis de los protagonistas y un último sprint, sino por conocer algo más sobre el extraño desenlace del día anterior, cuando Movistar asumió un papel principal en una escena final en la que el espectador pedía un clásico duelo al sol entre los dos grandes pistoleros del cartel, Primoz Roglic y Richard Carapaz.

Pero parece que los comentaristas no están por la labor de esclarecer la polémica. Sea por la marca que les patrocina o porque se trate, al fin y al cabo, de una fecha destinada a la celebración, pasan página y se centran en las numerosas razones para la enhorabuena: la 75 edición de la Vuelta ha llegado sana y salva a Madrid en un año de enormes dificultades y la alegría no es para menos. Roglic es un digno bicampeón, Carapaz se siente en cierto modo ganador moral y sigue creciendo, y el ciclismo, pese al drama sanitario que nos azota, parece gozar de excelente salud deportiva, pues sus tres grandes rondas –Tour, Giro y Vuelta– se han definido este convulso 2020 por menos de un minuto cada una, recuerda Carlos Arribas.

Pasa también página Estados Unidos –y el mundo– con Donald Trump, aunque permanezcan los nocivos efectos del trumpismo, advierten los politólogos. Al final, los ganadores de la Vuelta y de las elecciones presidenciales se conocieron prácticamente al unísono, con ventaja de pocos minutos para el ciclista esloveno sobre Joe Biden. No le vendrá de eso al casi octogenario político, una loa a la constancia. También celebramos.

Tras 20 días de sufrido pedaleo, el pelotón despierta en la capital española y se pasea ufano por una Castellana vacía de espectadores rumbo al podio, igualmente huérfano de aplausos por las restricciones. En el último sprint de la temporada se ha impuesto por la mínima Pascal Ackermann a Sam Bennett, Movistar se lleva finalmente el triunfo por equipos y la diferencia que separa a Roglic de Carapaz se queda en 24 segundos en la clasificación general. A 75 del vencedor ha acabado el inglés Hugh Carthy, quien se sube por primera vez al podio en una gran ronda, mientras que Alejandro Valverde despedirá 2020 sin una sola victoria, una anormalidad para el murciano. El Bala asume que “ha sido un año extrañísimo. Esperemos que el próximo sea mejor para todos”; Roglic, feliz, irradia humanidad en sus declaraciones, se muestra agradecido con la organización y nos desea “buena salud”; y Carapaz, sin un ápice de rencor en sus palabras, asegura estar “contento” y con ganas de asaltar la próxima Vuelta. Cuesta no comparar la elegancia de estos hombres en un escenario prácticamente desierto con la pataleta de un Trump que, a estas horas, sigue parapetado en La Casa Blanca sin reconocer al vencedor de las elecciones, rompiendo así una venerable tradición de la democracia norteamericana. El deporte, tantas veces rico en la transmisión de valores pese a sus notables verrugas, vuelve a ejercer de inmejorable modelo a seguir, incluso para un sociópata como el todavía presidente. Tú puedes, Donald Trump, señala con un video plagado de ejemplos a pie de pista el New York Times. “Es hora de saber perder”, concluye el editorial.

Le cuenta un patrón de pesca a Vicent como, al caer en la redes de arrastre y luego a cubierta, los pulpos buscan rápidamente los imbornales para escapar de nuevo al mar; y argumenta el escritor que muchos intelectuales, que desconocen el motivo de tal clarividencia animal, tampoco suelen acertar con la salida por falta de gimnasia neuronal.

En este diario por lo menos entrenamos. No sé si acertamos, ganamos o perdimos, pero lo intentamos y, al final, llegamos como llegaron 142 valientes hoy a Madrid: algo cansados, pero agradecidos de poder seguir haciendo lo que les gusta y de que otros lo aprecien.

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Carapaz, ni feliz, ni perdiz

{Banda Sonora: Malamente-Cap.1: Augurio – Rosalía}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – Caen las etapas de la Vuelta a España y las páginas de este diario como caen caducas la hojas de los árboles de la sierra castellana, conforme los ciclistas avanzan hacia el Ato de la Covatilla, penúltima y exigente parada de la carrera antes del protocolario paseo dominical por Madrid.

“La Vuelta debería correrse siempre en noviembre”, comenta el colega Joe, admirador de la ampliada paleta de colores del follaje que enmarca este año la competición. Pisa el pelotón el adoquinado y coqueto pueblo de Candelario, donde los locales interrumpen la sobremesa para alentar –distancia de seguridad mediante– a los corredores; y tan prietas están sus calles que uno teme que algún despistado cruce el portal de casa a por tabaco y se tope de bruces con el maillot rojo.

En otra jornada húmeda y fría, esta vez con 178 kilómetros de recorrido y nuevo final empinado, las zonas más rurales las envuelve por momentos una espesa niebla y, aunque la organización se ha encargado de peinar las carreteras de su frondosa moqueta otoñal, la escenografía se asemeja bastante a la que dio lugar al rodaje de la exquisita película del añorado Don Luis García Berlanga, La escopeta nacional. “Jaume, ¿ves algo por allí?”, le preguntaban en la cinta al modesto pero ambicioso empresario catalán Jaume Canivell, (interpretado por el gran José Sazatornil) durante la surrealista cacería de fin de semana en la finca de un marqués madrileño. “Aquí no se ve nada”, contestaba Jaume.

Poco movimiento se observa entre el grupo de favoritos durante buena parte de la etapa, que ha salido a buen ritmo de Sequeros, y tanto el líder, Primoz Roglic, como su escolta, Richard Carapaz, dejan que un grupo de fugados, entre los que se encuentran Ion Izaguirre, Marc Soler, Guillaume Martin, Gino Mäder; David Gaudu y David De La Cruz apuesten por la victoria de etapa. No habrá pues bonificaciones para el maillot rojo, quien cuenta 45 segundos de ventaja sobre el ecuatoriano y 53 respecto al inglés Hugh Carthy, tercer clasificado. Así, el último asalto a la Vuelta se peleará a pelo, de tú a tú, como mandan los viejos cánones del ciclismo. O eso pensamos…

Roglic cuenta la baza del potente equipo Jumbo y especialmente el joven Sepp Kuss, gregario de lujo a quien debe gran parte de su éxito en la ronda española. Pero el último puerto de la temporada ciclista, de categoría especial, engaña: sus anchas curvas dibujan un trazado en apariencia menos áspero que otras cimas míticas como la pirenaica Hautacam, pero permiten que el viento azote sin descanso la cara de sus exhaustos escaladores. Y, cuando Carapaz y Carthy se deciden finalmente a atacar a falta de cuatro kilómetros para la meta, el rostro de Kuss exhibe la impotencia del derrotado. El as en la manga del líder cae como naipe entre las hojas, y el esloveno intenta desesperadamente, con un pundonoroso golpe de riñón, que no se le derrumbe toda la baraja por segunda gran partida consecutiva.

Ya con Gaudu camino del triunfo tras un impresionante ascenso final en que suelta a a Mäder e Izaguirre, Roglic lucha contra la tenacidad de Carapaz, que a su vez se va de Carthy, así como el fantasma de la penúltima etapa del Tour de Francia, cuando Tadej Pogacar le quitó contra pronóstico el maillot amarillo. La losa emocional tira de su bicicleta mientras el aspirante ecuatoriano, la cabeza gacha, los ojos clavados en la cumbre y los dientes apretados, aumenta el ritmo en solitario, arañando segundos que puedan voltear la general: 10, 12, 15, 20…

“Es una jornada de ciclismo puro”, se felicita anticipadamente en la retransmisión Perico Delgado. Pero, cuando andamos todos con el cronometro en la mano y el corazón en un puño, aparecen en el plano Soler y Enric Mas para ejercer de salvavidas de un Roglic que se hunde. Agarrado a los dos Movistar, resguardado del viento, el líder reflota y alcanza, maltrecho pero aún líder, la orilla de La Covatilla. Al final solo 21 segundos le ha podido sacar Carapaz, que sigue segundo en la carrera, a 24 del ex saltador de esquí. Le felicita, siempre elegante, el esloveno y seguidamente saluda a Soler y Mas, sin duda agradecido por una sospechosa remolcada que quizás – ya nunca lo sabremos a ciencia cierta– haya acabado por definir al vencedor de la Vuelta.

Ni Perico ni Carlos de Andrés dan crédito a la maniobra, aunque el segundo apunta que la salida del ecuatoriano de Movistar no fue precisamente amistosa. ¿Venganza servida en frío del equipo español?

La situación parece tan absurda que podría colarse en cualquier escena de Berlanga pero, por si acaso, le preguntan por ello a Mas en Televisión Española. El balear no se da por aludido: “No ha sido ni ayudar a uno, ni joder a otro. Ha sido una situación de carrera”, alega, homenajeando sin saberlo otro impagable diálogo de La escopeta nacional:

-¿Así que usted políticamente no está comprometido?

-Apolítico. Total. De derechas, como mi padre.

Estimat Enric, ya se sabe que excusatio non petita, accusatio manifesta. Y si bien Movistar acusó en su día de desleal a Carapaz, la deslealtad en el día de hoy ha sido del equipo español con los aficionados al ciclismo. Algo huele a podrido en lo alto de la Covatilla y, por mucho que Carapaz ponga buena cara bajo la mascarilla –“no tengo comentario, tendrían sus intereses”, despacha–, uno siente que se queda un poco como el amigo Canivell al final de la película. Y recitarán, los más berlanguianos, su irrebatible moraleja: “Y ni fueron felices ni comieron perdices… desgracia habitual mientras existan ministros y administrados”.

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Nielsen vence, Roglic convence

{Banda Sonora: El Día de la Raza– Alejandro Amenábar}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – “Venceréis, pero no convenceréis”, espetó Miguel de Unamuno a los fascistas que se reunieron el 12 de octubre de 1936 para celebrar el entonces llamado Día de la Raza en el paraninfo de la universidad de Salamanca, donde sentaba cátedra el escritor y filósofo bilbaíno. De la capital salmantina sale hoy rumbo a Ciudad Rodrigo la decimosexta y antepenúltima etapa de la Vuelta a España, que sigue liderando Primoz Roglic con 39 segundos de ventaja sobre Richard Carapaz.

Con el final en Madrid ya a vista de pájaro, Roglic por ahora aún no vence, pero convencer, convence. Y no por fuerza bruta, como atribuyó Unamuno a los sublevados su eventual victoria. “Convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”, sentenció el intelectual, que originalmente había apoyado el golpe militar. Al ciclista esloveno, todo un prodigio de deportista tras cambiar los esquíes por la bicicleta, no le falta lo uno ni lo otro tras exhibir un método competitivo basado en el raciocinio táctico, pundonor y ardor competitivo, cualidades que no le privaron de sufrir un disgusto de aúpa en la penúltima etapa del Tour de Francia, cuando perdió la carrera a manos de su joven compatriota, Tadej Pogacar.

El jefe de filas del Jumbo parece llegar con la lección aprendida a la ronda española, donde suma ya cuatro triunfos de etapa, y no pierde de vista a Carapaz, ganador del Giro de Italia 2019 y principal amenaza para sus aspiraciones, seguido del inglés Hugh Carthy, a 47 segundos del maillot rojo. El recorrido de la jornada se prevé nuevamente relativamente tranquilo, aunque los toboganes obligan a los favoritos a mantenerse vigilantes ante posibles escapadas, sin desgastarse en exceso dado que el exigente trazado del sábado, con ascenso final a la temible Covatilla, se presenta como la última oportunidad de voltear la carrera.

“El día es ideal para los segundas espadas”, opina en la retransmisión Perico Delgado. Y como si lo escucharan por el pinganillo,  Rémi Cavagna y Robert Stannard saltan en busca del triunfo, como hiciera Mattia Cattaneo la etapa anterior. Cuentan 14 segundos de ventaja tras descender El Robledo, mientras otros sufren con la humedad del asfalto, como el alemán Jannik Steimle, tercero el jueves, quien se estrella sin mayores consecuencias en una curva. La Vuelta se va cobrando víctimas por el camino y cuenta ya 33 abandonos, entre ellos el de Luis León Sánchez, quien no toma esta vez la salida por motivos personales.

No siempre es fácil subirse a la bici por mucho placer que esta depare a su jinete. Y una etapa viene a ser como el capítulo de un libro (o un diario) que no siempre sabemos si vamos a acabar de leer… o de escribir, si nos hallamos del otro lado del papel. El síndrome de la página en blanco puede ser un fenómeno de lo más desasosegante, incluso para superdotados como Unamuno, capaces de romper el silencio de toda una institución docente y todo un país con un discurso demoledor.

A veces tampoco hace falta decir tanto. Basta con pulsar el botón del mute como hacen, y a buena hora, los presentadores de las cadenas de televisión estadounidenses con la última diatriba de Donald Trump tras verse relegado en el conteo de votos en favor de Joe Biden. Al todavía inquilino de la Casa Blanca tan solo le faltó gritar “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia”, como hiciera el general José Millán-Astray en el paraninfo de Salamanca. Comparte el amigo Edu la viral desconexión de periodistas como Shepard Smith, de la NBC, y, conforme avanza el pelotón, el colega Joe me informa de que el candidato demócrata acaricia los estados de Georgia y Pennsylvania. Sería una victoria no demasiado convincente, pero victoria, al fin y al cabo.

A por la gloria se precipita Cavagna, ya sin escolta. Pero, al igual que 24 horas antes con Cattaneo, el grupo alcanza al fugado a dos kilómetros del final y el italiano cede el paso a no tan segundas espadas como Alejandro Valverde. Aprieta El Bala antes que el resto, pero la fuerza bruta no le basta ante el empuje tardío de Dion Smith y la pericia de Magnus Nielsen, el último en soltarse del resto y el primero en cruzar la meta. Tercera etapa para el Education First, que además tiene a Carthy tercero en la general.

Roglic, ya con un póker en la mano y siempre atento a cualquier oportunidad, ha aprovechado el tirón para posicionarse entre los punteros, rebasar a Smith, llevarse seis segundos de bonificación y ampliar así a 45 el colchón sobre Carapaz y 53 respecto a Carthy. Mientras dure la guerra, el esloveno no rehuirá la lucha. Ya solo La Covatilla le separa de la victoria en Madrid.

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