Ajustes y desacuerdos

{Banda Sonora: Django Reinhardt – Ride Red Ride}

Por ÀLEX OLLER

Van ya 21 jornadas de Tour de Francia con la de este viernes, que acaba en Libourne, a cinco kilómetros de la bella Burdeos, tras recorrer 207 kilómetros desde Mourenx, mayormente horizontales y flanqueados por viñedos. Un escenario propicio, en teoría, para los esprinters, y de lo más bucólico, digno de una película de Woody Allen, la versión campestre en la Nueva Aquitania del acomodado estilo de vida que retrató –o idealizó– en Vicky Cristina Barcelona.

Por mucho que Hachette se tirara atrás en la publicación de su más reciente biografía, sigue siendo en el país vecino donde más se venera al realizador neoyorquino, tanto en el prestigioso festival de Cannes, que el sábado cierra su 74ta edición, como entre el público que acude en fiel peregrinación a las salas de cine. La Grande Boucle es otro clásico del verano y no faltan los incondicionales aficionados que pueblan los arcenes de las carreteras, aun en días tan plácidos como el de hoy para los corredores. Convienen los analistas que lo que es bueno para los ciclistas, no lo es tanto para el espectador, y viceversa. Pero aquí nadie pasa por taquilla, se espera tanto o más que la carrera a la caravana publicitaria y siempre existe la posibilidad de ser testigo de la Historia, la firme un cabeza de cartel como Tadej Pogacar o un secundario de lujo con alma de robaescenas, tal que Mark Cavendish.

En una campiña similar filmó Quentin Tarantino la memorable secuencia inicial de Inglorious Basterds, en que el coronel nazi Hans Landa, conocido como El Cazajudios, visita la granja de Monsieur Lapadite y, tras dos vasos de leche y una muy agradable conversación, honra su apodo ajusticiando a la familia de refugiados que esconde en su sótano el anfitrión. Todos menos a la adolescente Soshana, que escapa campo a través y jura venganza. Es un tema recurrente en el cine del director de Kill Bill I&II y Django Unchained, y acostumbra a ser también un plus de motivación en el deporte. Aquel “volveremos”, a lo Arnold Schwarzenegger del brasileño Deco, tras caer el Barcelona en Stamford Bridge en 2005, o el principal acicate que espoleó la grandeza de Michael Jordan, como reafirmó la serie documental The Last Dance. Es también la razón –bolsa económica aparte– por la cual, a un épico combate de boxeo, le suele seguir otro entre los mismos contendientes, y luego un tercero: la revancha mueve pasiones y vende muy bien.

A veces son cosillas menos perceptibles, pequeñas rencillas entre competidores, las que alteran la escena entre bastidores. En el béisbol, un lejano pique previo entre un bateador y un pitcher, del que solo se acuerdan ellos, puede desencadenar una monumental tangana sobre el montículo. Una carrera ciclista, por ejemplo, puede quedar sujeta a los caprichos del pelotón, capaz de secuestrar una jornada por históricas discrepancias con la organización,  o una etapa verse marcada por un ajuste de cuentas entre colegas, incluso ex compañeros, como ocurrió en la pasada Vuelta a España, cuando Richard Carapaz vio frustrado su ataque al líder por dos integrantes de su anterior equipo, el Movistar. ¿Vendetta? Solo los implicados lo sabrán.

Cuesta escrutar muchas veces las causas de una u otra decisión en caliente, como ahora, que precisamente el conjunto español no acierta a meterse en la gran fuga, a más de 100 kilómetros de la meta, cuando se va el grupo de cabeza. Tampoco se entiende muy bien qué es lo que pasa a falta de 24, al acelerar el pedaleo Matej Mohoric, que se escapa solo mientras atrás Nils Pollit, Mike Teunissen, Edward, Theuns, Jasper Stuyven, Georg Zimmermann y otros tantos se pican, se retan y se señalan. Que si tira tú, que si te toca a ti, que si acuérdate de, que si vaya jeta, que si yo no voy…. Y no hay acuerdo, ni, me temo, ajuste de cuentas. Es la historia interminable, donde lo único seguro es que la riña tendrá continuidad, de una u otra forma, en otra carretera de otra carrera. Aunque repitan protagonistas, será una película distinta. Mientras, esta se acerca a su final feliz con el joven y alegre Pogacar libre por ahora de rencores –quitando una ligera reprimenda a Michal Kwiatkowski por acelerar a destiempo–, rumbo al fundido a negro en Paris.

La ciudad del amor y del vencedor del Tour fue también otro personaje más en la 41ra cinta de Allen, aquella Midnight in Paris en que Owen Wilson queda hechizado a medianoche y viaja a los Felices Años Veinte. Se trata de otro homenaje de época del nativo del Bronx, como el que le dedicó al jazz y a la figura de (el otro) Django Reinhardt en Sweet and Lowdown, traducida en España como Acordes y desacuerdos. Allí están los paralelismos entre el músico y el cineasta, para quien quiera verlos y rendir cuentas. El séptimo arte tampoco escapa a las discordias, aunque algunos nos limitemos a disfrutarlo, a secas.

Gozamos igualmente del triunfo de Mohoric en Libourne, donde instaló en 1967 su secretaría Papá Noel para responder al más de millón de cartas que le envían periódicamente, pidiendo regalos, los niños de toda Francia. Todos los deseos y más le son concedidos al campeón esloveno, doble ganador en la ronda francesa tras su escalofriante caída en el Giro de Italia. Un premio, seguro, a su constancia y buen comportamiento. Aunque, tras la redada policial a su equipo el día anterior por parte de las autoridades francesas, tampoco él es ajeno a la tentación de la venganza. Y se la cobra con un llamativo gesto –dedo índice a los labios, mandando callar–, como siente que es debido y a su justo tiempo: cerrando cremallera nada más cruzar la meta.

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