Patapúm p’arriba

{Banda Sonora: Édith Piaf– La Marseillaise}

Por ÀLEX OLLER

La 17ma etapa del Tour de Francia acaba este miércoles en Saint Lary-Soulain, pero pasa antes por Bagneres de Luchón, idílica localidad termal del llamado Midi-Pyrénées que nunca he tenido el gusto de pisar, pero que siento en parte mía, pues fue durante años el lugar elegido por el Espanyol para realizar su  anual stage de pretemporada, cuando los equipos de fútbol –por lo menos los más sensatos– optaban por fomentar el turismo y el comercio de proximidad. También fueron tiempos felices para los periquitos a finales de los 80, pues nos entrenaba Javier Clemente, clasificamos terceros en la liga de 1987 y llegamos a la final de la UEFA en 1988.

Como colofón a un glorioso torneo, perdimos contra el Bayer Leverkusen a doble partido, tras ganar en la ida 3-0, una desgracia que precipitó el descenso a segunda división a la siguiente campaña y el adiós del técnico de Barakaldo que, con su fútbol algo rudimentario pero altamente efectivo, popularizó la expresión de patapúm p’arriba. Gran parte de la afición e incluso algunos de sus futbolistas –como Job, leí en una entrevista reciente– le echan aún en cara su alineación excesivamente conservadora en Alemania. Es posible –no jugaron ni John Lauridsen, ni el Txingurri Valverde, por ejemplo–, pero difícil criticar a quien ideó parecidas estrategias para tumbar, sucesivamente, a los todopoderosos Borussia Mönchengladbach, AC Milan e Inter Milan.

“Lo que funciona no se toca”, es una máxima que suele aplicarse al deporte de alta competición y que incluye al ciclismo, sobre todo cuando uno lidera con comodidad una carrera de tres semanas, como ocurre actualmente en el Tour con Tadej Pogacar. Salvando estilos contrapuestos, tampoco hay mejor exponente del concepto defensivo que Miguel Indurain, presente hoy en el plató de Teledeporte para comentar la jornada, con ascensos al Col de la Peyresourde, Col de Val Louront-Azet  y Col du Portet. Él, tan acostumbrado a gestionar en la montaña las rentas impuestas en aquellas machaconas etapas contrarreloj, el de los anuncios de Sobaos Martínez, el Miguelón que todos conocemos y amamos, es el encargado de comentar la jugada con Carlos de Andrés y el deslenguado Perico Delgado, que define el la subida final como “la más dura de la carrera”.

Allí ganó en 2018 Nairo Quintana. Este mediodía, el cámara del helicóptero se entretiene con el vuelo de dos majestuosas águilas mientras, a ojo de pájaro, el pelotón se estira como cuando se doctoró el colombiano y buscan, sin demasiado éxito, fugarse Dorian Godon y Anthony Pérez. A falta de 45 kilómetros de la meta, con la aparición del sol contradiciendo el parte meteorológico y pensando ya en esa larga ascensión sin descanso, Perico lo tiene claro: “Hoy es llegar a puerto y salvarse quien pueda”. Miguelón calla y, por tanto, otorga. Si compareciera Clemente, alguna ocurrencia soltaría, pero la táctica, de haberla, sería parecida: sobrevivir ante todo y luego ya veremos.

Patapúm hicieron también los ciudadanos franceses que se rebelaron hace justo 232 años en Paris, aunque más que p’arriba, fue p’abajo, si por ello se entiende la prisión de La Bastilla, tomada por revolución popular, que no revuelta, como erró en considerarla el rey Luis XVI. Desde entonces, el 14 de julio es la fiesta nacional, conmemorativa del movimiento que abolió la monarquía y, con un discurso muy bonito pero también a golpe de guillotina, asentó las bases de la democracia moderna. Ya saben: Liberté, Egalité, Fraternité y esas cosas.

Lejos de verse como una turba uniforme, el grupo de corredores se desmiembra sobre el asfalto recalentado conforme se empina la cuesta, con rezagados como el maillot verde Mark Cavendish luchando para no entrar fuera de control y otros, como Enric Mas, Julian Alaphilippe y Quintana, por mantenerse vigentes y no perder de vista a un Pogacar que se ve fuerte y con ganas de asalto, bien escoltado por sus compañeros del UAE. En la temida ascensión al Col du Portet, pasan por la cuchilla del esloveno ciclistas tan acreditados como el trío anteriormente mentado o Rigoberto Urán, mientras se aferran a su rueda, con el maillot amarillo por bandera, revolucionarios de raza como Richard Carapaz o jóvenes utópicos como Jonas Vingegaard.

Intercede, a falta de 10 kilómetros y en pleno esfuerzo, Indurain. “Aquí ya no sabes si seguir con el grupo o descolgarte y…”, empieza el navarro, a quien interrumpe Perico con un guasón “…y te vas para casa” que le saca una sonrisa a Miguelón. Ni que hecho por Muchachada Nui. Es que así, no se puede.

Cruzada a cámara lenta la pancarta de los 10 kilómetros, sigue pedaleando, ya en solitario, todo pundonor, Pérez, que aprieta el bidón y se moja, muerde el pitorro y bebe, abre la boca y toma aire con cara de terror. El terror a los 2,215 metros de altitud y a la proximidad de la guillotina. Pero cuando llega el verdugo, un poco más arriba, entre niebla y bengalas de color, el corte es rápido y limpio, prácticamente indoloro. Avanzan Pogacar, Vingegaard y Carapaz, por ese orden. El mismo en el que, tras un amago de descuelgue y repentino ataque del ecuatoriano, acabaran coronando el pico. El mismo en el que clasifican, al cierre de la jornada, en la general. El mismo en el que, se supone, formarán en el podio al llegar a Paris.

Tras el patapúm p´arriba, versión ciclista, la revolución ha sido mínima. Apenas Urán ha caído del segundo lugar al cuarto y Mas, a última hora y pese a ceder tiempo, ha ganado un puesto. A falta del Tourmalet, una crono y un posible nuevo récord de un Cavendish que sigue en su trono, la capital espera campeón el domingo. Será, salvo hecatombe leverkusiana, el atrevido Pogacar, un verso libre que no entiende de igualdad y fraternidad a la hora de golear. Y mucho menos de amarres cuando se trata de dar pedales.

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