Escalera hacia el cielo

{Banda Sonora: Los Hermanos Cubero – Problemas a los problemas}

Por ÀLEX OLLER

Leí el otro día que la mítica marca de guitarras Gibson, tras declararse en bancarrota en 2018, resucitó de la crisis gracias al confinamiento al que obligó la pandemia y que aumentó notablemente la demanda de instrumentos para combatir las horas de tedio. Tuve ocasión de visitar su fábrica en Memphis en 2005, algo que recomiendo a cualquier amante de la música, y me consternó la rígida política de control de calidad de la empresa: si una de esas magnificas obras de artesanía presentaba el más mínimo defecto, aunque este se evidenciara en la última fase de la cadena de producción, se destruía sin paliativos y el desguace era vigilado las 24 horas del día para evitar hurtos que pudieran dañar más adelante la imagen y reputación de la casa.

No se anda con bromas uno de los grandes fabricantes del rock and roll, como tampoco sus consentidos artistas, acostumbrados a la excelencia de los materiales, a que les rían las gracias y les concedan todos los deseos, a cual más descabellado. Tadej Pogacar se ha encaprichado de los leoncitos de peluche que regalan, al término de cada etapa, al líder del Tour Francia, nos cuenta Carlos Arribas, pero no parece por ahora proclive a un repentino ataque de divismo, aunque el vigente campeón sí dejara entrever cierto ardor caciquil el sábado, tras someter a sus rivales en Le Grand Bornand. “Ataqué para vengarme del día anterior, cuando todos corrieron contra mí. Decidí que sería yo quien corriera contra todos”, se sinceró, sin cortarse un pelo. A lo Michael Jordan.

Cuesta seguir la carrera cuando uno anda de mudanza a tres bandas entre La Mancha, Cataluña y la Comunitat Valenciana, una prueba tan exigente en lo físico como lo mental, un triple ascenso a puertos de primera categoría, con no pocas tensiones en el pelotón familiar y donde, al sobreesfuerzo de las subidas, le siguen los ocultos peligros de las bajadas, incluso de los falsos llanos. En este caso, el golpe de teatro –y literal– se produce en el último tercio de la etapa y de la manera más tonta, cuando chocamos el frontal del furgón con un engañoso bolardo. La cobertura total del seguro contratado nos ampara, creemos, pero por si acaso consultamos el precio del recambio en el servicio oficial y nos consta que lo cobran a precio de una Les Paul, firmada por el mismísimo Slash.

Explica James Curleigh, ex consejero delegado de Levi’s, luego a cargo del rescate de Gibson, que “en la industria musical hay una dinámica muy diferente a la moda. En moda todo va endiabladamente rápido y tienes que poner el foco en el futuro. En música es todo más reposado, hay que balancear un pasado icónico y un futuro innovador”. A guitarrazo limpio ha desmelenado el Tour Pogacar, que descansa ese lunes en el camerino tras apuntarse el domingo a un dueto con Ben O’Connor, el único capaz de amenazar aún su liderato, aunque da la impresión de que el esloveno encara la segunda semana sabiéndose el amo del escenario, rey de la pista e indiscutible cabeza de cartel. Entre ambos suman 47 años, y 26 cuenta Wout Van Aert, otro de la camada de jóvenes que aseguran un espléndido futuro para este deporte, tantas veces equilibrista entre su relato epopeyas pasadas y un afán progresista, de marcada cultura aventurera. “Hay que vender el muñeco”, decía Andrés Montes, cuando la NBA no era aun lo que es hoy en día en nuestro país. Pero Pogi –peluche incluido– se vende solo, mientras viejos rockeros como Nairo Quintana, Chris Froome, Vincenzo Nibali o Alejandro Valverde luchan por no pasar de moda.

Se compraron guitarras, pianos –maldita sea, como pesa…– y también muchas bicicletas durante el confinamiento. Nos pedaleábamos encima, que dirían algunos, pendientes de que nos dejaran salir a las carreteras a tomar bocanadas de horizonte. Se está notando también en el Tour, con las cunetas pobladas de espectadores, aún con las peores condiciones climáticas, como el domingo en Tignes, cuando Pogacar y O’Connor también ignoraron el frío y la lluvia, embrujados por el espíritu de la improvisación, para marcarse una jam session de época en la rampa más heavy hasta la fecha. O mejor aún, una Stairway to Heaven de Led Zeppelin, coronando, escalón a escalón, cada uno a su tempo, el cielo alpino. Mensaje, aplomo y virtuosismo, el sello de otro gran añorado como Frank Zappa, de quien los cines –¿las salas? Sí, las salas– estrenan estos días documental. “Cuando el público nos pide otra, tocamos esta canción, porque entonces seguro que ya no nos piden más”, bromeaba el iconoclasta guitarrista de Baltimore, socarrón como parece serlo Pogacar con el Tour: ¿Qué no queréis ataques tardíos, porque no ocurre nada? Aquí va uno a 30 kilómetros, a ver qué pasa ahora… Zappa, igualmente irreverente, siempre me recordó un poco a Phil Jackson, por tendencia hippy, sentido del humor y aspecto físico, larguirucho y con ese divertido mostachón, además de fonéticamente, por esa Z de Zenmaster.

No nos vendría mal una sesión de meditación a La Maja y a mí, pienso, camino del centro de vacunación de Cornellá, dónde me espera la segunda dosis de Moderna para acabar de complicar la travesía. ¿Servirá, además de cerrarle la puerta al virus, también para aligerar problemas, ni que sean puramente logísticos?, pondero, consciente de que, a corto plazo, bien podría empeorarlos con sus temidos efectos secundarios. El recinto ferial adecuado a la ocasión tiene forma piramidal, como el antiguo pabellón de los Grizzlies en Memphis. Un pequeño viaje en el tiempo también distrae en momentos de inquietud, aunque lo que se agradece de verdad es el riguroso control de calidad de nuestra sanidad pública. Cuando uno sale de la cadena de montaje, no puede más que sentirse un poco estrella del rock, un poco Pogacar, escalando hacia el cielo, sin defectos a la vista, como esas Gibson por las que suspiran artistas como Enrique Bunbury. “Una Les Paul  es un animal perfectamente diseñado para el rock. Es infalible”, sostiene el ex Héroes del Silencio.

Mudanzas a mí…

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