Yo no me aburro

{Banda Sonora: Bob Marley & The Wailers – Sun Is Shinning}

Por ÀLEX OLLER

Escribía ayer Silvia Cruz Lapeña en El Periódico que aburrirse forma parte de la vida y, esta mañana, compartiendo ratos de holgazanería bajo la sombra de un árbol en los jardines del Turia con tres niños, sin mayor entretenimiento que el arte de la conversación, suscribo su tesis. Lo comentamos en más de una ocasión durante estos meses de pandemia: el confinamiento, a quienes tuvimos la suerte de no sufrir condiciones de hacinamiento, no se nos hizo tan peñazo como lo pintan, aunque tampoco gozáramos de patio privado, wifi, consola o televisión. Nos entretuvimos como hacían hoy Joana, Carme y Nel·lo en el cauce del antiguo río: conversando, jugando y tirando de imaginación para dedicarnos felicitaciones absurdas (¿las hay mejores?) o leyendo, esa afición tan en desuso, no solo entre los más jóvenes.

Este último domingo de junio podemos deleitarnos con la segunda etapa del Tour de Francia, entre Perros-Guirec y Mur de Bretagne, un recorrido de 183,5 kilómetros muy similar al de la jornada inaugural, aunque esperemos que menos accidentado. Mientras las autoridades siguen buscando a la espectadora que causó la primera gran caída masiva del sábado, los ciclistas afrontan un trazado mayormente llano con una escalada final y posible desenlace al sprint, donde podría repetir triunfo Julian Alaphilippe, el maillot amarillo que llegó a enlazar 14 días de líder en la edición de 2019.

Sobre el césped del Turia nos desperezamos junto a las canchas de béisbol, un deporte que La Maja –como tantos otros– tilda de “aburrido”. Antes ya hemos tenido un encontronazo mientras miraba hockey hielo, otro que le frustra porque, asegura, “no veo la pelotilla (o sea, el puck)”. Y, en cambio, le gusta el ciclismo, tanto su práctica como el espectáculo competitivo. En Estados Unidos, ni siete triunfos seguidos de Lance Armstrong en el Tour lograron enganchar al gran público. Para gustos, colores.

Quizás me ocurra con la afición deportiva como con el punto y coma, que lo cuelo con calzador, como por empeño; y mantengo así que no hay disciplina aburrida, ni partido, ni combate, ni etapa. Basta con afinar la vista o el oído para encontrarle un punto interesante, o empaparse de la previa, o esperar a que ocurra algo inesperado, como el golazo de Federico Chiesa anoche en la prórroga del Austria-Italia de octavos de la Eurocopa.

Y con estas y otras cosas me distraigo mientras rueda el pelotón por las mojadas carreteras bretonas, controlando la escapada y evitando riesgos hasta el punto de que algunos corredores del UAE sienten la necesidad de apartar al público con aspavientos en una aglomeración urbana. De incidentes ya vamos servidos, merci. También podría entretenerme tirando de redes sociales pero, tras el fútbol, me dormí con el capítulo Yo soy generación Z, de La Noche Temática en La 2, y creo que aún tengo pesadillas.

La infelicidad humana radica en no ser capaz de quedarse solo en una habitación, sostenía el filósofo y matemático Blaise Pascal. No me atrevo aquí a contradecirle, pero sí sugeriría un mínimo acompañamiento en forma de retransmisión televisiva, más si comentan la jugada tipos tan dicharacheros como Purito Rodríguez o Perico Delgado, capaces de aderezar etapas por tramos algo monótonas como esta, tirando de anecdotario, humor y colmillo ciclista. “Ver a Alaphilippe es un arte”, comenta el primero, cuando la cosa se pone seria a 10 kilómetros de la meta y Loulou busca abrirse hueco en cabeza. “Alpecin la quiere dura”, añade a continuación el de Parets, en referencia al equipo belga y la ascensión final rumbo a la volata.

Sin duda, ha valido la pena esperar el climax, con el valiente ataque de Nairo Quintana, algo fuera de su elemento, y la respuesta de Sonny Colbrelli y Mathieu Van Der Poel, más noticia hasta ahora por un cambio de zapatillas, un pinchazo y el maillot en homenaje a su abuelo, el gran Raymond Poulidor, que por lo exhibido sobre el asfalto. Pero el neerlandés, en su primer Tour, no falla y exhibe toda su potencia con un despegue de videojuego –como el de entrenamiento ciclista que patrocina– a falta de 700 metros que nadie es capaz de replicar. Pasan detrás, a seis segundos, Tadej Pogacar y Primoz Roglic, los dos grandes favoritos de la carrera, y a ocho Alaphilippe, quien cede el maillot jaune al joven prodigio. Poupou, allá donde esté, puede sentirse orgulloso de su nieto, al que todos felicitan y al que le saltan las lágrimas cada vez que le recuerdan que acaba de repetir la hazaña del padre y lograr lo que nunca pudo el abuelo. Esto es un homenaje familiar comme il faut, y no el lamentable episodio de la desaparecida espontánea en la jornada anterior.

“Aquí estamos llorando los dos como tontos”, suelta El Ruso en el chat de Whatsapp. Nos queda, como herencia de la pandemia, el telecompartir espectáculos deportivos con la sensibilidad a flor de piel, privados como estamos aún de hacer piña en locales cerrados. Todo llegará. Quien parece haber aterrizado definitivamente es Van Der Poel. Y aquí no se aburre ni Dios.

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