No todo es negocio

{Banda Sonora: Dire Straits – Money For Nothing}

Por ÀLEX OLLER

Tour is bussiness”, dice Carlos De Andrés que le comentó un día un ciclista de cuyo nombre asegura que no se puede acordar. La cuarta etapa del Tour de Francia de este martes, una planicie de 150 kilómetros entre Redon y Fougères, da para tertulia de la buena en el plató de Televisión Española, donde se explaya como invitado el imberbe Juan Ayuso, prodigio ciclista de 18 años, de quien una eminencia como Carlos Arribas escribe que “quiere comérselo todo”. Sobre la bicicleta, no me atrevo a opinar, pero bajo los focos, el catalán luce conocimiento, chispa, swing y la confianza propia de la juventud. Por atreverse, se atreve hasta a vacilar a Perico Delgado con un “¿tú nunca has llegado tarde?” que le saca la risa al segoviano. Y eso que el juvenil aún no había nacido cuando el ex campeón incurrió en su más sonora jaimitada en tierras francesas.

Se lo pasan bien en la retransmisión, mientras esperan que el pelotón dé caza a los dos escapados, Brent Van Moer y Pierre Luc Perichón, controlados a no más de tres minutos de distancia, la mitad cuando se supera el ecuador del trazado. Tras tres días de sustos y raspaduras, los corredores firman llegar enteros a la meta, y escenifican su descontento con una protesta –un minuto de parón y 10 sin ataques–, reclamando mayores medidas de seguridad para evitar accidentes. No gustaron las palabras del presidente de la UCI, David Lappartient, apuntando a que “la mayoría de las caídas fueron por falta de atención de los ciclistas”.  Tampoco me veo capacitado aquí para valorar la idoneidad del recorrido pero, entendiendo el mosqueo de los protagonistas, también es cierto que algunas de las patinadas parecieron lo que en el argot tenístico catalogaríamos como “errores no forzados”.

El otro día me comí un bolardo al calcular mal una curva. ¿Está idóneamente ubicado el carril bici? Probablemente no. ¿El moratón de mi rodilla es culpa de quien diseñó la vía urbana? Pues tampoco. Ocurre que en el ciclismo profesional hay tanto en juego que las meteduras de pata no se saldan con un mero hematoma, sino que se pagan con intereses. Y en la Grande Boucle, más todavía. El Tour es negocio, sí. Por ello en sus carreteras se inventó la caravana publicitaria y por ello la causante de la montonera en la jornada inaugural sigue en busca y captura por parte de la gendarmería. La factura está pendiente, señora. Poca cosa comparado con los audios que escucho, horrorizado esta mañana, de los implicados en la trama Gürtel y ese chapucero “pero por lo menos me pagareis los gastos, ¿no?” del siniestro comisario Villarejo. Bussiness is bussiness, efectivamente.

Pisan huevos los ciclistas, conscientes de que la jornada reserva, en teoría, una victoria a los velocistas, entre quienes se halla Peter Sagan, pero no Caleb Ewan, resignado al abandono tras fracturarse la clavícula en el patinazo que provocó con el eslovaco en el sprint final del lunes. La sospecha es que el australiano negoció con el diablo al retirarse antes de tiempo del Giro de Italia para afrontar con mayores garantías el Tour; y, ahora, resulta que no llegará ni a la segunda semana. Es el mercado, amigo…

Sin Rocket Pocket, saltan las apuestas. ¿Hilvanará un triplete el Alpecin, tras ganar Mathieu Van Der Poel y Tim Merlier en las jornadas previas? ¿Triunfará Mark Cavendish, como hiciera hace justamente seis años para su 26ta victoria en la carrera francesa? El británico, quien ya suma una treintena, se quejaba recientemente de que su persecución de las 34 de Eddy Merckx es más obsesión de la prensa que suya, aunque el mundo ciclista entero parece apoyarle en el reto, tras superar una mononucleosis, sufrir una depresión y plantearse muy en serio la retirada.

Como muchos corredores hoy, Francia ha despertado herida tras la derrota de su selección de fútbol anoche en octavos de la Eurocopa, cuando remontó ante Suiza, luego se dejó empatar y finalmente cayó en la tanda de penales. El deporte también puede ser montaña rusa de emociones y, en ocasiones, lo parece en sentido literal, como cuando la cámara frontal enfoca, a falta de 26  kilómetros para el final, a la pareja de fugados en plena ascensión, mientras en segundo plano se avista el descenso del grupo perseguidor. Cuando quedan 14, Van Moer suelta a Perichón y se va por el triunfo en solitario, pero el pelotón responde y le da alcance en el último kilómetro. Ha sido morir en la orilla para el belga y una travesía sin naufragios, pero algún sobresalto (también literal) para Cavendish, quien pierde el sillín sobre el kilómetro 100 y se apretuja entre Van Moer y Michael Mathews para lograr al sprint su 31a victoria en la ronda francesa.

El ciclista del Deceuninck se emociona después “por el esfuerzo de mis compañeros y porque tanta gente cree en mi”. 18 años mayor que Ayuso, Cavendish es un hilo conductor entre generaciones “como las de Erik Zabel y Óscar Freire”, subraya Adrián García en La Montonera. Y hoy, empapado de lágrimas y prácticamente enmudecido, a solo tres volatas más de la legendaria marca de Merckx, es también testimonio vivo de que el Tour es mucho más que un negocio.

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