Maldita la gracia

{Banda Sonora: Yann Tiersen – Banquet}

Por ÀLEX OLLER

Conocí el concepto de amuse-bouche hace unos meses, cuando con La Maja decidimos darnos un homenaje en plena pandemia, hospedándonos por una noche en un hotel que hacía tiempo nos hacía ojitos en el centro de Barcelona y ofrecía un sabroso paquete de pernocta y experiencia gastronómica en su restaurante de reconocido –y merecido, añado–prestigio internacional. Cómo uno no se prodiga mucho en este tipo de lujos y la ocasión, dentro de lo malo, brindaba la posibilidad de catar exquisiteces fuera de nuestro alcance habitual, nos lanzamos al ruedo sin pensarlo demasiado. Fueron 24 horas de vacaciones de lo más aprovechadas, haciendo el guiri en nuestra ciudad de residencia y degustando delicias como el mentado divierte-bocas, que si no recuerdo mal consistía en un embriagador turrón de foie.

Con la boca destapada –por lo menos al aire libre y sin aglomeraciones– afrontamos al fin el arranque del Tour de Francia este sábado, tras más de un año enmascarados, distanciados por un filtro que nos ha protegido del virus pero también nos ha impedido expresarnos con la naturalidad propia de las relaciones humanas. Había ganas de quitarse el bozal, como lo llaman algunos, de sonreír y hacernos visibles en todo nuestro esplendor, mientras esperamos un poco más a que, ya sí de una vez, se nos permita también el contacto físico, la proximidad espontánea, para dar por enterrado ese oxímoron de la distancia social, que tan a contrapelo irrumpió en nuestras vidas.

Había también ganas de Tour tras la experiencia de la pasada edición, un notable espectáculo deportivo mayormente desprovisto de aficionados en las carreteras francesas. Lo recordaremos como el del destape de Tadej Pogacar y la crisis de Primoz Rogic en la penúltima jornada; también por disputarse a destiempo, en septiembre, y por ello celebramos este retorno a la rutina deportiva, o nueva normalidad, como se empeñan en llamarla algunos (otro oxímoron). En la salida en Brest están casi todos, Pogacar y Roglic, por supuesto, también Geraint Thomas y Richard Carapaz, del potente Ineos, los colombianos Rigoberto Urán y Nairo Quintana, Mathieu Van Der Poel, homenajeando con un maillot a su abuelo, Raymond Poulidor, y los españoles Enric Mas y Alejandro Valverde. Tan solo faltan Egan Bernal, Remco Evenepoel y Mikel Landa, tras correr con diversa suerte el Giro de Italia. Y figura, como no, el campeón del mundo, Julian Alaphilippe, favorito local y lo más parecido, por carácter y estilo ciclista, a un amuse bouche que nos podamos encontrar sobre el asfalto.

Lamentablemente, el retorno a la normalidad entraña cosas como las que ocurren a 45 kilómetros del final. Tras dos caídas previas –la segunda de Julien Bernard por el temible efecto afilador–, la carrera se ve afectada por un tremendo suceso de lo más evitable, cuando una desubicada en toda regla decide posar para la cámara, pisando el arcén, cartel en mano y con el pelotón a la espalda. En resumen: lo que pretendía ser una gracia para los amigos acaba convirtiéndose en un spot viral sobre lo que nunca debe hacer un supuesto espectador durante una competición ciclista y se cobra no pocas víctimas en una monumental montonera en la que vuelan corredores, bicicletas y algún que otro aficionado. No se trata aquí de demonizar a nadie, que si algo nos enseñó el documental Catching Hell es cómo podemos pasarnos de frenada prensa, aficionados y deportistas cuando uno de la tribu comete el error de convertirse en protagonista indeseado; pero bien haríamos en tomar nota de una vez, que no sé yo si de la pandemia saldremos mejores o peores, pero un poco más listos convendría, por el bien de todos.

La mejor noticia para la infractora es, lamentablemente, la peor para el Tour, pues al tremendo accidente le sigue, 37 kilómetros más tarde, otra espeluznante caída masiva, nuevamente por el efecto afilador de las ruedas en un acelerado y apretado pelotón. Gajes del oficio, sin duda, aunque Antonio Alix denuncie en Eurosport que, con la primera etapa disputada en las estrechas calles bretonas, cosas como esta eran de prever.

Se esperaba también un triunfo del simpático Alaphilippe para abrir boca, tras el nacimiento de su hijo, y no defrauda el francés, quien aprovecha el desmembramiento de la carrera para lanzarse por el triunfo a 2,3 kilómetros de la meta. Loulou, con ese pedaleo juguetón que le caracteriza, aguanta la persecución de Michael Mathews y Roglic y pasa el primero, llevándose el pulgar a la boca a modo de celebración. Es una gracia, ésta sin consecuencias, en una jornada maldita para no pocos de sus rivales, como Froome y Marc Soler, forzados a abandonar, o López y Valverde, relegados a las primeras de cambio en la general. Un trago amargo para empezar, esperemos que subsanable por la veintena de platillos venideros que esperamos degustar. Ganas de disfrutar, las hay más que nunca. Pero a mesa puesta, modales, mesdames y messieurs, que esto es el Tour… s’il vous plaît.

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