Van der Hoorn arma el taco

{Banda Sonora: Rammstein – Spring}

Por ÀLEX OLLER

He estado estudiando y parece que la tercera etapa del Giro de Italia de este lunes pinta para victoria de Peter Sagan. Es mi experta opinión, después de escuchar las observaciones de los analistas, escrutar previas, examinar a conciencia el recorrido, que cuenta 190 kilómetros con final juguetón en Canale, y constatar el parte meteorológico: previsión de viento y lluvia. Que no se diga que en este modesto espacio no hacemos los deberes.

“A estudiar, Avelino, que vas a ser médico”, decía la abuela. Con seguir los pasos del repórter Tribulete, que en todas partes se mete, me doy por satisfecho. Se vienen las pruebas de Selectividad, con lo que toca ahincar los codos para los aspirantes a universitarios. La zanahoria del mercado laboral ya no es la que era tras recoger el diploma; ni tan solo adquiere la categoría baby, me temo. Conviene por ello acertar con la carrera para, por los menos, saborear el camino.

Rumbo a Ítaca salen Alexis Gougeard, Samuele Zoccarato, Samuele Rivi, Simon Pellaud, Vincenzo Albanese, Lars Van den Berg y Taco Van der Hoorn, quienes deshilan bien pronto el pelotón sin que el grupo se inmute. El plan –insisto– es que el Bora controle la escapada a distancia, marque el ritmo de la persecución y coloque a Sagan en posición de privilegio para afrontar el sprint, que a la tercera va la vencida (por seguir tirando de dichos). El desenlace en bajada, tras tres ascensos que no son precisamente marías, parece diseñado por el mismísimo eslovaco. De manual, vamos. Así consta en los apuntes.

El final de curso que aproxima, el levantamiento del toque de queda y la llegada de la primavera coinciden en Barcelona para que la población –jóvenes y no tan jóvenes– descorche de una vez el festejo nocturno tras meses de contención. Entre las llamadas a la mesura de las autoridades, escucho a un sanitario del Hospital del Mar describiendo en estos términos la escena en urgencias de la tan esperada Saturday night: “la intensidad y gravedad de los cuadros de intoxicaciones (rondaron el centenar) superaron de largo las peores guardias de la noche de San Juan o festivales como el Primavera Sound o el Sónar”. Lo nunca visto.

La pasión latina también se siente en el Giro con tres italianos aguantando en el grupo de cabeza, aunque entre los escapados pronto destaca Van Der Hoorn, de Países Bajos, esos que gustan de autodenominarse frugales. En la retaguardia, el Bora tira del resto para no perder de vista a los listos de la clase. Nada de qué preocuparse, piensa Sagan, al que empieza a ponérsele cara de procrastinador. “Paciencia, muchacho”, musitarán algunos al ver como Andrii Ponomar, el más joven de la carrera desde la Segunda Guerra Mundial –18 años y ocho meses– casi se descalabra al pasarse de frenada en un descenso en solitario. La secuencia me recuerda la escena de Colors, donde el veterano Robert Duval le cuenta la historia de los dos toros al novato Sean Penn. El pelotón lo quiere todo: conservar las piernas y disputar el sprint. Sobre el papel, el espectáculo está asegurado, pero resulta que el frugal no es tal y el chicarrón del norte tiene apetito: Van der Hoorn suelta a sus compañeros de mesa y, con sonrisa traviesa –o eso me parece– aprieta rumbo al buffet libre a falta de 10 kilómetros.

Javier Ares opta, a su vez, por el símil equino en la retransmisión de Eurosport. “Se les va el caballo. Y es percherón”, advierte conforme el del Intermarché avanza y se intensifica la persecución. El final es técnico y requiere sangre fría, algo de lo que va aparentemente sobrado Van Der Hoorn pese al acecho de la manada, que engulle a Giulio Ciccone y Tony Gallopin, dos que intentaron darle caza en solitario, cuando quedan dos kilómetros. “¡Cómo vienen los lobos!”, exclama Ares. El neerlandés casi siente el aliento en el cogote en los últimos metros, pero negocia con temple las curvas y echa una última mirada atrás cuando avista, al fin, la meta. “No llegan”, constata. Y es entonces cuando, en un gesto espontáneo de estupefacción, como de chiquillada, se lleva la mano a la boca, tan sorprendido como el resto de haber sacado matrícula de honor en su primer gran examen.

Estudiar para esto…

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