Déjà vu a orillas del Adriático

{Banda Sonora: Gino Paoli – Il mare, il cielo, un uomo}

Por ÀLEX OLLER

Un inquietante déjà vu ensombrece la séptima etapa del Giro de Italia este viernes, una de esas llamadas jornadas de transición que, opina Javier Ares en Eurosport, “solo traen malas noticias”. El recorrido llano favorece a los sprinters y el ahorro de energías de los favoritos en la general; pero su desenlace en suelo urbano, tras otra mini-gincana de rotondas, pilonas y chicanes, recuerda demasiado al de dos días atrás, ese que acabó con fuerte tarrascada de Mikel Landa y su consecuente abandono.

La diferencia es que hoy bordeamos mayormente el mar Adriático con llegada a Termoli tras partir de Notaresco, en la región de los Abruzos, con sus bucólicas estampas de olivos y ligero viento de cara para una montonera que sale relajada, sin forzar hasta que los equipos se vean obligados a luchar por posicionar a sus velocistas a unos 20 kilómetros de la meta, esos que Alberto Contador califica “de tensión”. El bicampeón regresa al plató tras superar, no sin sufrimiento, su baja por coronavirus: “ocho-nueve días sin comer por culpa del Covid-19”, detalla el madrileño.

Aunque su título no lo indique, también nació en la capital española Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzos por herencia nobiliaria. El nieto del primer monarca de Italia e hijo de Amadeo I en su breve reinado ibérico, entre 1870 y 1873, le salió rana a la dinastía italiana, pues demostró más interés por las humanidades y la aventura que las iniciativas militares o intrigas de palacio. Marino, alpinista, geógrafo, naturista y explorador, organizó expediciones al Ártico, abrió y nombró vía en el K2, estableció récords de altitud e innovó técnicas de cultivo en África, donde murió a los 60 años y aparentemente dichoso, a tenor de su documentada preferencia porque alrededor de su tumba se entretejieran “las fantasías de las mujeres somalíes antes que las hipocresías de los hombres civilizados”.

No transpira afán de demasiadas hazañas en esta ocasión el pelotón, cuyo mayor contratiempo se limita a una frustrada entrega de bidones por parte de los integrantes del Qhubeka mientras controla desde lejos a los tres escapados, Simon  Pellaud, Umberto Marengo y Mark Christian. “Los llevan cociendo al baño maría”, constata Contador mientras el grupo atraviesa la Costa dei Trabocchi, que debe su nombre a sus característicos ingenios de pesca armados sobre palafitos.

Capturados los intrépidos a 17 kilómetros de Termoli, comienzan las cábalas de la hinchada de cara la volata. ¿Se producirá el ansiado duelo entre Tim Merlier y Caleb Ewans? ¿Aparecerá finalmente vez Peter Sagan? ¿Ganará de una vez Giacomo Nizzolo, tras 11 segundos puestos en su casa? ¿Iniciará su reinserción deportiva Dylan Groenewegen, tras nueve meses de sanción?

Defendía el duque de los Abruzos, en su empeño por investigar la felicidad humana, que él no tenía subordinados sino camaradas, y advierte Ares que el colombiano Fernando Gaviria cuenta con el mejor equipo de lanzadores para armar el sprint. A falta de cuatro de la meta, afloran los nervios, se estira el grupo y se arquean los codos. Gaviria es el primero en atacar, y por momentos parece que su golpe de riñón será suficiente, pero los últimos metros se le atragantan mientras, por detrás, Sagan esquiva la caída tras un roce y asoman con fuerza Davide Cimolai, Merlier y Ewan, este disparado como un cohete. El acelerón del diminuto corredor australiano es tan brutal que uno imagina a los dioses del ciclismo decidiendo el lance tirados sobre una nube y jugando a una versión divina de la Playstation, mientras el más adolescente le da al botón del turbo del apodado Rocket Pocket.

Ewan, quien resolvió una avería al inicio de la etapa y venía de ganar la quinta, acaba nuevamente en lo alto del podio con el Adriático de fondo y, sí, cierta sensación de déjà vu, aunque esta vez con  aroma a gesta y, desde luego, un final sensiblemente más feliz de lo aventurado.

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