¿Truco o trato? Lo mío pa mi saco

{Banda Sonora: A Little Time– Helloween}

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España – Previa de Todos los Santos –Halloween, para las víctimas de la globalización– y aparecen con antelación los fantasmas. En el Congreso, en los autos judiciales, los podios de las salas de prensa, los telediarios y en las calles. No vaya a ser que el confinamiento les deje también sin su cuota de pantalla, con lo que a algunos les pone eso de salir con la sábana a pegar cuatro sustos.

Por suerte, también reclama atención la novena etapa de la Vuelta y allí nos vamos; aunque el primer fenómeno paranormal surge al constatar que no lo emite La Uno de Televisión Española. Superado el sobresalto –lo da Teledeporte–, nos acomodamos en previsión de una etapa, a priori, plácida y propicia para los sprinters, en caso de que el viento y consecuentes abanicos lo permitan.

La bucólica estampa del paisaje castellano a vista de pájaro sin duda invita a la práctica de la afición patria por antonomasia que es la siesta, pero interrumpe entonces una misteriosa exclamación la retransmisión televisiva, un “¡Joder macho!” de oculta procedencia y que Perico Delgado y Carlos De Andrés intentan disimular como mejor pueden: “Aquí el castillo tal y cual…”.

Aludíamos hace unos días a las novelas de Arturo Pérez-Reverte, que me atrevo a recomendar en tiempos de cuarentena. La penúltima, SIDI, un relato de frontera, narra las aventuras del legendario caballero Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como El Cid Campeador, cuyos restos reposaron justamente en la localidad de Castrillo del Val, donde se asentó su familia y de donde sale hoy el pelotón.

No tenía patria ni rey, solo un puñado de hombres fieles.

No tenían hambre de gloria. Solo hambre.

Así nace un mito

Así se cuenta una leyenda.

Así resume la editorial el libro, toda una oda a la épica castiza, el ardor guerrero y la caricatura de hombres duros y de pocas palabras entregados a su causa; mercenaria, sí, pero con honor, leñe. Una machirulada de tomo y lomo, aunque de lo más entretenida.

Sin escaramuzas de enjundia hasta el tramo final, la carrera discurre pendiente de la gran batalla a las puertas de Aguilar de Campoo, famosa por sus fábricas de galletas.

“Allí fuimos de viaje de fin de curso en octavo, para que veas el glamur de la escuela pública”, puntualiza La Maja con ese orgullo proletario que tanto la caracteriza.

Para galletas, las que suelen soltarse los sprinters en plena recta, pienso, deseoso de que la jornada acabe sin incidentes pese la cercanía de la base militar del ejército de tierra –de nombre Cid Campeador, cómo no–, que celebra a la vez el centenario de la Legión. Ya saben que todo se pega.

Es cierto que el día ha empezado con tono festivo por el 31 cumpleaños de Primoz Roglic, quien cede junto al líder, Richard Carapaz, el protagonismo a los velocistas, que avanzan a buen ritmo acompañados de sus hombres fieles, en busca de posicionarse de forma idónea para el ataque decisivo.

Pues resulta que sí resulta que hay hambre. Al fin y al cabo, a nadie le amarga un dulce, se trate de galletas o caramelos de Halloween. ¿Será truco o será trato?

Ya con la lanza a punto, se tira a por la gloria Pascal Ackerman, aunque el alemán mide mal la distancia y le acaba sobrepasando Sam Bennett, quien cruza sobrado la línea de meta. Segunda victoria para el irlandés en la Vuelta.

Pero, cuando parece que hay trato, surge el tercer fenómeno paranormal de la jornada: resulta que el ganador no es tal, pues los jueces deliberan sobre la maniobra que le ha permitido posicionarse en la punta –toca hasta dos veces a un ciclista del UAE– y optan al final por otorgarle el triunfo a Ackerman. Ni mitos, ni leyendas. Lo mío pa mi saco, que cantaba La Mala Rodríguez.

Nada que objetar, nada que decir. Quizás solo exclamar:

¡Joder, macho!

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