Siempre MESSI (o cuando el mejor jugador de la historia te manda a cagar vía Burofax)

[Esta columna fue editada y publicada en agosto de 2020 por LA OPINIÓN]

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España -“¿Te puedo llamar en 30?”

-“Claro”.

-“Estoy tocado”.

Era mi íntimo amigo Joan, lanzando un S.O.S. anímico la tarde del miércoles, primer día de la era post-Messi en Barcelona. Joan, quien ha encajado unos cuantos golpes en la vida, es culé de cuna, socio desde hace 30 años, luce el escudo del Barça tatuado sobre el corazón y venía de gastarse 100 euros en la nueva camiseta color negro con el dorsal del recién dimitido 10.

Y pues, cuando un hermano sufre, uno responde. 40 minutos de charla telefónica no bastaron para revertir la situación pero algo nos reímos, como siempre, pese a la rivalidad deportiva que nos separa, dado mi amor incondicional por el vecino Espanyol.

Cuando un primo pincha, uno también responde, aunque la venganza se cueza a fuego lento y se sirva en frío. El día que mis periquitos certificaron su descenso a segunda división –para mayor amargura en el Camp Nou–, mi primo Felipe batió el récord de memes nada más consumarse la pérdida de categoría, sin la más mínima consideración al duelo futbolístico.

Así que no pude evitarlo y devolví las puyas. Se la tenía guardada.

-“¿Bajar a segunda o que el mejor jugador de la historia te mande a cagar vía Burofax después de un 8-2?”, pregunté.

Lo que siguieron fueron 22 mensajes en cascada del primo Felipe, en que aseguraba estarle agradecido a Messi por los servicios prestados, pero en los que le calificaba como EX-Mejor jugador de la historia, incluyendo la palabra “HIPÓCRITA” en mayúsculas, la consideración de que “ya era hora” y una valoración final con pronóstico de alto riesgo: “era lo mejor que nos podía pasar”.

Un manifiesto digno de psicoanálisis, sin duda. Y munición de primera para el próximo entrenador del argentino, quienquiera que sea.

La esquizofrénica afición culé siempre fue carne de diván, y particularmente tormentosa se adivina su ruptura con el todavía indescifrable Messi, quien firmó hace 20 años –­como recordaban Juan Irigoyen y Ramón Besa en El País– su primer contrato sobre una servilleta y se despide por ahora con un burofax.

El recurso legal, la falta de un paso adelante mediático en las circunstancias actuales y los fantasmas de otro adiós por la puerta de atrás perturban a una hinchada que disfrutó de primeras espadas sobre el césped del Camp Nou –Ladislao Kubala, Luis Suárez, Johan Cruyff, Diego Maradona, Michael Laudrup, Romário, el Ronaldo original, Luis Figo, Rivaldo, Ronaldinho, Xavi Hernández, Andrés Iniesta, el otro Luis Suárez…– pero nunca entendió de homenajes.

La historia se repite y tampoco la dribla en este caso el mejor de todos. Como perico, la marcha de Messi es un alivio. Como periodista deportivo, se trata de una pérdida descomunal. ¿Cuántos goles contados, cuantas diabluras narradas, cuántas crónicas tiradas a la basura en el último minuto por culpa de otra genialidad del 10?

“No era un líder”, “dictador”, “débil”, “pecho frío”… son algunos de los reproches lanzados contra la figura de La Pulga, mientras los grandes del planeta fútbol abren sus cofres y despliegan la alfombra roja.

Yo lo echaré de menos.

Y mi amigo Joan lo tiene claro:

“Siempre MESSI”, zanja, también en mayúsculas y posando con esa flamante camiseta que su ídolo (parece) ya nunca alcanzará a estrenar.

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