Mucho más que ‘fisio’, ‘cutman’ o cuidador, son escultores del éxito panamericano

[Este artículo fue editado y publicado en agosto de 2019 por AGENCE FRANCE-PRESSE]

Por ALEX OLLER, CARLOS MANDUJANO Y LUJÁN SCARPINELLI

Brillan las estrellas sobre la pista y el público aplaude en la entrega de medallas, a menudo sin caer en la cuenta de esas manos que, lejos de los focos, ayudan a esculpir el triunfo de los atletas en los Juegos Panamericanos.

Aquí tres protagonistas en la sombra de Lima-2019:

 

– Patrick, mucho más que un ‘fisio’ –

Sentando sobre el escalón de entrada al vestuario, el rostro sumergido en las palmas de las manos, lloraba compulsivamente. La agónica derrota en la final de básquetbol 3X3, desde la línea de tiros libres tras un polémico foul, era una despedida cruel de los Panamericanos para Puerto Rico.

Recibió una tímida caricia en el hombro, pero Patricio Chutney, ‘Patrick’ para el grueso de la delegación boricua, tardó en incorporarse e ingresar al camerino, desconsolado, con la cara enrojecida a viva lágrima.

Patrick no es base, ni escolta, ni alero, ni pívot. Patrick no juega al básquetbol.

Luce el mono rojo de Puerto Rico, sí… pero en calidad de preparador físico del Comité Olímpico.

Ese sería el título técnico oficial. En realidad Patrick, de 53 años y 25 de servicio para el COPUR, ejerce de fisioterapeuta, psicólogo, entrenador, gurú espiritual, motivador y autoproclamado refranero.

“El sol de hoy no seca la ropa de mañana”, suelta, superado ya el disgusto, desde la zona de premiación y tras fotografiarse con los que llama “mis muchachos”.

También pueden ser, en ocasiones, amigos; pero trazando en cualquier caso una línea clara. “El trabajo es trabajo y la amistad, amistad”, advierte nuestro protagonista en la sombra, cuyo rol en Lima se ciñe a trabajar la recuperación de los atletas en coordinación con la nutricionista del equipo, aunque abarca un amplio abanico de disciplinas.

“Estoy yo solo para todo y me clono como puedo: me levanto a las siete de la mañana y termino a medianoche. Ayer empecé en sóftbol femenino haciendo trabajo funcional, luego el 3X3 y la recuperación con los gimnastas, voleibol masculino, básquetbol de cinco, ciclismo… donde me manden. Pero lo disfruto y lo haría de gratis”, explica este declarado autodidacta, que cuando no anda multiplicándose en torneos internacionales, se la pasa acudiendo a conferencias para mantenerse actualizado.

“Es un tipo bien desprendido, se preocupa mucho por los atletas y se desvive por el deporte. Es esa chispa que nos mueve y nos levanta cuando estamos caídos. Además de ser un buen preparador, es un gran motivador. Nunca te echa para un lado. Tiene un valor añadido incalculable”, explica el presidente de la federación de ciclismo Roberto Collazo.

Desprendido o no, Patrick siempre acarrea la maleta más grande de la expedición. “En mi bulto no pueden faltar las pelotas medicinales, bandas, conos y escaleritas. Incluso tiene un nombre, le llaman ‘Wilson’, como la pelota de la película Náufrago, y me hacen broma: ‘allí van Patrick y Wilson… a ver si se pierde Wilson”, ríe.

Y recuerda, pendiente aún de acudir a sus primeros Juegos Olímpicos, como en los pasados Centroamericanos de Barranquilla no pudo evitar sacarse una foto desde el jardín central del estadio de béisbol “como un novatito”, asombrado por mantener intacta la ilusión medio siglo después de empezar su andadura lejos de los focos.

 

– Fabricio, 45 segundos en la esquina –

Tiene 45 segundos para contener la sangre y calmar la furia que ofusca al guerrero. Llegó el momento de la acción para el argentino Fabricio Nieva.

“Nuestro trabajo es fundamental: atender al boxeador, prestar atención a todas sus necesidades”, comenta Nieva, entrenador y ‘cutman’ -el hombre que atiende los cortes- de Leonela Sánchez, la primera argentina campeona en el boxeo panamericano.

Nieva nació hace 45 años en Córdoba, Argentina, pero su familia huyó de la dictadura militar (1976-1983), por lo que creció en Suecia. Volvió a casa, ya adulto, para boxear. Representó a Argentina en los Olímpicos de Atlanta 1996.

La mayoría de las heridas, cuenta, no se producen por puñetazos, sino por cabezazos. Cuando la sangre mana, Fabricio limpia la herida con una gasa y le aplica vaselina y una solución de epinefrina, químico que incluye una mínima dosis de adrenalina para contraer los vasos sanguíneos. Son “secretos” de esquineros.

No hay margen de error. El juez puede suspender el combate si no hace bien su trabajo y la herida se abre. Una nariz rota también requiere también una respuesta veloz: presión con hisótopos. En el caso de Leonela, por fortuna, ayuda el casco protector que ya no usan los varones desde el 2016.

La labor de Fabricio trasciende por mucho los curetajes: “Tenemos que levantar el espíritu en los malos momentos”. Debe saber qué decir segundos para que su protegido recupere el equilibrio mental. Construir un campeón es mucho más que enseñarle a soltar puños.

 

– José, custodio de la caballeriza –

El cielo gris lo opaca todo en Lima. Pero el pelaje oscuro de DiCaprio exalta cuando entra a la pista con su jinete.

Vestido de jogging y campera de algodón, José Antonio observa el dressage desde la tribuna. “Hoy estoy tranquilo porque está ‘otimo’, de buen humor y concentrado”, dice el hombre que se ha ocupado de DiCaprio por una década.

Ágil a sus 17 años, el potro encadena galopes, cambios de mano y serpentinas en una coreografía elegante. José aplaude y se apura a volver tras bambalinas.

El día empezó temprano para el caballo de raza oldenburg y su groom, cuidador o petisero, según el país. Tras servirle una ración de alfalfa seguida por un balanceado, José le trenzó la crin, decoró la frente con una testera de cuero con cristales Swarovski y lo ensilló.

“Algunos piensan que a un caballo se le da cariño con terrones de azúcar, pero no es verdad”. DiCaprio “ama” que le acaricien el cuello. “Aquí”, explica, moviendo la mano detrás de la mejilla.

El caballo persigue sus zanahorias, que guían sus estiramientos de arriba abajo y de derecha a izquierda.

“Siempre hay que acercarse con la mano baja, para que pueda verte y no se asuste”. Antonio lo aprendió en las 12 horas diarias que pasa con su compañero de equipo.

El primer día de competencia en Lima, el jinete guio a DiCaprio al bronce en la prueba de adiestramiento. “Cuando sale me pongo en su piel y siento que estoy compitiendo con él”, dice el cuidador, que nunca vistió saco de cola ni botas altas.

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