De la ‘cocinita’ en Puerto Rico a la plata panamericana en básquet 3X3

[Este artículo fue editado y publicado en julio de 2019 por AGENCE FRANCE-PRESSE]

Por ALEX OLLER

LIMA, Perú (AFP) – Los chicos se iban juntando por el barrio de Santa Rosa Tres. Primero de uno en uno, luego parejas, con suerte dos tríos, hasta un número indefinido dependiendo del clima y las ganas, llegando a formar dos equipos para jugar aquel juego entonces denominado simplemente ‘streetball’ y que estrenó formato en estos Juegos Panamericanos de Lima-2019 como Baloncesto 3X3.

Popularmente conocido como básquetbol en América Latina, el deporte que inventó en 1891 el profesor James Naismith agujereando dos cestas de duraznos en la universidad de Springfield tuvo continuidad, no solo en la aplicación de sus reglamentos a nivel amateur y luego profesional, sino en el ingenio de sus practicantes más modestos a lo largo del tiempo.

Cuando Tjader Fernández y sus amigos reunían a cómplices suficientes como para armar un partido, no se trataba solo de conseguir una pelota. En la cancha de asfalto y tableros de madera de la municipalidad de Rio Piedras, Guaynabo, a veces faltaba otro elemento básico: el aro.

“Agarrábamos un cajón de leche, arrancábamos la base y lo clavábamos  en el tablero para poder jugar”, explica Fernández desde Lima, donde el lunes ganó para Puerto Rico la medalla de plata 3X3 junto a sus compañeros Josue Erazo, Ángel Matías y Gilberto Clavell, la primera en unos Panamericanos.

En el Coliseo Eduardo Dibos, con su iluminación artificial, pista sintética, tableros de vidrio y aros metálicos homologados, no había a simple vista rastro de ningún cajón de leche. Acaso previsión de algún botellín de cerveza para festejar el podio boricua tras ganar a 21-8 a República Dominicana en semifinales y perder una ajustada y polémica final, 21-19, ante el gran favorito, Estados Unidos.

“Es casi medio boleto a los Juegos Olímpicos de Tokio”, subraya el alero Matías, de 27 años, quien compagina su participación en el 3X3 World Tour de la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA), con la disputa de la liga venezolana con su club, los Indios de Mayagüez. “Lo hago para sacar adelante a mi familia, ya que tengo una hija de año y medio, y me da la oportunidad de viajar por el mundo. Además de América Latina, el año pasado pude ir a Holanda y me pareció muy bonito”.

Nacido en Bayamón y forjado como basquetbolista en la cancha de asfalto del Residencial Falin Torrech, Matías se congratula al menos de no tener que compaginar su actividad basquetbolista con un empleo de los considerados ‘comunes’, como sí hacen en cambio algunos de los campeones estadounidenses.

“Mi papá trabajaba en un almacén cargando cajas, y con el tiempo nos mudamos a otro barrio más tranquilo, porque en las calles donde crecí había mucha vivienda social, gente muy humilde y atrapada. Problemas de droga, matanzas…”, explica el alero.

El llamado ‘streetball’ ejercía de válvula de escape para jóvenes como Matías, que aprendían a respetar los particulares códigos –bastante lejanos al espíritu del reglamento que trazó en su día Naismith– de una competencia al aire libre, a veces bajo un sol de justicia, y sin más referí que la libre interpretación de cada cual.

A falta de nombre oficial, tan ásperas condiciones merecieron un apelativo bien curioso entre los afines al lugar. “Vamos a la ‘cocinita’: así le llamábamos”, cuenta Matías. “Nunca supe bien porqué. Hacía calor, no se pitaban fouls y, si te quejabas, te decían llorón. Allí la cosa se calentaba rápido y cuando entras en la cocina sabes que te puedes quemar…”.

La temperatura del pabellón panamericano, sobre los 12 grados Celcius gracias al aire acondicionado, no evitó sin embargo que tanto puertorriqueños como estadounidenses se calentaran en el desenlace de la final, y es que los organizadores intentan respetar al máximo el espíritu callejero y los árbitros acostumbran a dejar jugar.

En un apretado desenlace, los de las barras y estrellas acabaron imponiéndose gracias a dos tiros libres tras falta de Matías, y la delegación boricua al completo protestó airadamente la señalización.

‘Sin sangre no hay foul’: la ley no escrita del básquetbol no organizado posiblemente precipitará la instintiva reacción de los perjudicados en el momento del todo o nada. Pero Puerto Rico se irá de Lima con su primera plata en el básquetbol 3X3, un logro nada menor considerando que por el camino derrotó a Venezuela, Brasil, Argentina y hasta los propios Estados Unidos en preliminares.

“Hoy aquí no se jugó 3X3”, denunció, aún acalorado, el entrenador Pedro González.

Fernández, ya con la medalla colgada del cuello, prefirió matizar. “Si fue 3X3, pero solo de un lado: nos cobraron 10 fouls por tres de ellos”, lamentó el base, pese a todo feliz por traer de vuelta una plata en la primera experiencia panamericana de la modalidad. “Venimos por el oro, pero se vio muy buen juego y la experiencia fue memorable”.

El objetivo ahora es Tokio-2020, aunque los basquetbolistas puertorriqueños deberán pasar inevitablemente antes por el Preolímpico. Y en el caso de Matías y Fernández, quien sabe si también se dejen caer por ‘la cocinita’ o la cancha de Santa Rosa Tres, a improvisar un partidillo de los de antes.

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