Francia, sobrada, Croacia, a cuadros

{Banda sonora: Je ne regrette rien – Edith Piaf}

Por ALEX OLLER

El amanecer soleado de Montevideo invitaba a ver el partido al aire libre en la Plaza de la Intendencia, habitualmente a rebosar cuando juega Uruguay.

No es que esperara un lleno a absoluto para la retransmisión de la final del Mundial entre Francia y Croacia, pero tampoco el vacío de OK Corral, segundos antes del sangriento tiroteo.

Alterado el plan, improvisamos pantalla en el hotel más cercano para ver la primera parte, de inmejorables sensaciones para los croatas hasta el gol en contra de Mario Mandzukic tras una falta inexistente sobre Antoine Griezmann.

“Qué poco necesita Francia para marcar un gol”, suspiré, convencido de que el buen juego del equipo de Zlatko Dalic acabaría siendo recompensado en forma empate, quizás incluso de victoria tras una cuarta prórroga consecutiva, u otra épica tanda de penales.

“No sería Croacia si fuera tan fácil”, insistí.

Los cuadriculados alimentaron mis esperanzas con el golazo del indomable Ivan Perisic, que hacía justicia al planteamiento valiente de Dalic, tan sereno en la celebración de la igualada como elegante en la eventual derrota, que empezó a forjarse en cuanto el VAR irrumpió en la final con la señalización de otro rigurosísimo penal por mano de Perisic.

Un breve paréntesis, con permiso:

¿Para cuándo los diseños de nuevas camisetas de fuerza, de esas que amarran los brazos a la caja torácica, que impidan el inevitable aleteo de los futbolistas? Francamente, se me antoja la solución más definitoria a la hora de zanjar la polémica sobre lo que es o no es mano en el fútbol actual. O eso, o volvamos a interpretar la intencionalidad de la acción como personas de cierto sentido común y criterio. Pero supongo que eso es mucho pedir…

Mejor dejemos el debate para otra ocasión, mal les pese a los croatas.

Contrariados y algo hambrientos, forzamos un cambio de fortuna con reubicación a un bar vecino,  y allí seguí creyendo firmemente en la inquebrantable fe y conmovedor fútbol de los balcánicos, muy centrados en la faena y sin voluntad de tomar prisioneros, como demostró la urgencia de Ivan Rakitic en lanzar un tiro de esquina con su compañero del Barcelona, Samuel Umtiti, retorciéndose de dolor sobre el área francesa.

Rakitic ejerció de inmejorable escudero de Luka Modric, a quien tapó todo lo que pudo el incansable N’Golo Kanté, otro que bien haría en reclutar Leo Messi para el Barça, ni que sea para no tenerlo enfrente con el Real Madrid la próxima temporada.

Peleones en su propia cancha, los franceses parecieron medir cada paso en campo ajeno, ahorrando esfuerzos como el boxeador que se sabe superior y espera pacientemente para soltar el nocaut en rounds posteriores.

Y, ciertamente, los bleus se revelaron pletóricos con el tercer gol en magnifico zapatazo de Paul Pogba, a su vez mejorado por el cuarto de Kylian Mbappé, otra de las jóvenes perlas del equipo de Didier Deschamps.

La confianza fue tal que hasta el portero Hugo Lloris se pasó de frenada y permitió que Mario Mandzukic, irreductible en la pelea, acortara distancias en típica jugada de pillo.

Croacia quiso y propuso más que la subcampeona de Europa aunque, para los más supersticiosos, se metió otro autogol con la elección de su equipación rojiblanca clásica, cuando había logrado avanzar en el torneo mayormente con la segunda camiseta, también con estampado ajedrecista, pero de color azul oscuro.

Francia, una muy digna campeona jugando íntegramente de bleu, ganó sobrada una final mezquina con los seductores croatas, que se quedaron sin premio y, como decimos vulgarmente en España, a cuadros.

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