Mais fresco, mais fofo, mais Bimbo

{Banda sonora: El tiempo pasa… despacico – Joaquín Reyes/Madonna}

Por ALEX OLLER

Estábamos en Monterrey para, entre otras cosas, ver la final de la Eurocopa que, en 2004, aún no se televisaba en Estados Unidos; y mi jefe, ya por entonces un ludópata empedernido, no se podía creer que fuera a apostarle a Grecia contra Portugal.

“Pero es en Lisboa…”, subrayó.

“Exactamente”, zanjé a lo Clint Eastwood, convencido de que el factor cancha le iba a jugar en contra al equipo de Luiz Felipe Scolari donde, por entonces, empezaba a despuntar un tal Cristiano Ronaldo.

Ya saben cómo acabó la historia (de lo contrario, no estaría recordándola aquí): 1-0 para Grecia con gol de córner de Angelos Charisteas y llantos desconsolados de Cristiano y la fanaticada lusa, que no superó el trauma hasta amargarle la fiesta a Francia en París, hace justamente dos años.

Esa vuelta de hoja, con Ronaldo a la cabeza, obliga a la reflexión a los que a menudo caemos en la trampa de pensar que la gente, y por ende los equipos, no evolucionan.

Nunca me gustó Ronaldo, cuyo juego de cara a la galería irrita lo más profundo de mi particular sensibilidad futbolística. Pero, ¿Cómo negar su dedicación, progresión y relativa maduración 14 años después de aquel fiasco?

Lo mismo me ocurre, al fin y al cabo, con Lebron James: nula simpatía, pero creciente admiración por su obra baloncestística. Aunque mejor dejemos el debate comparativo con Michael Jordan para otra ocasión.

Con poco más que los goles de Ronaldo, Portugal cuenta por ahora cuatro puntos en el Mundial de Rusia tras un agónico empate con España, cortesía del tipo al que nos encanta odiar, y victoria por la mínima ante la rocosa Marruecos, con otro tanto del ya máximo cañonero del torneo; el único capaz de discutirle la pelota a Leo Messi y el foco a Neymar.

Resulta incomparable la Cristiano Experience: poco antes de lanzar su magistral tiro libre contra España, no pudo evitar arremangarse el pantalón para lucir cuádriceps, un guiño más a las cámaras –de televisión y miles de smartphones–, que generó no poca guasa entre los colegas de la oficina. Segundos después, la sorna se tornó fascinación en forma de aspavientos.

Conmoción. Evolución. Rendición.

Aunque los considero entrañables y guardo un gran recuerdo de su país, tampoco me acabó de convencer nunca la determinación de mis amigos portugueses, cercanos –quizás no solo geográficamente– a la estereotipada indecisión tan propia de las tierras gallegas.

De allí mi apuesta por Grecia en 2004.

Apenas dos años después, con motivo de otro viaje memorable, no pude evitar una sonrisa al toparme con un llamativo cartel publicitario a las afueras de la bella Lisboa.

Mais fresco, mais fofo, mais Bimbo.

Lo de fofo me hizo una gracia tremenda. Como si tras el adjetivo elegido para promocionar ese pan de molde se ocultaran los secretos sobre el origen de la misteriosa saudade y demás complejos a menudo atribuidos –justa o injustamente– al país vecino.

Pero el tiempo pasa.

Y algunos, para sorpresa de propios y extraños, evolucionamos.

La cuestión suele estar, más allá de la coincidencia de lugar y hora, en quienes y cómo.

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