La maldición del campeón

{Banda sonora: Du Hast– Rammstein}

Por ALEX OLLER

Ya tenemos el primer drama del Mundial en forma de campeón destronado, después del desastre de Alemania ante Corea del Sur, un Waterlöw en toda regla, si me permiten el perverso juego de palabras con la histórica batalla, punto final de la era napoleónica.

Los Mundiales sirven, entre muchas otras cosas, para certificar cierres de etapas, y parece que el glorioso ciclo de Joachim Löw en la Mannschaft toca a su fin tras un nefasto torneo, apenas maquillado con el agónico golazo de Toni Kroos en su única victoria sobre Suecia.

Decíamos que Alemania nunca muere, que juegan diez contra once y ganan igual, como siempre.

Pero hoy no fue siempre. Hoy fue el derrumbe de una selección que solo cuatro años atrás le endosó un memorable 7-1 a Brasil en Belo Horizonte, camino de su cuarta Copa del Mundo, tras derrotar en la final a la Argentina de Leo Messi.

Hoy Alemania no solo perdió 2-0 con Corea del Sur, sino que se quedó a cero, dando una paupérrima impresión de sí misma, sumida en el pesimismo desde que llegaron noticias de la ventaja de Suecia sobre México.

El ‘Tri’, a su vez tan justamente aplaudido tras sus dos victorias iniciales, transitó largo rato la cornisa, vulnerable a la enésima remontada teutona.

Pero esta vez, La Cabalgata de las Walkirias no sonó en Kazán.

Desesperados por el tic-tac del reloj, los alemanes fueron perdiendo su clásica compostura con el paso de los minutos, dando por momentos la impresión de que, ni que el partido durara tres días, llegarían a perforar el arco coreano.

Mesut Özil no aparecía, los tiros de Kroos rebotaban en un bosque de piernas orientales y Timo Werner y Mario Gomes andaban tan negados como el central Mats Hummels, quien pudo marcar un hat-trick en el tramo final pero solo encontró desconsuelo en su reiterada falta de puntería.

Quizás una épica subida a última hora de Manuel Neuer resolvería el entuerto, pero la imagen del arquero, presionando en cancha ajena previo al segundo gol asiático, resumió el despropósito germano en Rusia.

Con Mario Götze viendo el partido por televisión e Ilkay Gündogan en el banco, quedó evidente que a la Mannschaft no le alcanzó esta vez con el peso de su camiseta; o bien Löw no supo gestionar el relevo generacional, algo que ya ocurrió con los dos campeones anteriores, España e Italia.

Como sus predecesores en 2014 y 2010, Alemania se quedó a las puertas de la segunda fase –con un único precedente en 1938– cuando aspiraba a defender su corona en la final del 15 de julio en Moscú.

Buscó hasta el largo descuento la suerte del campeón, pero esta vez se topó con la maldición.

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