¡Wonder Woman al rescate!

{Banda sonora: No Guts. No Glory – Airbourne}

Por ALEX OLLER

La verdad, nunca fui demasiado de superhéroes, quizás traumado por un esperpéntico retrato infantil en que, junto a mis compañeros de guardería, Batman, Superzorra y Superman, posaba disfrazado de rechoncho enanito con gesto compungido.

Reconozco que el Caballero Oscuro tiene su encanto, con su estética de lo más dark, el fiel mayordomo a disposición 24/7 y la ostentosa mansión a las afueras de Gotham City, el mejor telón de fondo del mundo del cómic.

Pero desde ya me considero también fan incondicional de Wonder Woman, la intrépida niña criada por Amazonas, hija de Zeus y que, una vez descubiertos sus superpoderes, se dispone a salvar a la humanidad de su propia tendencia a la autodestrucción combatiendo a Ares, el insaciable dios griego de la guerra.

Todo esto lo sé porque me acerqué ayer a la Sala Phenomena, ese maravilloso proyecto digno de superhéroes de la distribución, para visionar comme il faut, la nueva película sobre la heroína universal que en su día creó la factoría de DC Comics.

Aunque el personaje surgió originalmente en 1941 de la maravillosa mente de William Moulton Martson, un reputado psicólogo que también inventó la máquina detectora de mentiras, fiel relflejo del lazo de la verdad al que a  menudo recurre nuestra Mujer Maravilla.

Y esto lo sé porque hace cosa de un año, escuchando el programa Fresh Air que conduce Terry Gross en la NPR norteamericana, y gracias al concienzudo estudio de Jill Lepore, autora del libro La historia secreta de Wonder Woman, me enteré de que Martson tenía también una amante y vivía en consentido menage a trois con su reconocida esposa.

Sí, el creador de la mas popular de las superheroinas del cómic, declarado feminista y defensor del sufragio universal, compartía casa y vida con dos mujeres aparentemente más que conformes con el peculiar y oculto arreglo sentimental, desde luego inédito para la época.

Lepore explicaba como Martson, criticado en algunos sectores por caracterizar a Wonder Woman encadenada con toques supuestamente sado y sometida por los hombres, se interesó originalmente por el movimiento sufragista que lideraba entonces Margaret Sanger, también activista en defensa de los derechos de la mujer y el control de la natalidad y –vea usted por donde– tía de la amante del polifacético autor de historietas.

Las cadenas fueron un elemento clave de la simbología en la lucha sufragista, del mismo modo que la estética pseudo-erótica pin-up de la época inspiró en parte el look final del personaje ideado por Martson para contrarrestar el campo de nabos que por entonces se extendía en el ámbito del cómic norteamericano: Batman, Superman, Spiderman… Eso sí, nada se sabía aún del irreductible Gnomoman.

Pero volvamos a la película.

La cinta, magistralmente dirigida por Patty Jenkins, también realizadora de la magnífica Monster o las series Entourage y Arrested Development, es un prodigio cinematográfico en toda regla con relato, espectacular escenografía, trepidante banda sonora y actores y actrices de peso como las siempre estupendas Robin Wright y Connie Nielsen, el pujante Chris Pine –igualmente excelente en la muy recomendable Come Hell or High Water– y David Thewlis, otro prodigio de la escuela británica de interpretación al servicio de una superproducción inconfundiblemente hollywoodiense… y a mucha honra.

Las dos horas y cacho de duración me pasaron volando, atento siempre a las evoluciones de la innegablemente carismática Gal Gadot, hecha a medida del rol de Diana Prince, valiente Amazona de ideales universales, que reparte hostias como panes en combate contra el mal y, camino de sus nobles propósitos, arrastra un creciente séquito de fieles seguidores, esperanzados en alcanzar algún día Utopía.

Cuenten entre ellos a un intrépido enanito, irremediablemente adherido a la magna y eterna causa de Wonder Woman: el rescate de la humanidad.

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