Jueguen más, posen menos

{Banda sonora: Vivir para contarlo – Violadores del verso}

Por ALEX OLLER

Recién coronados los Warriors campeones de la NBA, unas pocas reflexiones respecto a las Finales que acabamos de vivir.

Primero, lo que me gustó:

-El juego ofensivo, siempre plástico, muchas veces efectivo, de Kevin Durant, el jugador llamado antes de la serie a dar un paso al frente por su capacidad anotadora y polémica mudanza a Oakland tras hacérsele pequeña Oklahoma City. Con media de 35.2 puntos por juego, el declarado MVP de las Finales al fin superó a LeBron James en enfrentamiento directo; y lo hizo sin alterar el delicado ecosistema de su nuevo equipo, con los correspondientes egos de sus superestrellas.

-El juego ofensivo de James, polifacético en sus habilidades, generoso en la creación de oportunidades para sus compañeros y pundonoroso en cuanto se inclinó la balanza. Asumió responsabilidades, no se escondió y atacó con saña cuando el equipo estaba herido, promediando un inédito triple-doble en los cinco partidos.

-La aportación de Klay Thompson a ambos lados de la cancha, asumiendo la asignación de frenar a James y, en otras ocasiones, acorralar al escurridizo Kyrie Irving. El hijo del ex de los Lakers, Mychal Thompson, demostró conocer el secreto del éxito, pues hizo todo lo necesario para que su equipo se llevara el gato al agua con su juego fluido, forzando menos tiros de los que lanzó en las pasadas Finales y facilitando espacios para jugadores menos dotados en el bote, como los suplentes Andre Iguodala o David West. Más maduro, aportó serenidad en momentos de máxima presión para Stephen Curry y compensó la comprensible ansiedad de Durant.

-La emoción contenida de Steve Kerr, cinco veces campeón como jugador, y ya dos como entrenador jefe de los Warriors. Solo él sabe lo que ha tenido que sufrir para poder dirigir sobre la pista los últimos cuatro partidos, después de someterse a una operación de espalda hace dos años y padecer una más que complicada rehabilitación. Ojalá me equivoque, pero su cristalina mirada al techo del Oracle Arena durante la celebración y posterior elogio de su ayudante, Mike Brown, me inclinan a pensar que la retirada está más cercana que nunca. En ese caso nos quedaría aplaudir la labor de un hombre inteligente, astuto, humilde y elegante. Tanto en la victoria como la derrota. Bravo.

Ahora, lo que no me gustó:

-El juego defensivo en general, y en particular de los Cavaliers y James. Para un aficionado criado en las duras guerras de trincheras de los años 80 y 90, una media conjunta de 236.4 puntos por partido es un ataque a la dignidad baloncestística. Demasiadas veces, Lebron y sus colegas de colgaron en la marca, trotaron sin vergüenza en las transiciones o se apartaron descaradamente del camino en las penetraciones rivales. Y para los que se hartaron de aplaudir la supuesta mejora de Durant en ese apartado, recomiendo revisar las cintas, porqué muy lejos está nuestro amigo de emular legendarias perras presa como Bill Russell, Michael Cooper, Joe Dumars Scottie Pippen o el mismísimo Michael Jordan.

-El desproporcionado protagonismo de la madre de Durant antes, durante y después de la coronación de los Warriors. Mis respetos, estimada señora, pero una cosa es compartir la alegría de su hijo in situ y otra, muy distinta, es chupar cámara hasta la extenuación, por lo menos, de este sufrido espectador. ¿Es mucho pedir que, una vez televisado el emocionado abrazo a pie de pista, mamá se retire a un segundo o tercer plano y facilite mínimamente la entrevista con la estoica reportera de la ESPN, Doris Burke? Muchos estarán encantados con estas muestras de cariño supuestamente espontáneo, pero servidor hubiera agradecido algo más de moderación. Llámenme ogro, pero tampoco soy muy fan de los festejos cada vez infantilizados, con los peques de por medio. ¿Qué pinta el hijo de Draymond Green, más allá del quinto sueño, en un abarrotado pabellón junto a miles de ruidosos adultos con ganas de gresca? Ni idea.

-El constante postureo de muchos de los protagonistas, con Green a la cabeza en sus enérgicas protestas a los árbitros, y siguiendo por la mayoría. LeBron, siempre atento a la cámara, balbuceando vete a saber qué a la oreja de Durant. David West, Tristan Thompson y JR Smith encarándose en incomodo menage a trois tras forcejeo del primero con Irving. Avísenme cuando alguien se anime a lanzar un puñetazo. Mejor, cuando el puñetazo conecte. Sobraron también el último arrebato de Durant, reclamando el balón para jugarse un uno contra uno ante James con las Finales ya decididas, y la chulería de Curry tras clavar un triple con arabescos en la siguiente jugada. Un poco de contención, por favor.

-Demasiadas interrupciones en el desarrollo de los partidos, ya fuera por los mencionados ataques escénicos de los jugadores, mal funcionamiento del cronometro, desconcierto arbitral en situaciones dudosas como la polémica no técnica a Green, o el cansino recurso del instant replay que –dicho sea de paso– de instant tiene bien poco. A los defensores de la aportación de las nuevas tecnologías al deporte pregunto, ¿es necesario revisar jugadas tan claras como un triple de JR Smith bien por detrás de la línea de tres, o esta falta flagrante de Zaza Pachulia a Iman Schumpert que, al final, fue saldada con una simple técnica? En mi humilde opinión, rotundamente no. Y, además, con VAR o sin, los árbitros seguirán cometiendo fallos humanos, como no ver este clarísimo palo de Durant a James, potencialmente decisivos en el resultado final.

Resumiendo, unas Finales cortas en partidos pero no tanto en minutaje, con excelso baloncesto ofensivo, pobre balance defensivo e incontables postales para la posteridad.

Y una petición prioritaria, al menos desde este modesto foro: jueguen más y posen menos.

Créanme, lo primero se les da mucho mejor.

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