El arte de correr

{Banda sonora: Pull up some dust and sit down – Ry Cooder}

Por ALEX OLLER

“¿Tú sabes lo que es correr? Mueves la piernas una detrás de otra, así: rapidito”, expone el interlocutor mediante ejercicio de mímesis con la mano derecha, cruzando los dedos índice y corazón, al tiempo que silba, acelerando progresivamente la cadencia.

El ponente es monitor de tenis y asiduo patrón del Bar de los Montaditos Gratis, en especial en horario futbolero, cuando suele compartir análisis de cuanto aparece en la pantalla de televisión junto a mi suegro, otro formado opinador balompédico, doctorado en la siempre exigente grada de Mestalla.

En esta ocasión, la demostración se produce en plena goleada del Valencia al colista Osasuna, que acaba derrotado 4-1 pese al escaso esfuerzo físico desplegado por el equipo local, clasificado en mitad de tabla y sin apenas motivaciones a falta de dos jornadas para el final del campeonato.

La pregunta con auto respuesta del educador deportivo va a menudo dirigida a uno de sus alumnos, talentoso pero algo holgazán, que se resiste a correr pese a sus reiteradas peticiones, simulando una carrera que en realidad no lo es.

Pero, chico… ¿tú sabes lo que es correr?

La explicación codo en barra, que viene a ilustrar también la desgana de los futbolistas profesionales –en este caso del Valencia– me hace retroceder a una narración radiofónica escuchada diez años atrás. Fue una temporada de profunda crisis en el Barcelona, con el equipo lejos de competir por los grandes títulos, victimizado en gran parte por aquel irremediable dejarse ir de Ronaldinho, la estrella que rescató en su día a la entidad de la depresión y, un posterior amanecer, se levantó de la cama y decidió dejar de correr.

Y de jugar.

Porque, pese la variedad de tesis al respecto, al fútbol se juega corriendo buena parte del tiempo. Inclinarse por lo contrario nunca es una opción, como tampoco lo sería dejar de pensar y anticipar, de tocar, chutar o incluso chocar.

“Para jugar bien hay que correr, por supuesto, pero también hay que saber frenar. Si no hay pausa, no hay sorpresa”, matiza Jorge Valdano en su último libro Fútbol: el juego infinito, subrayando la evidencia de que la velocidad pura y dura no lleva a ninguna parte.

Y gran parte de razón tiene, pues el fútbol es toda una combinación de elementos artísticos en que no deja de tener un papel primordial la velocidad de piernas, ese sprint al espacio para recibir, quitar, desbordar y descolocar al rival.

El manejo de los tiempos es básico, como recalca Valdano, y para que se produzca un cambio de ritmo debe existir antes una paleta de distintas intensidades susceptibles de alteración.

Si no se corre, tampoco se para. Y ya me explicaran entonces como se juega.

Siempre hay excepciones, claro. Un talento supremo podría permitirse descartar prácticamente la carrera como arma, ni que sea de distracción; pero son contados los genios capaces de distinguirse en el fútbol sin el amago del más mínimo esfuerzo.

Romário da Souza Faría, conocido simplemente como Romário.

Esa es mi lista.

El excepcional y orondo goleador brasileño me consta como el único con la magia necesaria para jugar al tran-tran, exigir la pelota al pie y demoler un muro defensivo con una pirueta y toque de varita. E incluso él, de vez en cuando, debía recurrir a  –como bien explica nuestro amigo– “mover las piernas, así: rapidito”. Pocos metros, apenas dos soplos de aire, los suficientes para perfilarse y ejecutar un tiro fatídico.

Parecido a esos linieros defensivos de la NFL que, en reducida distancia, abalanzan sus 150 y tantos kilos de masa corporal sobre el quarterback rival, Romário requería puntualmente de la carrera corta para suplementar su privilegiado juego estático, capaz de desafiar incluso aquel viril míreme a los ojos del añorado Luis Aragonés.

Y entendemos la frustración del veterano entrenador, preocupado por la creciente falta de entusiasmo de los profesionales del balón; y no hablemos ya de fútbol, sino de otros deportes donde estrellas actuales descuidan la actividad física –mantenerse en forma sería el mínimo requerimiento de su oficio–  hasta el punto de competir con visibles kilos de más.

Gonzalo Higuaín, autor de 32 goles este curso,  jugará la final de la Liga de Campeones con la Juventus y notable sobrepeso.

Parecida barriguita luce James Harden en los Playoffs de la NBA con los Rockets, siendo pese a ello firme candidato a levantar el MVP de la temporada regular.

¿Y qué me dicen de los michelines de Eddie Lacy, nuevo corredor de los Seattle Seahawks  – jugoso contrato de por medio–  tras una mediocre campaña con los Packers en la NFL?

Quizás logren, como el alumno mencionado anteriormente,  escaquearse un rato más; pero ni los más grandes, como los dos Ronaldos, Lionel Messi o Ronaldinho, pueden sobrevivir largo tiempo en el fútbol sin recurrir al movimiento repetido de sus adineradas piernas.

Aquel alicaído Barcelona que sufrió el repentino desprendimiento del Gaúcho desde luego no consiguió reponerse, provocando la indignación del célebre locutor radiofónico, Joaquim Maria Puyal, en plena narración de una de sus varias derrotas.

Es pensa que corre! Es pensa que corre!”, exclamó el periodista catalán, entre el asombro y la denuncia, al constatar el impasible trote cochinero de Ronaldinho.

Y es que el éxito, mal les pese a algunos, no suele llegar regalado.

Bien lo saben en el Bar de los Montaditos Gratis.

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