Suárez, de sufrido espectador a actor protagonista

[Este artículo fue editado y publicado en octubre de 2014 por THE ASSOCIATED PRESS]

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España (AP) – Arrodillado en el vestuario frente al televisor, impotente de alma y desesperado en la mirada, juntadas las manos en sumisa plegaria, Luis Suárez apenas podía recurrir a la súplica.

“No, Loco, no… Por favor, no lo hagás”, repetía en compañía del arquero suplente Juan Castillo.

El goleador de Uruguay estaba lejos de donde quería estar: frente al punto penal de la cancha de Johannesburgo que en ese instante encaraba Sebastián “el Loco” Abreu para lanzar el definitivo de la tanda contra Ghana en cuartos de final de la Copa del Mundo de Suráfrica. Suárez, el astro charrúa, había sido expulsado en el último minuto de la prórroga por evitar con la mano un gol cantado de la selección africana y ahora tenía que sufrir en la soledad de la caseta la sádica tortura del cara o cruz desde los once metros.

El equipo de Óscar Washington Tabárez había ensayado la pena máxima en la previa y Abreu, para desespero de sus compañeros, se había empeñado en ejecutar alguna “a lo Panenka”, picando el balón suave, jugándosela a una vencida previa del arquero.

“Tranquilos, que mañana clasificamos con el sello de la casa”, prometió “el Loco” ante la insistencia del inquieto plantel.

Y en esas estaba Suárez, implorando a su amigo, quien desatendió los ruegos y tocó sutilmente el balón, de vuelo ralentizado frente a la estirada figura de Richard Kingson, camino del…

“¡Goool!”, clamaron al unísono millones de uruguayos y el propio Suárez, enloquecido en su carrera de vuelta a la cancha para abrazar al “Loco”, a la madre que lo parió y al resto de semifinalistas.

Aquella corta e intensa secuencia de eventos, hace ya más de cuatro años, viene a compactar el tarro de las esencias de Suárez, un futbolista de raza, talentoso y único, con genio, héroe y a la vez villano, comprometido, artífice de un gran logro de equipo que las propias reglas del juego le impidieron disfrutar en su hábitat natural: el verde del rectángulo de juego.

Allí espera regresar el sábado con el Barcelona, su nuevo club, para disputar otro partido de alto copete: el clásico de España contra el Real Madrid, una vez superada una sanción de cuatro meses.

Propiedad del Ajax cuando el penal de Abreu, el depredador del área aún no había fichado entonces por el Liverpool, donde se erigiría en ídolo tras acumular 82 dianas en 133 partidos y, más difícil aún, convencer a los habituales del estadio Anfield con su garra y tesón.

Pero, para perjuicio de su imagen y lamento de quienes le rodean, el espíritu guerrero del oriundo de Salto de 27 años ha traspasado los límites de lo deportivo en varias ocasiones. El primer incidente grave remonta a 2011 cuando mordió al mediocampista Otman Bakkal, del PSV, y la liga holandesa le aplicó siete partidos de castigo.

Del currículum de Suárez, vigente ganador de la Bota de Oro al máximo goleador de Europa y considerado uno de los mejores arietes del panorama mundial, no pueden borrarse las numerosas sanciones, que incluyen una de ocho encuentros por insultos racistas; y mucho menos la última dictada por la FIFA tras morder al italiano Giorgio Chiellini en la pasada Copa del Mundo con su selección.

“Sentí que había arruinado mi carrera y temí que el Barsa se echara atrás”, reveló el domingo en declaraciones a la televisión catalana el uruguayo, quien reconoció en su presentación en Barcelona haber recurrido a ayuda psicológica para evitar acciones semejantes en el futuro. La del mundial era la tercera vez que se ganaba el apodo de “caníbal” tras hincarle también el diente a Branislav Ivanovic, del Chelsea, apenas un año antes.

Pero aparte del perjuicio profesional, a Suárez le dolieron especialmente los daños a nivel personal. Avergonzado por no haber cumplido la promesa de erradicar su violento comportamiento, se apoyó nuevamente en su círculo íntimo y en especial su esposa Sofía, asentada desde hace años en Cataluña. Hombre tranquilo y familiar lejos de la cancha, acostumbra a besar su muñeca derecha a cada gol, y con ello el nombre de sus dos hijos, tatuado en la piel.

“Lo de Chiellini estuvo muy mal para su carrera porque siempre se le recordaran estas cosas. Como jugador y persona es muy bueno y un tipo muy normal. En la cancha es un luchador, un ganador nato como (Lionel) Messi y Cristiano. Pelea hasta en los amistosos y, si mete nueve goles pero falla uno, se va enfadado”, explicaba el lunes el entrenador del Ajax Frank De Boer, quien lo vio de cerca pero no tuvo tiempo de saborear su rendimiento como primer entrenador, pues Suárez fichó por el Liverpool en plena sanción por el incidente con Bakkal.

Pese a la reincidencia, el Barsa siempre se mostró firme en la adquisición del charrúa, al que había perseguido largo tiempo; en parte debido al conflicto de intereses de su representante, Pere Guardiola, hermano del ex entrenador “culé” Pep. El agente prefirió evitar acusaciones de tratos de favor con su cliente y no se empezó a gestar el fichaje hasta que el Guardiola timonel abandonó la nave azulgrana.

Cuando se materializó el traspaso, Suárez recibió la noticia por teléfono y rompió a llorar, mientras al otro lado del auricular, Pere Guardiola brindaba con sus allegados en el céntrico mercado de La Boquería. El Barsa, unos 81 millones de euros mediante, tenía por fin a su crack, y el futbolista dejaba Liverpool por la costa mediterránea que disfrutaban a diario sus suegros y el club que dijo admirar desde siempre, más allá del amor eterno por Nacional, que le dio su primera oportunidad antes de recalar en el Groningen.

“Me gusta que esté en Barcelona: se lo merece porque ha luchado y ha mejorado cada año. Tendrán un ataque increíble con Messi y Neymar, aunque deben demostrar que puede funcionar juntos”, apuntó De Boer.

Su ex compañero en el Ajax y técnico del filial barcelonista Gabri García, también amigo personal, no tiene dudas de que Suárez “triunfará de azulgrana. Es muy inteligente y sociable y sabrá compenetrarse con Messi y Neymar. No habrá problemas”.

Y el propio Neymar validó su rápida inclusión en el equipo. “Luis es un crack, un gran amante del fútbol y es duro para él no poder jugar. Es impresionante como trabaja todos los días para mejorar al equipo, como nos ayuda. Vamos a hacer muchas cosas buenas”, prometió el brasileño.

La primera ocasión de demostrar que el Barsa no se equivocó en la apuesta la tendrá Suárez en el clásico si Luis Enrique le da la alternativa. “Fue el fichaje más caro y es agradable ver que el trabajo diario refuerza la idea que teníamos de él. Es muy intenso, cada día está mejor y ve que puede llegar su momento, pero está tranquilo. Siempre quería jugar aquí ahora se dan todas las circunstancias para que disfrute”, expuso el  entrenador, quien tiene en la mano evitar el peor de los suplicios para un futbolista de raza: ver el espectáculo por televisión.

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