Barcelona y Martino, de la final al amargo final

[Este artículo fue editado y publicado en mayo de 2014 por THE ASSOCIATED PRESS]

Por ALEX OLLER

BARCELONA, España (AP) – En poco más de noventa vibrantes minutos, en un partido a vida o muerte contra el eventual campeón Atlético de Madrid, el Barcelona pasó el sábado de celebrar la posible 23ra liga de su historia a cerrar un glorioso ciclo que incluía la conquista de cuatro de los cinco anteriores campeonatos españoles.

El choque acabó en empate, 1-1, valedor para la celebración colchonera y desencadenante del rito funerario culé, que empezó con la confirmación del adiós, ya intuido, de un desolado Gerardo Martino en sala de prensa.

“Hemos decidido de común acuerdo que deje ser el entrenador del Barcelona. Ha sido un orgullo para mí dirigir a este club. Lamento no haber conseguido los objetivos trazados. Lo intentamos hasta el final”, declaró el técnico argentino, dando carpetazo a su convulso año al timón del Barsa.

En una liga conquistada con 90 puntos, el anterior campeón ni siquiera cumplió los requisitos más básicos, incapaz de tumbar en la última fecha y ante su propia afición al Atlético, con quien pugnó hasta el último aliento por el trono, tomado finalmente por el plantel del también argentino Diego Simeone.

La liga, el único título mayor que seguía en liza para los azulgrana, fue más tortura que travesía mágica para Martino y sus futbolistas, quienes iniciaron el camino hace diez meses con el pie cambiado, al caer enfermo el anterior timonel, Tito Vilanova, lo que precipitó el arribo del técnico rosarino.

El entrenador catalán, tristemente fallecido el pasado 25 de abril víctima del cáncer que se le diagnosticó en 2011, venía de ganar el anterior campeonato en su primer y único año al frente del Barsa, que apostó por dar continuidad al modelo de Pep Guardiola, hoy del Bayern Munich, ofreciendo la alternativa a un hombre de casa.

Martino aterrizó en paracaídas en Barcelona, pero el arranque a remolque no tuvo aparente impacto negativo en la competición liguera, que el Barsa empezó copando 50 puntos de 57 posibles y goleando por 7-0 al visitante Levante en la fecha inaugural, la primera victoria de ocho seguidas.

Pero ya tras la quinta, una goleada por 4-0 en cancha del Rayo Vallecano pocos días después del fallecimiento de su padre en Argentina, Martino se percató que no todo iba a ser un camino de rosas, asombrado de que la crítica destacara por encima del resultado la pérdida de la posesión del balón, sello distintivo de la etapa anterior.

Con un plantel envejecido y exhibiendo ciertos síntomas de acomodamiento, el “Tata” peleaba en varios frentes en el enrarecido ambiente de Barcelona, pues a las dificultades deportivas se sumaban fuertes distracciones en los despachos. Lo que el entrenador irónicamente bautizó “la crisis semanal”.

El brasileño Neymar, incorporado a golpe de talonario para asumir parte de la carga que arrastraba desde hacía varias temporadas el argentino Lionel Messi, no acababa de arrancar y la polémica en torno al coste real de sus fichaje se llevó por delante al presidente Sandro Rosell, quien dimitió en enero y fue remplazado por Josep María Bartomeu.

Sin el hombre que apostó por su contratación al frente de la institución, Martino sintió como a la sensación de persecución mediática se le unía la de una cierta soledad.

Neymar, igualmente afectado por el ruido extradeportivo, sufrió altibajos y lesiones; y Messi, también baja por periodo de dos meses coincidiendo con el cambio de año, ya no tapaba todas las deficiencias del plantel pese a puntuales actuaciones antológicas como en la 29na fecha, cuando firmó un triplete para vencer de visitante al Real Madrid, 4-3, en el Santiago Bernabéu.

Las prestaciones del rosarino, con 41 dianas anotadas en la temporada, volvieron a ser excelentes bajo el prisma terrenal, pero por debajo de su habitual desempeño (60 tantos el curso anterior y 73 el previo); y tampoco alcanzaron la regularidad de antaño compañeros como Xavi Hernández, Andrés Iniesta o Gerard Piqué. Menos aún el capitán Carles Puyol, con quien Martino confiaba para el eje de la defensa pero apenas disputó 12 encuentros, anunciando su adiós a final de campaña.

Cayó también a principios de abril una sanción de la FIFA, impidiendo el fichaje de futbolistas por incumplimiento con la norma de traspasos de menores; aunque luego el castigo quedara aplazado. Y finalmente el peor mazazo: el fallecimiento de Vilanova a finales de ese mismo mes.

Y pese a ello, el Barsa siguió vivo en la pelea, líder en 23 de las 38 fechas totales, y siempre a distancia del Atlético y el Madrid, con el que finalmente acabó empatado a 87 puntos. Conectado a la liga por pura matemática y talento más que ánimo o convencimiento. Si en anteriores años los culés seducían por resultados y juego, dominaban sus partidos y sometían a sus  rivales, en la actual campaña simplemente sobrevivían, administraban recursos, aspiraban a solventar más que enamorar.

Bajo ese prisma, la declaración de Martino en la previa de la final con el Atlético resumió perfectamente el estado de ánimo: “Preferiría ir a Madrid y que me valiese empatar”, comentó frente la perspectiva de conquistar el título ante los suyos, con un golpe de autoridad.

La falta de espíritu colectivo ya se acentuó con el cambio de año, cuando los azulgranas perdieron en casa ante el Valencia por la 22da fecha, y luego cayeron también en visita a la Real Sociedad, partido en que Martino acabó expulsado y desencajado, con el consecuente abatimiento de sus jugadores.

Tras dejarse solo siete puntos en sus primeros 19 partidos, el Barsa besó la lona también en cancha de modestos como Valladolid y Granada, y acabaría cediendo 22 unidades en los 19 siguientes choques.

La lesión del arquero Víctor Valdés en la fecha 30 hasta final de temporada se notó en la retaguardia y en especial la final de la Copa del Rey, perdida 2-1 ante el Madrid en ese terrible mes de abril.

Eliminado también en cuartos de final de la Champions por el Atlético, Martino tildó de “fracaso personal” el no clasificar al equipo a la que hubiera sido su séptima  semifinal continental consecutiva. Y, restando la conquista de un trofeo menor como la Supercopa, vio cercano el abismo de la primera temporada en blanco desde la campaña 2007-2008.

“No conseguir ningún título sería un fracaso”, había consentido ya el día de su presentación oficial; y esa perspectiva nunca se palpó tanto como por la 36ta fecha, cuando el Barsa cedió un empate de local ante el Getafe y quedó aparentemente descolgado de la liga. “Ya hemos dicho todo lo que teníamos que decir en el campeonato”, proclamó el propio Martino en la alicaída rueda de prensa posterior, con el equipo tres puntos por debajo del Atlético y tres por encima del Madrid, con tres y cuatro partidos restantes, respectivamente.

Lo ocurrido desde entones ya es historia: uno de los finales de campeonato más rocambolescos que se recuerdan, con ninguno de los dos primeros capaz de solventar con victoria sus tres últimos choques.

Y una final a cara o cruz con el Atlético en el Camp Nou, saldada con un empate que valió una liga de 90 unidades. Un título que el Barsa  quería dedicar a Vilanova, el llorado campeón de los 100 puntos, pero que los culés vieron teñirse de rojiblanco mientras despedían amargamente a  Martino y a un ciclo irrepetible.

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