Castillo, del balón al bronce en clavados

[Este artículo fue editado y publicado en julio de 2013 por THE ASSOCIATED PRESS]

Por ALEX OLLER

Hiperactivo y disperso ya desde bien chico, Yahel Castillo pensó más de una vez en dejar de dedicarse a los clavados y, persiguiendo el frustrado sueño paterno, centrarse en el fútbol. Pero el viernes su persistencia sobre el trampolín se vio ampliamente validada al asegurar la tercera medalla de bronce para México en el mundial de natación, todas en clavados.

Castillo, también medallista de bronce en los tres metros sincronizados en el pasado mundial de Shanghai junto con Isaac Sánchez, quedó en esta ocasión tercero en la prueba individual y sumó a los dos bronces conseguidos previamente por la pareja de Jahir Ocampo y Rommel Pacheco en los saltos sincronizados de tres metros, y Alejandro Chávez en el trampolín de un metro.

“Fue mi segunda medalla, pero esta sabe especial porque es solo mía”, dijo Castillo al confirmarse apenas el bronce por el videomarcador. “Fallé en el quinto salto, pero el último fue muy bueno y por suerte me llevé la medalla. Quiero agradecer a todos mis entrenadores y ahora toca celebrar con la familia”, expresó.

Castillo tuvo una puntuación final de 498.30. El oro fue para el chino He Chong con valoración de 544.95, mientras que la plata de la llevó el ruso Evgeny Kuznetsov con 508.00 puntos.

Ya más relajado, el saltador intentó resumir de forma pausada sus sentimientos. “Estoy muy contento y satisfecho. Sabía que iba a ser complicada la competencia, e intenté disfrutarla y vivirla clavado a clavado. Estoy muy agradecido de haber conocido esta alberca y Barcelona, una de las ciudades más importantes del mundo”.

Las 11 medallas de México en la historia de los mundiales hasta la fecha (una de oro, dos de plata y ocho de bronce) pertenecen todas a la disciplina de los clavados.

En el presente mundial, la delegación mexicana  se llevó su mayor decepción en los sincronizados de plataforma femeniles y varoniles, en que las parejas de Paola Espinosa y Alejandra Orozco, e Iván García y Germán Sánchez, quedaron fuera del podio, incapaces de replicar las dos medallas de plata que el país cosechó en los pasados Juegos Olímpicos de Londres.

Castillo no era una apuesta segura para podio. Y no por falta de talento.

Nacido en Naucalpan hace 26 años, se inició en los clavados a los ocho como condición innegociable para su readmisión a la escuela después de ser expulsado por sus constantes faltas de disciplina. Su mamá relató en su día como, ya de bebé, les robaba el biberón a otros retoños y él mismo explicó cómo, un cierto día, escondió unas cucarachas en el sándwich que habitualmente le robaban unos compañeros de clase.

Aunque de inmediato demostró cualidades sobre el trampolín, sus problemas de integración persistieron con algunos de sus compañeros de equipo, se sucedieron los problemas de disciplina pese a los éxitos en las competencias, y se ennegreció la leyenda sobre sus salidas nocturnas.

De temperamento fuerte e imprevisible, Castillo incluso amenazó con dejar para siempre el mundo de los clavados cuando se quedó fuera de la selección para los Juegos de Atenas y en otra instancia cuando, persiguiendo el sueño de su padre, intentó jugar al fútbol en las categorías inferiores del Atlas, donde coincidió con el hoy internacional tricolor Andrés Guardado.

Felizmente para los clavados de México, la hiperactividad y el insomnio del naucalpense le empujaron a olvidar el balón y regresar a la piscina. “Solo entrenábamos dos horas por la mañana y otras dos por la tarde. Me aburría, y por la noche, siempre que me dormía, pensaba en los clavados”, explicó Castillo, señalando que es en sus saltos aéreos donde más a gusto se encuentra: “Allí me siento solo y libre. Le he tomado mucho amor a los clavados. Es mi vida y quiero disfrutarlo al máximo cada día porque sé que no es para siempre”, dijo en Barcelona.

 

Pese al éxito sincronizado bajo la tutela de Jorge Rueda, Castillo decidió cambiar de entrenador tras Londres 2012, decantándose por otro Jorge con diferente apellido: Carrión.

“Pese a los avisos que me dieron, ha trabajado muy fuerte, ha estado muy disciplinado, y añadimos un clavado de mayor grado de dificultad, que fue lo que le faltó en los olímpicos”, explicaba un exultante Carrión tras asegurar la presea su alumno, quien se había declarado “rejuvenecido” con el relevo.

El preparador mantuvo que la relación con su antecesor es excelente y que, quizás, una de las clave de la reacción de Castillo esté en que “yo trabajo con gente joven y niños y a él como le hacía falta ese contacto. Siempre ha sido muy activo y requiere disciplina, y parte de eso es lo que le han contagiado esos muchachos, que viven allí mismo en el centro de entrenamiento”.

El principal problema de Castillo siempre ha sido la mesura dentro y fuera del agua, según Carrión. “En las competencias siempre quería hacer cosas de más de las que estaba acostumbrado. Con el tiempo se ha ido centrado y ahora lo veo en una etapa muy madura. Yo espero que este mundial sea la pauta para buscar la medalla olímpica que es la única que le falta. No sabemos cuál es su techo. Aun es capaz de realizar clavados más difíciles todavía y esperamos sacarle el máximo potencial posible”.

En la final, Castillo pareció haberse alejado del podio con ese quinto salto por debajo del nivel esperado, pero reaccionó en el último, puntuando en 99.45, y recuperó posición. “Falló el más fácil. Le dije que tenía que conseguir cien puntos en la sexta ronda, y me contestó que lo iba a conseguir, ¡Y ya viste lo poco que le faltó!”, se congratuló Carrión, quien matizó que su pupilo “sigue teniendo cosas de niño grandote”.

“Siempre fallo ese clavado”, remarcó irritado Castillo. “Ahora lo que quiero es regresar a México, descansar y empezar a entrenar otros más difíciles. Tenemos tres semanas de vacaciones: una será con mi familia, otra con mis amigos y la otra para estar solo y pensar qué voy a hacer el año que viene”.

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