Ser perico y cagarse encima

Por: Alex Oller

La semana pasada no fue particularmente buena para el Sports Güey. Mí esperado viaje a Londres, sin resultar catastrófico, sufrió varios golpes bajos.

El primero: la “imprevista” (o ya clásica, según se mire) escapada exprés del Sub, habitual camarada de batallas cerveceras afincado en la City, rumbo a Irlanda por motivos laborales. Baja sensible para el “Keep Walking Pub Tour 2012”. Pero lo peor es que tampoco alcanzó la segunda parte al cien por cien. Entre el desgaste del viaje, el corazón virtualmente desplazado junto a su “nueva ilusión” a kilómetros de distancia y el simultáneo y tórrido affaire amoroso con su recién estrenado IPhone, el Sub estuvo mermado de rendimiento. Como si Leo Messi volviera de jugar con Argentina, medio enchochado y adicto al Whatsapp para disputar un partido de Champions.

Segundo golpe: el training laboral en el que participé presentó ciertos eh… desajustes. Afortunadamente, el trasfondo cómico del asunto y la surrealista puesta en escena compensaron ampliamente la creciente exasperación individual. Digamos que, cuando las dos nociones más valiosas que uno saca de un curso de primeros auxilios son “mejor lo dejamos morir, será uno menos”, y se alienta sin pudor alguno la opción de “defecarse  encima” como recurso de supervivencia, concluimos que la inversión de dinero, tiempo y esfuerzo bien valió la pena.

Tercer golpe: no pude acudir a un partido de fútbol en vivo. Imperdonable laguna en visita a la tierra donde se inventó el balompié. Cierto que se jugaba el Inglaterra-Holanda en Wembley, pero no soy hombre de amistosos. Y, sin el acompañamiento del Sub, con quien vivimos hace unos meses el choque clasificatorio contra Suiza, no es lo mismo.

Total, que me regresé a Barcelona justo a tiempo para reencontrarme con la liga el fin de semana. Y no en una fecha cualquiera: un domingo de café, copa y puro, con derbi vasco entre Athletic y Real Sociedad y, para cerrar la jornada, mi Espanyol en el Bernabéu contra el Real Madrid.

¿Sería esta la vez que los periquitos tomaríamos el estadio merengue?

Mentiría si dijera que tenía buenas sensaciones, pero hice lo que hacemos los buenos aficionados cuando nos fallan los argumentos: tirar de fe ciega, bravuconería y vestuario.

“Vamos a machacarlos”, le pronostiqué a la Sports Gûeya mientras me enfundaba mi “Pipiolo” Losada, vintage 1988.

“Claro que sí”, respondió con máscara de convicción.

Poco importaba que viniéramos de perder consecutivamente en casa contra Levante y Zaragoza. O que sumáramos dos de los últimos 12 puntos posibles.

“0-3”, le aposté a Wilson en el chat. Silencio al otro lado.

Y así me planté ante el televisor, cerveza en mano, dispuesto a mentirme las veces que hiciera falta que sí, que esta vez el Bernabéu podía caer. Qué le íbamos a enseñar cuatro cosas a Mourinho y todos aquellos que nos hinchan regularmente las pelotas con la supuesta filiación Espanyol-Real Madrid.

“¡¡A por ellos!!”, alenté a la pantalla, cual Sargento Arensivia ante un saco de patatas.

Y en cero-coma, se acabó.

Culés y merengues probablemente nunca entiendan lo que explicaré a continuación, pero los pericos (como, probablemente, los seguidores de los restantes equipos de la liga) hemos desarrollado a lo largo de nuestra sufrida vida blanquiazul un innato don perceptivo para distinguir, casi de inmediato, cuando un partido de fútbol no va a favorecer nuestros intereses. Especialmente si es contra el Barça o el Madrid.

A veces pasa incluso al ver la alineación, como cuando al entrenador se le ocurre experimentar con un central tosco de lateral derecho en el Camp Nou. O cuando salta al Bernabéu con tres pivotes defensivos y el veterano interior de turno que, al cabo de media hora, recuerda muy lúcidamente por qué llegó a plantearse la retirada en la pretemporada.

En esta ocasión, debo reconocer que la alineación me gustó, pues jugaban “los buenos”: Alvaro arriba, Coutinho, Weiss, Romaric, Verdú…

Paremos un momento allí.

Verdú.

Quizás el problema inicie con la catalogación de Verdú como “bueno”. ¿Puede ser “bueno” realmente un jugador cuyo sello autoral es el nulo sentido de urgencia, el don de perder el balón en las situaciones más comprometidas o entregarlo al compañero más exigido, la capacidad de afrontar cada jugada con la misma actitud pasivo-agresiva de “yo solo andaba por aquí” que amenaza semanalmente con sumergirme sin remedio en el sórdido mundo de las drogas duras?

Lo siento, pero cuatro buenos pases y cuatro buenos goles al año no bastan para merecer apodos como “El Genio del Eixample”.

¿Comparaciones con Iván De La Peña? Por favor.

Cuando el “brazo ejecutor” del Espanyol, según palabras del propio entrenador, no es otro que Verdú, un tipo estupendo pero al que únicamente le queda incorporar bolsillos al pantalón para jugar más cómodo, quizás sea señal que el equipo no es todo lo bravo que lo pintan algunos. En este caso concreto, al “brazo ejecutor” del Espanyol no le hubiera venido nada mal un chute de cafeína para despertar.

En fin, que desde un principio el Espanyol deambuló sobre el césped del Bernabéu con ese aire de “empanao” que, en mi modesta opinión, mejor describe el fútbol de Verdú.

Cuando “El Genio del Eixample” y Romaric no carburan, el equipo es otro. Y el africano también tuvo un día de esos en que a uno le entran ganas de bajar al césped y rastrear el dorso de su mano en busca de sellos de discoteca.

Siendo justos, nadie se salvó. Ni Alvaro, ni Coutinho, ni Javi López, ni Raúl Rodríguez, ni Juan Forlín, ni el utillero o ejecutivo de marketing que decidió que sería una buena idea jugar de negro y azul radiactivo, pasándose por la entrepierna 100 años de historia blanquiazul en Madrid.

Como diría Spike Lee: “Noooooooooooooooooooooooooooooo-body”.

Empezó el partido y, al minuto, apreté los dientes.

A los dos, se me escapó mi primer “nscht”.

A los cinco, ya solté una grosería.

A los 10, empecé a pensar que lucir la camiseta de la infausta final de Leverkusen justo la semana en que el equipo germano visita Barcelona (ampliaremos información mas adelante) quizás no fue la mejor de las ideas y valoré un cambio raudo de indumentaria (decidiendo finalmente en contra).

A los 23, cuando un saque de banda a favor se convirtió de forma incompresible en el primer gol del Madrid, contemplé estampar el mando de televisión contra la pared (en contra también).

A los 38, con el segundo tanto, la Sports Gúeya se distanció disimuladamente en el sofá, sin osar levantar la vista del Sudoku ni emitir sonido alguno.

Al descanso, ya estaba convidando a uno de los jugadores visitantes (dejaré que adivinen cual) a soltar gases en un caja de zapatos.

Ya en la segunda parte y resignado a la derrota, me entregué a
furiosa catarsis verbal vía chat con Wilson. “Al menos adivinaste los cambios”, intentó reconfortarme, el angelito. Si es que si uno no se consuela, es porque no quiere.

Pero lo peor para los pericos acababa de empezar.

En cuanto el Madrid marcó el primer gol, comencé a imaginar los encuentros durante la semana con mis amigos culés, tan aficionados al cachondeo a la hora de alimentar la leyenda urbana de la connivencia de marras entre merengues y pericos.

Aún con ellos, la cosa no pasa de la broma simpática y deportiva, siempre bienvenida. Donde las dan, las toman.

El problema es que muchos culés se acaban por creer el cuento, por no hablar de la prensa deportiva barcelonesa.

El razonamiento es tan absurdo como insultante para alguien con dos dedos de frente: los enemigos de mis enemigos son mis amigos, básicamente.

Eso implicara que el Espanyol, en calidad de rival supremo del Barça, se aliaría con el Madrid, rival supremo del Barça, para intentar perjudicar al Barça a toda costa, incluso su propio bienestar.

De allí que el Espanyol intente siempre ganarle al Barça por todos los medios posibles, mientras se deja fustigar desvergonzadamente por el Madrid a cada ocasión.

Según este macabro imaginario azulgrana, a los pericos solo nos falta salir al Bernabéu con traje de cuero apretado y una bola roja en la boca.

¿Entienden?

Yo tampoco.

La brillante línea argumentativa del “Tea Party” culé opta directamente por obviar las amplias diferencias presupuestarias entre uno y otro equipo. El hecho que, por ejemplo, el Madrid llegue al partido con nueve victorias seguidas y el Espanyol, con dos derrotas al hilo en casa, no importa. Como tampoco cabe recordar que, en su momento, pasaron 27 años sin que los blanquiazules ganaran en el Camp Nou, siendo repetida y dolorosamente vapuleados por el Dream Team de Johan Cruyff en la época más reciente.

Si dos extraterrestres del planeta Tontitron aterrizaran hoy en el local de una peña culé, pensarían que ellos, con un par de entrenamientos, podrían ganar 5-0 en el Bernabéu.

Entiendo que un niño de 10 años, habituado a los grandes éxitos del equipo de Guardiola en territorio blanco, piense así. Pero cuando hablamos de adultos, aficionados que sufrieron el dominio del Madrid de Alfredo Di Stefano o la Quinta del Buitre, resulta incomprensible. Cualquiera diría que el Barça siempre volvía con los tres puntos de Chamartín. La historia, sencillamente, lo desmiente. No lo digo yo, lo dice el propio entrenador. “Paraula de Pep”.

Miren, como perico acérrimo, deseo que el Barça pierda hasta el avión de vuelta a casa. Y el 80% de la tribu blanquiazul piensa en términos similares por razones que no vamos a exponer aquí y ahora.

Eso se llama rivalidad deportiva y, en la lista de rivales, el Barça ocupa generalmente la primera plaza. La segunda depende de a quien se pregunte.

Lo que resulta un ejercicio de cinismo desvergonzado es pedir cuentas sobre ello, como si simpatizar simplemente con el Espanyol ocultara otra filiación mayor. No basta ser de un equipo y rivalizar con otro. Hay gato encerrado y toca buscarlo.

La prueba, entonces, llega con los cánticos anticulés que se escuchan habitualmente en el estadio perico. “La moral del esclavo”, como los define la Sports Güeya.

Probablemente tenga razón. Yo, personalmente, nunca los apoyaré, pero entiendo que una afición tan maltratada en su propio territorio como la perica utilice su casa para gritar alto y claro lo que le venga en gana dentro de unos parámetros razonables.

Algunos culés se ofenden, obviamente. Alegan no comprender semejante ensañamiento con sus colores. ¿A qué viene gritar contra el Barça cuando estáis jugando contra el Sevilla?, inquieren.

Claro que, a diferencia de la mayoría de pericos que conozco (tampoco son tantos, no nos vamos a engañar), los culés no suelen ir al estadio.

Si fueran, quizás acabarían sumándose a los grandes éxitos de la grada del Camp Nou, como el tristemente famoso “Madrid se quema” en partidos contra el Racing de Santander o los aplausos y gritos de “¡A Segunda!” cada vez que el marcador anuncia un gol contra el Espanyol en campo ajeno. Y no olvidemos los silbidos e insultos dispensados sin cuartel a ex pericos que se presenten con el Valencia o la Real Sociedad, por ejemplo.

Nos guste o no, forma parte del ritual forofo, aquí  y en la cancha de Boca Juniors, donde le cantan en contra a River Plate aunque estén jugando con Banfield. Los fans de los Rangers de Nueva York siempre corearan el “Potvin sucks”  jueguen contra quien jueguen en la NHL. En la NBA, Celtics y Lakers se recuerdan habitualmente con cariño. Y, según relato del propio Sub entre Whatsapp y Whatsapp tras su visita a Manchester, “los aficionados del United celebraron con puro odio los cuatro goles del Tottenham al Liverpool”.

Por cierto, que el Tottenham volvió a caer este domingo ante los “Red Devils”. Y ya van 26 partidos seguidos sin ganarles.

¿Creen que en Liverpool les acusarán de cómplices?

Ya que de reclamar se trata, ¿Qué tal si el Barça dejara de perder contra Osasuna, rival directo del Espanyol? ¿O tantos otros equipos del fondo del pozo cuando nos jugábamos la permanencia?

De todas maneras, debo reconocer que lo que más me ha dolido esta semana no han sido los previsibles reproches culés.

Por si la mera presencia de 4000 seguidores con la camiseta del Bayer Leverkusen en las calles de Barcelona no fuera suficiente puñal en el recordatorio perico, el martes le preguntaron al entrenador germano, Robin Dutt, si pensaba que remontarle un 3-1 al Barcelona en el Camp Nou sería más difícil que ganarle aquella final de la UEFA al Espanyol en 1988, cuando los chicos de Javier Clemente acabaron de dilapidar en los penales la ventaja de 3-0 sudada en la ida en el mítico Sarriá.

Respondió que sí, que este Barça era mejor equipo, pero no antes de fruncir el ceño y conversar brevemente con sus acompañantes. El entrenador del Bayer no tenía ni idea de lo que le estaban hablando.

El histórico Waterloo perico, olvidado en Leverkusen. Eso sí que duele.

Pero, como muestra de buena voluntad y (por qué negarlo) con la esperanza de que le sirva a su equipo para sorprender al gran rival perico, me permitiré recomendarle a Dutt esa vanguardista táctica a la contra, revelada en el mítico curso londinense y puesta en práctica (sin éxito) por el Espanyol en el Bernabéu.

“Si todo lo demás falla, cáguese encima”.

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